En Canarias ganó la abstención

Juan Jesús Ayala

Hay que dejarse de análisis tergiversados tras el referéndum del día 20. En el contexto del Estado, con un porcentaje del 42,2% de participación y con una abstención del 57,8%, hay que decir que quien únicamente ha sido el ganador es ese 57,8%. Y si esto es así, y no tiene vuelta de hoja, en Canarias ¿qué? Pues la situación es mucho peor puesto que la participación fue del 36,9% y la abstención rayó el escándalo: 63,1%.

Se hace difícil, pues, entender la euforia de determinados dirigentes políticos, y más los de aquí, que desde un conformismo estólido se inflan el pecho diciendo que Canarias ha sido ejemplar, dado que fue la autonomía que más votos obtuvo a favor del sí. Con este tipo de manifestaciones lo que se pretende es confundir y eludir el fracaso en la participación. Fracaso que puede deberse a varias causas, pero lo que salta a la vista es que tanto énfasis fue el que se puso con las regiones ultraperiféricas y que Canarias estaba dentro de ese marco, con todo lo que de bienestar iba a suponernos, que esto casi pasó de largo. Da la impresión que el Tratado y cómo quedaban las Islas en él a los canarios poco o casi nada importa.

Lo que sí dicen los entendidos en sistemas políticos es que la democracia comienza a tambalearse cuando el apoyo que encuentra en las manifestaciones populares propiciadas por el sistema es del 30% de esa ciudadanía. Ese porcentaje de participación quiere decir que a los que deben tener acceso a decidir con su voto gobiernos o constituciones les importa un pito que esto sea así o de otra manera. Y si esto ocurre, el sistema falla.

Y es obligado, por lo tanto, significar que con la transcendencia de este Tratado Constitucional para Europa, y más aún si cabe para Canarias, el que aquí se haya optado por amplia mayoría por la abstención es preocupante. Y el que no esté preocupado es que no se ha enterado, no quiere enterarse o anda tan despistado que no sabe de la misa la mitad

Si analizamos el sistema de democracia participativa es con el fin de dar algún rayo de luz a una oscuridad latente. Este no es más que un status en el que puede un pueblo cómodamente instalarse. Como decía el profesor José L. Aranguren, la democracia "es una conquista ética-política de cada día que sólo se consigue a través de una autocrítica siempre vigilante; es más una aspiración que una posesión". La democracia requiere una voluntad moral. Y esa voluntad se extingue o se debilita porque al hombre le cansa la pesada carga de la libertad política, lo que hace que con frecuencia la entregue a un jefe o a un grupo para poder dedicarse tranquilamente a sus divertimentos, negocios o vida privada. Pero, mientras, el sistema se resquebraja y pierde credibilidad.

Hemos entrado en Europa. De acuerdo. Pero lo hemos hecho por la puerta trasera, sin oropeles ni glorias y menos como ejemplo a imitar. Si es así, mal asunto. Debe ser que Europa esta cansada y vieja.

Si a esto, con la importancia que tiene, se le da la espalda, cuando tengamos a la vista problemas de más envergadura, ¿vamos a ser también los mejores con una 86% de síes y con un 63,1% de abstención?