Las cadenas químicas

Juan Jesús Ayala

Paso la historia de los manicomios y de aquellos hospitales que más que otra cosa parecían mazmorras de la Edad Media donde se confinaba a los desheredados de la tierra y a los que escindida su mente poblaban el mundo de la locura. La farmacología en su avance posibilitó por medio de diversos medicamentos que la conducta humana tergiversada, bien por una genética dominante o por unos mecanismos patogenéticos desconocidos se pudiera controlar sin necesidad de internamiento alguno lográndose así la convivencia pacífica entre los que se consideraban normales y aquellos que sufren algún tipo de patología neurológica y psiquiátrica que los hacia transitar por el sendero de la marginalidad.

Pues bien en el transcurso de la ciencia y no siempre desde una neutralidad consolidada se ha propuesto, concretamente en Francia, que la farmacología se aplique en el terreno de la criminología para la lucha en contra de la violencia sexual controlando los impulsos sexuales de aquellos psicópatas que por serlo no pueden desarrollar una conciencia que permita unas decisiones lógicas.

Se ha propuesto una castración sexual administrando fármacos tales como la ciproterona y la leuprorelina que se usan en la actualidad para enfermos que padecen cáncer de próstata con los que al bajárseles la tasa de testosterona mejoran.

Esta situación va ser reversible. O sea que mientras se administren estos medicamentos se inducirá una impotencia sexual y cuando cese su administración porque se crea que el delincuente se ha regenerado volverá a tener la vida sexual normal.

Y ahí es donde puede radicar el dilema y la problemática. ¿Será posible que una vez que se controle por la vía de la química, con esa camisa de fuerza que va a asfixiar su libido y sus exacerbadas pulsiones sexuales, cuando deje de controlarse no se repetirá? Cómo en un período de tiempo limitado donde se sabe que la regeneración en las cárceles es casi imposible se podrá asegurar que la vuelta a su vida sexual será la misma que la de cualquier semejante que esté dentro de la normalidad y no sea más de lo mismo?

Habrá que decir que no. Dado que si existe toda una constelación psicopatológica que influye en el deterioro de una determinada personalidad, bien porque la genética está ahí y, además, se apoya y desarrolla en unas circunstancias ambientales, familiares, esto será pan para hoy y hambre para mañana.

La naturaleza humana cuando transcurre por los vericuetos de la enfermedad deberá ser tratada siempre como tal, y hay enfermedades incurables, que sus dolencias y desvíos podrán paliarse de alguna manera, controlarse o encadenarlas con la química, si se quiere, para que no se manifiesten en toda su intensidad y se duerman por un tiempo, pero pensar en una vuelta a la normalidad y que las pulsiones sexuales se disipen es ir en contracorriente.

Además, hay un sobreañadido que pondrá en peligro a las posibles víctimas que elija el psicópata; y es que si sus pulsiones se adormecen y su testosterona cae, ¿no sucederá que desde esa frustración latente y no deseada se acreciente aun mas su agresividad y desde su impotencia artificial se desarrolle con más virulencia sus ansias por delinquir?

Cuando la ciencia se utiliza para paliar situaciones de emergencia se hace necesario intuir que es lo que pasará en el futuro inmediato, ya que si las mismas circunstancias continúan y el remedio de hoy solo controla momentáneamente una situación se pudiera estar ante la gestación de un lobo que permanece agazapado dispuesto a saltar con sus colmillos afilados y con más fuerza si cabe sobre su presa.

La enfermedad hay que controlarla con la medicina, pero muchas veces no sólo es la medicina lo que hay que poner en práctica para solucionar patologías como la de la perversión sexual puesto que hay que abordar a la persona como una todo para lograr el equilibrio necesario porque si no lo hacemos así se estará permanentemente en el engaño, con soluciones políticas endebles y perpetuando el delito.