Banderas, poder y frivolidad

Juan Manuel Bethencourt

Resultaba inevitable que, entre las diferentes propuestas debatidas y aprobadas durante el III Congreso de Coalición Canaria, la adopción de la bandera con las siete estrellas verdes como enseña nacional del Archipiélago -al menos, para esta formación política- recibiera una atención preferente. Lo ha sido más aún en la medida que la cita de los nacionalistas discurrió bajo parámetros de absoluta tranquilidad en lo que al reparto del poder interno respecta, tal y como cabía esperar tras la autoexclusión de los críticos alineados en torno a Román Rodríguez. Con un panorama despejado para la reelección de Paulino Rivero, dos asuntos han acaparado la atención: la evolución hacia el partido único, que podría darse por encarrilada ma non troppo, y la cuestión de la bandera independentista como nueva enseña de CC; independentista para quienes a su vez dicen no ser independentistas y son recriminados por quienes sí se definen como tales, y ambos, desde ahora, con idéntica bandera al viento, en sorprendente paradoja política.

Más allá de las segundas o terceras lecturas que puedan extraerse de la decisión congresual de CC, hay un aspecto que resulta especialmente contradictorio. Ayer celebramos el Día de Canarias, una fecha propicia para evaluar las fortalezas y debilidades de nuestra autonomía, del autogobierno democrático que nos hemos dado, de la convivencia siempre compleja entre territorios insulares que confluyen, dice la publicidad institucional del propio Gobierno de Canarias, en esta tierra única. Conviene en todo caso plantearse la compatibilidad entre tales mensajes y la decisión tomada el pasado fin de semana por los compromisarios de CC, al fin y al cabo representantes de una fuerza política que es la primera de las Islas y asume tareas de gobierno en el Archipiélago desde 1993, y que desde hace pocos días además lo hace en solitario. ¿Por qué esta decisión? Sin dejarse llevar por los rápidos mortales del extremismo -otras voces en Tenerife hace tiempo que adoptaron esta nefasta opción-, en el caso de las banderas parece complicado abrazar una sin criticar de modo implícito a la otra. El problema reside en que la otra es la oficial de la Comunidad Autónoma, la misma que acompañó anoche al presidente Adán Martín en el acto solemne de celebración de la festividad de nuestra autonomía. Y se da la peculiar circunstancia de que el mismo Martín Menis es quien un par de días antes nos dice que no quiere a la tricolor actual como bandera oficial del Archipiélago, que prefiere la de las siete estrellas verdes, demostrando una capacidad para la ubicuidad política que, duele decirlo, entronca con la de otros personajes de la política española que, caso de Ibarretxe y Carod-Rovira, gustan de practicar el antiinstitucionalismo desde las instituciones, o sea, la demagogia desde las plataformas que concede el poder. Pues esto mismo es lo que ha hecho Coalición Canaria al adoptar esta medida populista que resultaría prácticamente inocua en otro caso, pero que desde el poder solamente puede ser tomada como una decisión frívola, concebida desde una visión puramente gestual de la política. Quizá en la cúpula de CC no terminan de entender que en estos tiempos tristes, en los que el desprestigio de la política avanza sin control, los gestos ya no son útiles, no dan votos. Al revés, es la frivolidad el alimento para los antisistema.

Publicado en Diario de Avisos, 31-05-2005