El campo no es
para mí
Wladimiro Rodríguez Brito
En estos calurosos días de finales de agosto y
principios de septiembre es especialmente triste salir a dar un paseo al campo
y contemplar la gran cantidad de frutales que sobreviven en medio del abandono
más absoluto. La fruta permanece caída al pie del árbol confirmando el fracaso
de la vida en su sentido más puro. A nadie le interesan ya las almendras, los
higos, las peras o los tunos que estas plantas no dejan de ofrecer a pesar de
tantas dificultades. Por este motivo utilizo este titular cinematográfico,
propio de un momento histórico de la década de los sesenta, cuando comienza el
éxodo rural hacia los espacios urbanos y el genial y añorado Paco Martínez
Soria deja el campo y se traslada a la ciudad, descubriendo un mundo nuevo y
desconocido, con unos hábitos de conducta completamente diferentes a su lugar
de procedencia. Esta caricatura cinematográfica se enmarca en un tiempo en el
que lo urbano era minoritario y lo rural dominaba ampliamente en
Hoy
nadie discute que el éxodo rural hacia las ciudades se ha convertido en un
problema, agravado si cabe porque la mentalidad urbana se extiende hasta
alcanzar los lugares más remotos de nuestra Geografía. La cultura de lo urbano
domina y se extiende -gradual e inexorablemente- desbordando los ámbitos
urbanos, desplazando y eliminando todos los aspectos rurales que no sean
compatibles con la filosofía hegemónica de los "nuevos tiempos". En
nombre de la mal entendida modernidad y el supuesto progreso se están imponiendo
diversos tópicos que, más tarde o más temprano, nos pasarán una seria factura.
Es decir, el campo es sinónimo del pasado, lo pobre, el atraso y la miseria.
Continuamos haciendo chistes y comentarios despectivos respecto de la figura
del "mago", el hombre del campo, frente al "yuppi"
moderno y estereotipado, como ideal de vida. Aún peor, infravaloramos el
trabajo del campo frente al trabajo en cualquier otro sector de la actividad
laboral. La seguridad social concede pensiones de miseria a un agricultor que ha
dedicado toda su vida a labrar la tierra. En definitiva, aún esta sociedad no
comprende que se encuentra en deuda con los miles de hombres y mujeres que
araron la tierra con sudores y lágrimas para hacer que sus hijos estudiaran en
universidades y trabajaran en los servicios, aportando alimentos frescos y
baratos en
Otra
cuestión que demuestra este desprecio es el pago que reciben por su producción,
los agricultores apenas cobran un 20 por ciento del precio final que desembolsa
un ama de casa canaria, que compra a escasos kilómetros de la finca donde se ha
producido la fruta o la verdura que consume su familia. Incomprensible. Las
mitificadas grandes superficies que pululan por doquier compran grandes
cantidades de mercancías foráneas que importan y hunden los precios de la
producción local, obligada a devaluar sus precios para poder obtener algo a
cambio.
La
crisis agraria aparece asociada a la decadencia de otras profesiones afectadas
por la nueva economía y la revolución tecnológica (zapateros, latoneros,
herreros, albarderos y un largo etcétera casi han desaparecido de nuestra
Geografía). Por eso, los hijos y descendientes de los agricultores huyen del
trabajo en el campo como alma que lleva el diablo. Esto se explica no sólo por
razones económicas sino también por otras de índole laboral y social, es decir,
trabajar la tierra no está bien considerado en los tiempos que corren.
Es
tan habitual que esta sociedad urbana y consumista en la que vivimos teorice
sobre el campo, mientras que al mismo tiempo es incapaz de ofrecer alternativas
creíbles para que algunos jóvenes siembren ilusiones y arraiguen socialmente en
el medio rural, en un modelo de vida bien distinto y con valores prácticamente
inexistentes en los espacios urbanos. Tenemos pocas excepciones de esta falta
de consideración social, si exceptuamos las referencias de Arístides Moreno, el
del "Horcon boys",
o la polka del intermediario de Nijota
y Los Sabandeños, apenas existen muestras de
reconocimiento cultural hacia la labor de nuestra gente del campo y su
problemática.
Ante
esta situación se hace aún más necesaria una visión de compromiso y futuro. Hay
que plantearse si es factible vivir en estas islas sin producir un porcentaje
significativo de productos frescos, si es posible vivir en una cultura
interminable de derroche de recursos y agotamiento de nuestros bienes más
preciados, nuestra cultura tradicional, el suelo agrario, el paisaje y el medio
ambiente, entre otros; Debemos reflexionar si podemos permitirnos el lujo de
renunciar y abandonar una cultura arraigada y perfeccionada a lo largo de más
de cinco siglos, adaptada a los elementos para sobrevivir en un medio difícil y
que no regalaba nada, capaz de transformar ásperos malpaíses
e inhóspitos eriales en vergeles.
Y
es aquí, en el mundo de los problemas energéticos del siglo XXI cuando hay que
valorar si podemos aspirar en el futuro a seguir llenando las bodegas de barcos
y aviones para abastecer a más de 2 millones de personas residentes y 12
millones de turistas al año con un nivel de consumo y aspiraciones simplemente
insostenible. Ante estas incertidumbres de futuro y de presente es necesario
que entre todos, sin distinción de ideologías o religiones, pensemos y
replanteemos nuevas fórmulas que permitan a esta sociedad afrontar un futuro
mejor, con esperanza e ilusión. No valen sólo frases hechas. No aceptamos que
el campo es el pasado, sino que de verdad debe constituir también nuestro
futuro. No se puede hablar de progreso pensando sólo en asfalto y cemento, tampoco
podremos hablar de estabilidad social si no tenemos una parcela de tierra
cultivada en nuestra vida.
* Consejero de Medio Ambiente y Paisaje del
Cabildo Insular de Tenerife