LOS BECERROS DEL ORO

Jaime Saenz *

 

A Hitler no le fracasó su aberrante proyecto de bárbara selección genética, propiciando la atrocidad de la II Guerra Mundial, y forzando el desparrame y desubicación apresurada de los judíos que no logró eliminar,  los lastró con el aglutinador común de las atrocidades de su holocausto.

 

Con ello generó  parias afectados de un sionismo global, que propician, al igual que han resultado de la inmigración salvaje, cimiento de  América del Norte, unas generaciones de engendros clónicos deshumanizados y desubicados, a su imagen y semejanza nazista, que  sádica e impunemente nos manejan, mientras depuran, a cotas impensables, su metodología del terror y la atrocidad.

 

Si pronto no  les enfrentamos todos, desde cada rincón de nuestro quehacer continuo,  energía global suficiente para pararlos, “la Pacha Mama” precisará, con suerte, de muchísimas generaciones muy conscientes para erradicar del humano y su mundo los odios y consecuencias de esa siembra monstruosa, que le están haciendo germinar en tantas latitudes.

 

Somos parte de esa sementera, e ignorantemente no reconocemos ver crecer en nosotros mismos las violencias, las xenofobias, el fanatismo, mientras nos suene lejano el caer de las bombas, destruyendo, destruyéndonos. Desoímos la voz que nos advierte que dosificadamente nos habitúan a la muerte, la agresividad y el odio, servidos cotidiana y sibilinamente en los medios de “comunicación”.

 

Nos insensibilizan a mayores y a niños, aleccionándonos, diaria y continuamente, con las violencias más variadas, acostumbrándonos al daño al ajeno hasta en los dibujos animados. Mansamente adoctrinados, nos muestran su cruenta “búsqueda” de armas de destrucción masiva, casualmente junto al petróleo, mientras en el Israel de Jehová, guardan doscientas cincuenta cabezas nucleares.

 

 Su cinismo culmina, ¡Señor, sí Señor!, metiéndonos en casa sus glorias militares de muerte en vivo, calientes aún, en el mismo instante en que honrosa y  valientemente las  inflige el poderoso al débil, al que por defender su patria torturan democráticamente como entretenimiento, y le  llaman terrorista.

 

Lo que sí casi nos alarma un ratito (el tiempo del telediario hasta los deportes o la telenovela), son  las estadísticas de la violencia de nuestros niños en los colegios, en las calles, la doméstica,  los botellones en las plazas, las muertes en las discotecas y algunas xenofóbicas.

 

Mientras tanto, sus niños, futuro continuador, firman remites y dedicatorias en las bombas que masacrarán a otros niños, a los que, cuando tienen suerte, solo los dejan huérfanos de madre, padre, abuelos, hermanos..., ante sus ojos para que aprendan.

Orfandados también, del pane nostrum cotidiano, del techo, del agua, del futuro, pero no del odio de por vida.  A ese botafumeiro le dan candela hora tras hora. Hasta lo abanan sin querer, inocentemente,  sin percatarse de la potencia del soplido, “sin complicidad táctica”, un poquito sibilinamente... pero soplando desde la otra meca, la apostólica, la católica, la tan cercana a nos, la de Fray Bartolomé de las Casas,  padre de otra leyenda también negra y azufrada.

 

Encienden el fanatismo religioso, arden banderas, símbolos, muñecos, en un descargue de dolores e iras fomentados a distancia, pero también es en la lejanía, no nos toca cerca. No queremos reconocer lo rodeados que estamos de provocadores, ni nos confesamos consentidores, ni nos arrepentimos de nada.

 

Sólo cuando los papas de la política generan y traen los 11- S y los 11- M, nos afecta el terrorismo sin razón en el que sólo mueren los de a pie. No pensamos que si cayeran sólo los  que van en blindado, los que, salpicándonos, escudan sus espaldas con nosotros y nuestros votos, no padeceríamos los sirocos actuales y los en proyecto.

 

Mientras tanto, la calima de la acomodaticia ignorancia nos ciega. No queremos ver, aun palpándola continuamente, la terrible realidad. Y llamamos terroristas sólo a los forzados a hacer la guerra del pobre contra el pobre, a los acorralados de abajo que masacrados día tras día, acaban eligiendo hacerse oír por los votantes de a pie, con el estruendo de bombas asesinas. Aquellos sembradores de pánico y dolor,  a quienes las más de las veces, y no tan calladamente para quienes quieran oír, entrenan, arman y  azuzan para servirse de ellos los impunes depuradores de  impensables  metodologías del terror y la atrocidad, alumnos aventajados del monstruo ario que tantos hemos querido extinto.

 

                                                                 

* Miembro de Solidaridad Canaria