A vueltas con la memoria
Juan-Julio Fernández
Con motivo del veinticinco aniversario del intento de golpe de Estado del 23 de Febrero de 1981, en el Congreso de los Diputados se "amañó" una declaración según la cual el Rey, en aquella madrugada, se había limitado a secundar los ímprobos esfuerzos de unos aguerridos paladines resueltos a dejarse la vida en defensa de la democracia para abortar aquella intentona. Y quienes allí estábamos como representantes de la soberanía popular, encañonados con las pistolas y metralletas de los asaltantes, según esta declaración, perdimos la memoria. Sí la conservan, a lo que parece, los firmantes de la declaración, que confunden la libertad para leer el pasado desde el presente con el cinismo de negar la evidencia. Dicho de otra manera, se arrogan la chapucera capacidad de reescribir la historia, cuando, en puridad, todavía no lo es, pues somos muchos los que, por fortuna, mantenemos viva la facultad de conservar impresiones pasadas.
Este intento de negar el decisivo papel del Rey para deshacer la pretendida conspiración que alentaba la presencia de Tejero en el Parlamento, guarda extrañas coincidencias con otros intentos del presidente Rodríguez Zapatero para enlazar su presencia en La Moncloa con la Segunda República, pasando por alto los esfuerzos individuales y colectivos de una gran mayoría de españoles para cerrar el paréntesis de una dictadura que prolongó el resultado de una guerra civil que nunca debió producirse y en la que, como rara vez no ocurre, hubo vencedores y vencidos, con un desenlace en el que, sin necesidad de recordarlo, faltó generosidad con los perdedores.
La guerra civil española, puede que con la única excepción de la II Guerra Mundial, ha sido el acontecimiento más historiado del pasado siglo XX, ya que se habla de más de quince mil títulos publicados sobre ella. Y no es cierto que toda esta bibliografía haya sido escrita por los que la ganaron, como puede sugerir el tópico, hábilmente manejado, de que la historia la escriben los vencedores. Otra cosa es que en la España de la posguerra, la censura cribara los que podían considerarse enjuiciamientos críticos o adversos al Régimen. Siempre ha sido difícil encontrar una disección perfecta, pues como ha apuntado Karl Popper, existen valores que siempre estarán en conflicto.
Pero aun así puede contabilizarse algún esfuerzo por analizar con honestidad y apoyatura documental lo que significaron la República y la dictadura franquista, como, sin duda son, los dos últimos libros, aparecidos casi al tiempo, en Planeta y Alianza respectivamente, de Stanley G. Payne, El colapso de la República: los orígenes de la Guerra Civil 1936-1939 y El Régimen de Franco: 1939-1975. Uno y otro pueden estimarse, al menos en mi opinión, como aportaciones a la historia que conviene refrescar para aprender y no repetir los errores de unos y de otros, porque tan vano es tratar de explicar los de un lado por los excesos de un pueblo oprimido y carente de formación, como los del otro por la falta de caridad de la Iglesia y la prepotencia de los militares sublevados. Se está insistiendo ahora mismo en la "memoria histórica" para hacer justicia a quienes han sido indebidamente olvidados y, personalmente, no pongo en duda que el interés sea legítimo. Pero, también a título personal, tengo motivos para pensar que esta reivindicación de la memoria está justificada siempre que se haga para evitar que el horror se repita. "Es bueno recordar la historia de los desastres para que no vuelvan a ocurrir, pero es un error utilizarla como arma arrojadiza contra el malvado enemigo", acabo de leer en un artículo, Lo que no se cuenta sobre la guerra civil, publicado en Nueva Revista por el abogado y periodista Rafael Gómez López-Egea.
Lo suscribo, como suscribo también lo que cuenta Nacianceno Mata en sus Memorias de un superviviente del holocausto nazi, que acaban de ver la luz. Alfredo Mederos, viejo compañero de bachillerato y siempre amigo, albacea de Nacianceno en esto de las memorias, me reconvino afablemente, no hace mucho, cuando me referí al autor como superviviente de un campo de concentración, tratándose de un campo de exterminio, el tristemente famoso de Mathausen. Lo hice al recordar a Nacianceno, que era pariente mío, tío en segundo grado, aunque de una familia, intensa y extensa, en la que los primos se consideraban hermanos.
En mi primera salida al extranjero, en 1955, fui a verle en París, donde a la sazón vivía y donde murió en 2003, entonces recién casado con su novia palmera y cuando, creo recordar, aún no había nacido su hija Carmen. No me habló de su calvario, sino que, siendo como era uno de los primeros parientes que le visitaba, se interesó por las Islas, por la familia y por la situación política. Eso sí, me dejó claro que no volvería a España mientras Franco viviera. Con el tiempo, al morir su hermano Eloy y acabando yo de ser diputado de la reconquistada democracia sí lo hizo, volvimos a encontrarnos y pudimos hablar de política con otra perspectiva.
Sus memorias están escritas con lenguaje sencillo y clara conciencia del horror vivido, pero sin rencor. A Mathausen fue a parar con su hermano Orencio después de una larga peripecia, pues movilizado por segunda vez tras haber sido licenciado por el ejército de Franco, se pasó al bando republicano, donde luchaba su hermano. Tras la derrota y el éxodo, fue a parar al campo de las SS, en el que conoció de primera mano la saña del hombre lobo, homo homini lupus. Más curtido físicamente que Orencio, a quien eliminaron con una inyección letal, con algo más de astucia y no poca suerte, logró sobrevivir, dejando el testimonio que, pasando por las manos de otro hermano aún vivo, Eutimio, ha recogido Alfredo.
El texto sobrecoge. Viene a describir lo que nada tiene que ver con el sentido moral y la dignidad humana, sino con la degradación de los valores, la humillación gratuita y la vesania colectiva. Está escrito con honestidad y es una reivindicación de la memoria en un momento oportuno, del que no se pueden descartar los mejores recursos para la convivencia en paz y sin odio: el perdón y el olvido.
Publicado en Diario de Avisos, 22-04-06