Comentario de [el periódico] El Día  24-05-2007

El cambio que, de verdad, necesita Canarias

Para que de verdad se produzca un cambio hay que empezar a pensar en términos de construir un país nuevo en Canarias; un país que sea el de nosotros mismos, no un territorio de otros, de una metrópoli, europea o africana.

EL TRAJÍN de ingenuos y atrevidos candidatos electorales, ejercido con la mejor de las voluntades y ya próximo a cesar, acapara estos días la atención pública gracias a que se refleja en los medios de comunicación. Promesas de una Canarias mejor, solución a los problemas, proyectos para un mundo feliz... todo tiene cabida en mítines, ruedas de prensa, debates, etc. Pero el domingo, todos esos candidatos volverán a encontrarse con la realidad de la alta abstención y el desinterés del canario de a pie por la política. Ojalá nos equivoquemos y la participación electoral sea alta. En todo caso, que lo sea para votar por Tenerife, no por Las Palmas, es decir, por los partidos que hacen de ella su bandera y su fortín en Canarias.

Queremos volver con esta introducción a lo que adelantábamos en el Editorial del domingo pasado: hay que hacer borrón y cuenta nueva en Canarias. Porque todas estas esperanzas de cambiar las cosas desde los presupuestos políticos actuales son una quimera. Lo que se promete es un cambio falso, aparente. El único cambio que se observa en esta sociedad nuestra es el que propicia la actividad privada, ésa que se practica en los países democráticos cuando sus reglas no ahogan la iniciativa de la gente emprendedora, y que es la única que puede sacar a la vida política de su parálisis. Para que de verdad se produzca un cambio hay que empezar a pensar en términos de construir un país nuevo en Canarias; un país que sea el de nosotros mismos, no un territorio de otros, de una metrópoli, europea o africana. Y ese anhelo se palpa en el ambiente; como también se perciben el hastío y hasta el desprecio por este simulacro de renovación que suponen las elecciones. Ahora habrá que realizar el trámite, pero después alguien empezará a reivindicar ese país nuevo; un verdadero revulsivo después de casi seis siglos de colonización.

Y habrá que empezar por conformar unas nuevas organizaciones políticas nacionalistas que estudien la forma de hacer la transición del colonialismo a la soberanía y la libertad. El tope ya lo decidirá el pueblo en los correspondientes referendos. ¿De qué forma? No lo sabemos, aunque sí creemos que se puede conservar nuestra conexión con las culturas española y europea, así como los lazos con los países africanos de nuestra espalda, e incluso con países de norte, centro y sudamérica. En todo caso, se trata de que este archipiélago sea tan soberano como llegaron a ser en su día, y continúan siéndolo, lugares como Cabo Verde, Malta, Sri Lanka o la Isla Mauricio, que tienen voz y voto en las instituciones internacionales. Y para conseguir eso, repetimos, hay que dar los pasos de una forma ordenada, sin violencia, para conseguir el último escalón: llegar a ser un país respetado en el mundo, y no un objeto de la curiosidad ajena, esa que mucha veces fomentan nuestros propios políticos fotografiándose con líderes extranjeros, a veces con dictadores. Poseemos los suficientes recursos y medios como para ser autónomos en nuestro funcionamiento como sociedad libre y desarrollada. ¿Por qué no podemos ser los dueños de la finca, en lugar de ejercer como aparceros de otros? ¿Hasta cuándo vamos a seguir envueltos en esta neblina de asuntos sin resolver, con discusiones que no conducen a nada, en políticas sociales, medio ambiente, corrupción, justicia..., dando tumbos, en suma, mientras se nos sigue yendo la vida en este siglo XXI? ¿Por qué seguir siendo objetos en vez de sujetos con capacidad de decisión? No hay por qué soportar más tiempo a virreyes que vienen a por los bubangos de la finca, es decir, los votos. Cambiemos, en fin, las reglas del juego a ver si así desaparece el pleito insular. Con otra configuración política, otro Parlamento, la codiciosa tercera isla no tendría por qué ser favorecida por los partidos estatalistas. Y ojalá que dentro de cuatro años no tengamos que aguantar a la misma caterva de predicadores ingenuos o tal vez malévolos. Y lo decimos así porque respetamos a las personas, pero no su avaricia, su indignidad o el trato que dan a menudo al ciudadano, tratándolo como si fuera un niño, o un mueble inútil.

¿No será, insistimos, parafraseando de nuevo a Ernest Gellner, que Canarias es una nación adormecida? Pues, si es así, que despierte, para que nos permita ser nosotros mismos. Con relieve y personalidad internacional. Países más pequeños brillan por sus riquezas, y su representación en el mundo no es vergonzante.

Tal vez pensará el lector que estamos hablando en abstracto, y tiene razón. Que lea entre líneas. Porque en España todavía no se pueden expresar con total libertad ciertos asuntos.

Más arriba dijimos Parlamento. Queremos decir Parlamento nacional. Nuestro.

http://www.eldia.es/2007-05-24/criterios/criterios7prn.htm