Canarias en el 2020, como cuento (y no chino)

 

Juan Jesús Ayala

 

Las Islas habían goza­do de una bonanza económica envidiable. Desde mediados de los años ochenta hasta el 2009, en Canarias se vivía más o menos bien, eso sí, con algunas carencias todas ellas mejorables y con la ex­pectativa de los que desde sus res­pectivos posicionamientos políticos tenían esa mejora como meta; pero se podía decir sin temor alguno a equivocarse que habíamos llegado a un punto bastante alto de nuestro desarrollo y estábamos de lleno en el estado del bienestar característi­co de las regiones desarrolladas.

 

Y a pesar de estar a pocas millas de la costa africana y que nuestros ancestros desde Berbería llegaron, nos considerábamos europeos con alguna que otra pincelada en nues­tra personalidad que nos identifica­ba también con los americanos de habla hispana.

 

Hasta esa fecha, la del 2009, nos  iba bien y, sobre todo, el turismo como motor de nuestra economía se encontraba en alza y aunque fue­ra desde lejos nos sentíamos prote­gidos por los distintos gobiernos que había tenido España. Se nos oía en la ‘Península’ y los canarios éramos un espécimen envidiable porque se nos consideraba que es­tábamos poco más o menos en el dorado y las islas Afortunadas se­guían siendo sinónimo de buen vi­vir.

 

Pero en el transcurso del tiempo y a partir de esa fecha, nefasta fe­cha de 2009, el desánimo y la in­tranquilidad que habían iniciado tí­midamente su recorrido se inoculó en el ánimo de los habitantes de es­ta tierra iniciándose así una dura cuenta atrás. ¿Qué sucedió? ¿Qué aconteció en Canarias para que de aquel paraíso soñado sólo haya quedado el esqueleto de unas espe­ranzas fallidas y torpemente con­ducidas y fabricadas?

 

Pasó que los olvidos, las desi­dias, los miedos y las malas políti­cas y, sobre todo, las malas políti­cas muy intencionadas salieron del cuarto trastero de las maniobras y de los cambalaches que desde hace tiempo se cernían sobre las Islas y que intentaban decirnos lo que in­tuíamos: éramos una colonia y que como tal fuimos considerados.

 

Y comenzó con la inmigración, con la desbandada desmesurada de la gente desamparada del continen­te africano que ya no sólo llegaban por oleadas desde cualquier punto de África, sino que a estos se les su­maban los otros, los miles y miles que llegaban por los aeropuertos a los que no había manera de conte­nerlos. Pero la verdad era que ja­más se intentó contenerlos y ce­rrarles las puertas. Se favoreció su presencia de una manera descara­da.

 

Al principio fueron unos pocos cientos, después miles y miles que absorbieron nuestro espacio no so­lo sociológico sino vital, lo que pro­vocó la huida. La huida de los que pudieron irse ante lo irrespirable de ambiente porque los otros, el resto se refugiaron en sus casas como si fueran extranjeros en su propia tie­rra. El miedo se instauró y el ambiente era asfixiante y la supervi­vencia poco más o menos se hizo imposible. La pobreza se había he­cho la protagonista de nuestra tie­rra. ¿Y qué sucedió para que el negocio del turismo se haya ido al traste? El turismo espoleado por las multinacionales del ramo y con el beneplácito de los gobiernos de tur­no cambió de lugar buscando una rentabilidad que aquí había desapa­recido.

 

Canarias ya en el año 2014 esta­ba desfigurada, el gobierno español como hizo con aquellos territorios que colonizó volvió a lo mismo, a su constante histórica: nos dio de lado, no éramos rentables y nos dejaron sueltos para que fabricásemos nuestro destino por sí solos.

 

Canarias se plegó sobre si mis­ma pero apenas ya si contaba para nadie. Los políticos que decían que la defenderían con todas sus fuer­zas huyeron cuando vieron que aquí no había nada que hacer, que la miseria y el desorden era lo que imperaba. Se puede decir que de la noche a la mañana las Islas queda­ron bajo el control del desamparo y bajo el poder aciago de lo imprevis­to. Todo se había venido abajo en­tre los que llegaron y no se fueron, miles y miles y la presión del fundamentalismo islámico que había des­tronado al rey de Marruecos. Se ha­bía hecho de las Islas un espacio donde solo vivía el desahucio, la impotencia y unos pocos, muy po­cos canarios. Las Islas habían re­gresado a África.

 

Antes de eso, de la fecha en que este cuento se relata, alguna que otra voz salió del fondo de algún barranco que gritaba de dignidad, de patriotismo y de defender como fuera las Islas del invasor. Aunque fuera como lo hicieron los guan­ches, con lo que tenían a mano. Pe­ro la voz se apagó, apenas su eco si transcendió y el grito de libertad se ahogó en el mar de la traición.

 

Hoy a 29 de septiembre del año 2020 las Islas forman parte del Gran Magreb islámico. Y Portugal y España forman un solo estado lla­mado Iberia y es la República la que lleva un par de años instaurada en ese territorio peninsular. En el fon­do era eso lo que se pretendía.