El barullo nacional

Juan Jesús Ayala

 

Por una torpeza, la del presidente del go­bierno, José Luis Ro­dríguez Zapatero, que ante la inminen­cia de un atentado te­rrorista, pese a estar en conexión con el grupo causante de este, fue incapaz de proteger a los ciudadanos, que es lo que debe primar, aconteció lo que todos sabemos: parte de la T4 en ruinas y las muertes de dos ciudadanos ecua­torianos. Y la estolidez de un per­sonaje como es el representante del partido de la oposición, el PP, Rajoy, que parece mas que otra cosa un personaje sacado de las novelas de Alejandro Dumas, igualmente empecinado en la misma torpeza de no entender que hay cuestiones que deben es­tar por encima de las demás, co­mo son la seguridad y protección de esos mismos ciudadanos que transitan a lo largo y ancho del te­rritorio español.

 

Pues bien, entre unos y otros, entre el PP y el PSOE están origi­nando en este país una tremenda confusión dialéctica''que no es que sea, ni mucho menos, de una altura considerable las argumen­taciones que esgrimen, sino que están tan enmarañadas en una sola intencionalidad, cual es la de desviar la intención política hacia otro lado; diametralmente dirigi­das a los pretextos y al simulacro por lo que lo de ETA les viene bien, así de claro, tanto a unos co­mo a otros con tal de no alumbrar y abordar los problemas que pa­dece esta sociedad, continental e insular. Y lo del terrorismo con ser importante no lo es menos las carencias de ideas y toma de deci­siones en cuestiones tales como seguridad e inmigración con to­das las consecuencias que pue­den arrastrar consigo, comenzan­do, quizás, con los miles de seres humanos que el Atlántico se ha tragado.

 

Y salta al debate público, tanto parlamentario como en los corri­llos y las esquinas aventadas por
los protagonistas de la nada que las dos Españas afloran de nuevo con toda su carga de agresividad y que se está regresando a un am­biente tan descaradamente hostil que recuerda etapas pretéritas de la historia de este país.

 

Lo que es simplemente una cortina de humo, que se lanza con toda la intencionalidad del mundo para que se introduzca en la conciencia de los que se dejan conducir por cantos de sirena o por los rugidos de dragones que permanecían dormidos.

 

Esa zarandaja de las dos Espa­ñas no es más que eso, una zaran­daja para tener al personal entre­tenido y que forma parte también de la trama urdida tanto por el PSOE como por el PP.

 

Y lástima da oír a partidos que en alarde, asimismo de estupidez, lo que hacen y lo que se les ocu­rre es colaborar con este barullo nacional, y para una oportunidad que tenían como la del debate del pasado día 15 de sacarles los co­lores a los responsables de la situación, lo que hacen es jactarse de ser sus cómplices y dar alas y aliento a quien de ello en este mo­mento carece ya que su traduc­ción es clara: el ganador de esta batalla es el grupo a quien se quiere derrotar: ETA; los que de­ben estar frotándose las manos ante la extremísima importancia que ha suscitado en la vida nacio­nal.

 

Los partidos políticos que se encorsetan entre el PP y el PSOE, entre los que se encuentran los nacionalistas, tuvieron la gran oportunidad de demostrar que son eso: nacionalistas, de elevar el tono del discurso y dirigirlo ha­cia esa dirección y no meterse él pico bajo el ala y seguir sempiter­namente por la senda de siempre: la de la ambigüedad eludiendo decisiones más operativas y, so­bre todo, convincentes, al menos para ellos mismos.

 

Pues bien todo este barullo na­cional auspiciado desde el poder y desde la oposición cuenta tam­bién con la aquiescencia del resto de las organizaciones políticas que hacen que transcurra la his­toria de forma desvencijada, des­tartalada y empujada por una me­lindres preocupante que incita a la modorra de una sociedad a la que se le quiere adormecida, do­mesticada, y lo malo y lo peor de esto es que lo están consiguiendo.

 

Las modorras sociales calan muy hondo en el sentir de la gen­te y lo que se logrará con todo ello es el desprestigio de un país comandado por su clase política donde es el barullo lo que les sa­tisface, lo que les priva y hacen que sea dominante.

 

Una sociedad tendente a desli­garse de las cuestiones políticas y que está en los aledaños del des­concierto si que debe ser motivo de preocupación y más aun cuan­do desde esos mismos partidos políticos displicentes lo que se hace es alimentar la pereza de­mocrática con lo que, de seguir así, lo que aparecerá será el debi­litamiento del sistema y el some­timiento a no se sabe qué.