EL "CALVARIO" AFRICANO ( I )

Ramón Moreno

Dando por sentado, que la caótica situación que padecen la inmensa mayoría de los Países africanos obedece a la feroz política de rapiña a que fueron sometidos por el colonialismo europeo -en la que aún participa España-, esquilmando sus inmensas riquezas; en estos días de fervor religioso y "amor fraterno", bueno será que nos solidaricemos con nuestros hermanos africanos que sufren un auténtico "calvario", no solo ahora en Semana Santa, sino los 365 días del año.

África, o mejor dicho, el África continental, es la gran ausente de los medios de comunicación. El inmenso drama humano de sus habitantes no interesa al "primer mundo", más pendiente de otros asuntos (Irak, Palestina, Irán etcétera) que en paliar el profundo subdesarrollo africano que se perpetúa década tras década.

Las razones son diversas: desde la escasa ayuda económica del mundo desarrollado (pese a recibir en los últimos 40 años 600.000 millones de dólares); a la proliferación de graves conflictos étnicos (Ruanda, Sudán, Costa de Marfil y otros); o la corrupción generalizada y los regímenes dictatoriales (Uganda, con el carnicero Idi Amín Dada; República Centroafricana, con el antropófago Bokassa, que regalaba diamantes al ex Presidente francés, Valery Giscard d’Estain; o Liberia, con el sátrapa Charles Taylor, que ahora comparecerá en La Haya ante el Tribunal Especial de Sierra Leona que lo juzga).

Sin olvidar la pertinaz sequía que asola, sobre todo a los Países subsaharianos, y la calamitosa hambruna que causa estragos en la población. Aparte de las pandemias del ébola o el sida con las que conviven sus habitantes. Algunos episodios del vecino continente son realmente espeluznantes: en Zimbabwe, por ejemplo, según un reciente informe publicado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la esperanza de vida ronda los 34 años para los hombres y 37 años para las mujeres. Estos índices de mortandad prematura convierten a este país en la nación con la esperanza de vida más baja del planeta; estadísticas que se han disparado, como consecuencia de la desnutrición y el sida.

Uno de los casos más paradigmáticos de la tragedia africana, lo constituye, sin duda, la guerra civil de Sudán -ya finalizada-, a la que ha sustituido el conflicto interminable de la región de Darfur que cuenta ya con 200.000 muertos y 2.000.000 de desplazados. Sudán, Estado del África Oriental, fronterizo con Egipto, Libia, Chad, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Uganda, Kenia y Etiopía, salió en julio de 2005 de una cruenta guerra civil que duró 21 años; pero ahora no encuentra una salida para Darfur, cuya guerra estalló en febrero de 2003 y donde 62 ONG (con más de 1.000 extranjeros y 11.500 sudaneses) trabajan en la zona, lejos del foco de los medios de comunicación, mientras prosiguen los ataques de las milicias progubernamentales de origen árabe, los temidos y sanguinarios "yanyauid", y las violaciones de los derechos humanos.

La población culpa al Gobierno de Jartum, capital de Sudán, y se queja de la inoperancia del contingente militar enviado por la Unidad Africana (UA) y la gente, harta de guerra y sufrimiento, se siente presa del "mashkul", palabra intraducible que engloba varios males: falta de energía, problemas con el sueño, falta de memoria e incapacidad para tomar decisiones. Y si bien es cierto que la ayuda a las víctimas de la guerra de Sudán, con 570 millones de euros, es la mayor de la historia de la UE, no es menos cierto que Europa sigue teniendo un ineludible e imprescriptible "pasivo" exigible a corto plazo con toda África.

Pero también, el continente africano tiene su propio e inaplazable compromiso: enjugar el importante déficit democrático que caracteriza a muchos de sus regímenes políticos. Con el derrumbe de la mayoría de los Estados africanos que accedieron a la independencia en los años 60, se pusieron de relieve varias cuestiones que aún hoy gravitan -cada vez menos, es verdad- en el futuro de esos países. En primer lugar, estos Estados (por falta de previsión de las antiguas metrópolis) carecían de las instituciones propias que fueran capaces de sostenerlos. En segundo lugar, algunos Países africanos se caracterizaban por la personalización del poder, como Mobuto Sese Seko en la República Democrática del Congo. Y en tercer lugar, muchos de estos Estados han sido reconocidos internacionalmente por sus líderes respectivos, o bien por un grupo pequeño aglutinados en un partido único. Había también un puñado de países con régimen democrático más o menos establecido, aunque por norma general se trataba de sistemas autoritarios.

Y ciertamente, como sostiene Leonardo A. Villalón, director del Centro de Estudios Africanos de la universidad de Florida, y considerado como uno de los mayores expertos sobre la realidad histórica, política y social, del cercano continente: "África dio un gran paso a la democracia en los años 90". No obstante, la fragilidad institucional de muchos Estados africanos, hace que éstos constituyan la "nueva amenaza global". En el estudio elaborado por el Fondo para la Paz y la revista "Foreing Policy", de los 10 Estados en mayor situación de vulnerabilidad, siete están en África; y la mayoría de ellos han aparecido en la última edición del "Informe sobre las crisis olvidadas" que la organización internacional Médicos Sin Fronteras (MSF) publica anualmente.-

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Canarias, abril de 2006