Una Canarias desconocida
Juan-Manuel García Ramos
La historia de Canarias es una historia apasionante, aunque todavía no contemos con una obra que nos la sintetice y nos la acerque sin los corsés académicos ni las licencias del amateurismo irresponsable.
Uno de los episodios más significativos de nuestro pasado, por la trascendencia que tuvo, fue el cierre del Tratado de Alcaçovas-Toledo, firmado en 1479-1480 entre Portugal y Castilla, donde ambos reinos se repartían el Atlántico conocido entonces. Mientras los lusitanos se quedaban con el reino de Fez, las tierras de Guinea y los archipiélagos de Azores, Madeira y Cabo Verde, los castellanos se reservaban las Islas Canarias "ganadas e por ganar...", pues no figuraba Tenerife aún en el catálogo que se manejaba en esos años.
Esa laguna jurídica de "ganadas e por ganar..." fue lo que determinó que la América por descubrir se convirtiera, a efectos de derecho internacional, en esa isla canaria "por ganar" contemplada en el contrato entre lusitanos y castellanos.
Acabo de descubrir otro episodio curioso de esa historia nuestra a través del libro recién editado del profesor de Historia de América de la Universidad de La Laguna, Manuel Hernández González, sobrino de aquel otro profesor de Historia del Arte, don Jesús Hernández Perera del que algunos disfrutamos como alumnos de sus clases magistrales y amenísimas.
Se trata del volumen La Junta Suprema. Canarias y la emancipación americana (Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea, 2005) y en sus páginas se nos plantea una lectura muy diferente de lo que conocíamos hasta ahora con respecto a la actividad de la Junta Suprema Gubernativa convocada en La Laguna, tras la invasión napoleónica de España, por el Capitán General Marqués de Casa-Cagigal el 11 de julio de 1808.
Todos sabemos que la convocatoria de esa Junta Suprema en La Laguna, sede del Cabildo de Tenerife en esa fecha y la ciudad más poblada de la isla, provocó en Gran Canaria una rebelión que desembocó en la réplica del Cabildo General Permanente de Gran Canaria, y que se tiene ese enfrentamiento de instituciones, por los menos así lo ha registrado Marcos Guimerá Peraza, como el primer capítulo de un Pleito Insular que llega a nuestros días entre las islas capitalinas del Archipiélago.
Al margen de las legitimidades de esos dos cuerpos depositarios del poder regional provisional, lo que se dedica a analizar Manuel Hernández González es la actividad de la Junta Suprema lagunera y lo hace desde la perspectiva de los papeles biográficos de uno de sus miembros, Gaspar de Franchi, Marqués del Sauzal, papeles hoy ordenados en el Archivo Provincial de Santa Cruz de Tenerife, en el fondo de la familia "Zárate y Cólogan".
La vida de Gaspar de Franchi es de por sí un ejemplo muy auténtico de lo que fue la terratenencia insular ilustrada, una vida a lomos de una economía que se hunde, la de la exportación de vinos, y de una economía que emerge con timidez, la de la orchilla y la barrilla. Una existencia vinculada a Europa, desde el punto de vista social y cultural, y relacionada con América, desde la perspectiva mercantil.
Hasta ahora, acaso motivados por las páginas del libro de don Buenaventura Bonnet sobre la Junta Suprema y por otras publicaciones que siguen su espíritu, la idea que teníamos de la Junta Suprema era que estaba más apegada al españolismo derrotado por Napoleón que dispuesta por sí misma a buscar nuevos rumbos políticos para el pueblo de Canarias, huérfano en aquellos momentos, como los virreinatos y las tierras de la América hispana, del tutelaje imperial acostumbrado.
Ese supuesto españolismo de la Junta Suprema se contrapuso siempre al afrancesamiento del que fue acusado el Cabildo General Permanente de Gran Canaria.
Pero la biografía y los documentos que obraban en poder de Gaspar de Franchi nos dan otra versión muy distinta de los hechos, yo diría que a su través nos encontramos con el primer capítulo de una historia no escrita del independentismo canario promovido desde la burguesía.
Desaparecida en 1808 la legitimidad soberana española tras la invasión napoleónica, las clases dominantes insulares presentes en la Junta Suprema lagunera, desde el presidente de la misma, Alonso de Nava y Grimón, Marqués de Villanueva del Prado, hasta José de Murphy y Meade o el mismo Marqués del Sauzal, el citado Gaspar de Franchi, especularon sobre el futuro de Canarias y barajaron algunas posibilidades que encontramos recogidas en la correspondencia de Gaspar de Franchi y en algunos de los documentos manejados y aprobados por la citada Junta.
Partían los miembros de la Junta Suprema de la idea de una España derrotada para siempre por el poder napoleónico y durante meses hicieron planes de futuro para unas Islas Canarias que no "deben jamás" de perder sus "privilegios". Y escriben y acuerdan que para conservar esos privilegios es indispensable colocarse bajo el manto de una nación poderosa, o, como protegidos, formando una república independiente.
Las tesis que manejan son tres en principio, aunque luego deciden una cuarta variable que intentan de verdad. Las tesis son vincular el Archipiélago a las Provincias Unidas de América, es decir, a la América Inglesa, lo que luego será la Commonwealth; esa salida se ve como la más "análoga" al sistema de Canarias. Una segunda tesis es unir Canarias al nuevo -entonces- Reino del Brasil, previendo que el diálogo entre el Gobierno de Brasil y Canarias se haría a través de la Junta Suprema, sin autoridad nombrada por el país al que se acogerían, en su caso. La tercera tesis es una asociación con las Américas españolas, ya en proceso de emancipación y con los mismos problemas de orfandad y despiste, como ya dijimos, que los sufridos por Canarias en aquellos momentos.
La cuarta variable por la que optan los miembros de la Junta Suprema es convertirse en un estado libre bajo la protección británica. En ese sentido, se envía un barco a Inglaterra con la demanda expresada, barco que se pierde en el trayecto.
Con posterioridad, ya sabemos que tanto la Junta Suprema como el Cabildo General Permanente de Gran Canaria son disueltos el primer semestre de 1809 por la Junta Central peninsular y aquellos sueños de soberanía se esfuman.
Las élites tinerfeñas vuelven al redil de la monarquía española y dejan sus especulaciones soberanistas para ocasión posterior, pero por algún tiempo protagonizaron sin duda una Canarias diferente, crecida en su orgullo político y dispuesta a entablar un diálogo de tú a tú con esas potencias internacionales que ya hemos citado. Ese entusiasmo de la burguesía insular y la imaginación derrochada a la hora de confeccionar un programa de gobierno como república independiente, son acontecimientos desconocidos hasta ahora -por lo menos por mí- y que el libro de Manuel Hernández González nos facilita con prosa amena y fluida.
¿Qué hubiera sido de Canarias dentro de la Commonwealth actual, vinculada a Brasil o sumada, como una república más, a la América española de nuestros días?