Canarias sin fronteras

Juan Manuel García Ramos

Da la impresión de que Canarias es el único pueblo de la tierra sin linderos que le digan dónde empieza y dónde termina lo que unos llaman Comunidad Autónoma de Canarias, otros Archipiélago Atlántico y otros Nación Canaria. Llevamos más de ocho años con el problema encima y sin una solución mínimamente imaginativa que llevarnos a la boca.

El sur del Estado español actual no existe como problema para el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Toda la política exterior con el Magreb del señor Rodríguez Zapatero es una chapuza, a pesar de que el ministro Moratinos hable sin rubor de "éxito" con relación a la diplomacia con Marruecos.

Si Canarias es todavía parte del Estado español, sus fronteras no existen para otros pueblos del entorno. Ni sus fronteras marítimas ni sus fronteras aéreas. Nadie vela por esas fronteras, nadie se ocupa de ellas.

Espero que, por parte de la Delegación del Gobierno de España en Canarias, no se haga ni una sola rueda de prensa más invocando la razón estadística, porque las cifras han empezado a hablar también: el 200% de aumento de inmigrantes por pateras con respecto al año anterior en los tres primeros meses de 2006. ¿Y en lo que se refiere a la entrada de inmigrantes vía turística por nuestros aeropuertos?

Reducida la política a guarismos, gestionamos sobre estadísticas y renunciamos a las ideas y ésa no es una fórmula adecuada.

¿Cómo un pueblo con siete mil quinientos kilómetros cuadrados de superficie puede soportar una entrada de cincuenta mil ciudadanos nuevos al año?

¿Cómo un pueblo que en 1940 tenía seiscientos noventa mil habitantes, puede haber alcanzado en el año 2000 los dos millones y tenga una perspectiva de crecimiento sin límites?

¿Por qué los colectivos ecológicos invocan con tanta frecuencia su fobia por el desarrollismo y no dicen luego una palabra por este aumento disparatado de población sobre las islas?

Puestos a pensar mal, se nos ocurre que una política acertada de todo colonizador -llámese España, por ejemplo- es romper la unidad cultural y social del suelo colonizado -llámese Canarias, por ejemplo- mediante la acogida indiscriminada de foráneos, y si, de camino, logra enfrentar a las partes de ese territorio en barbecho -llámese Pleito Insular, por ejemplo-, pues miel sobre hojuelas para los resabios tardoimperialistas.

Me dedico a especular sobre todo esto porque no puedo entender la pasividad del Gobierno del Estado con relación a los problemas de inmigración en Canarias, originados a mediados de los años noventa del siglo anterior y recrudecidos en estos últimos años.

El África convertida en una finca desolada por la intervención y la explotación de intereses franceses, británicos y belgas, entre otros europeos, durante el siglo XIX, es hoy un continente en extinción, como no ha dudado en considerarla Wole Soyinka, el premio Nobel nigeriano de literatura.

Los depredadores occidentales acabaron con formas de vida tribales, esclavizaron nativos, horadaron minas e incendiaron selvas para convertirlas en ventajosos cultivos, extinguieron especies animales, borraron identidades étnicas y culturales, y décadas más tarde, tras la Segunda Guerra Mundial, les vino el cargo de conciencia y abandonaron esos filones todo lo deprisa que pudieron, todo ello en nombre de los sagrados Derechos Humanos y de otro derecho también muy respetable: el de la Autodeterminación de los Pueblos. Todo deprisa y corriendo y ahí se la resuelvan ellos.

Esos pueblos hoy teóricamente independientes, cincuenta y dos Estados y ochocientos millones de habitantes, con fronteras trazadas con tiralíneas en oficinas diplomáticas europeas, constituyen la mayoría del África sin futuro y con pasado trastornado por el ambicioso visitante.

Aquellos ex colonizadores están hoy en la ufana Unión Europea y miran para otro lado de la historia con sus rostros encendidos por la vergüenza.

Pero el éxodo africano, la lucha por la supervivencia de los habitantes de esos pueblos, toca a la puerta de Canarias, a la que llaman Europa no por casualidad. Y, en ese sentido, tengo el testimonio directo de un senegalés de la etnia wolof, Moisés Ndiaye, hoy cooperante de la Cruz Roja en Tenerife, que ya nos anunció en mayo de 2005 que eran millones las personas dispuestas a trasladarse a nuestras islas desde el África vecina.

Digo que no nos llaman Europa por casualidad, porque en realidad lo somos a efectos de frontera del tercer mundo y el mundo desarrollado, a efectos de "espacio Scheguen", un convenio europeo cuyos orígenes se remontan a julio de 1984 y del que en la actualidad forman parte quince países europeos, entre ellos España -desde 1991-. Todos ellos en busca de determinados objetivos que el acuerdo desarrolla y que consisten en la supresión de fronteras entre estos países, la seguridad y la inmigración, precisamente.

Es en esos marcos de cooperación jurídica donde hay que cobijarse a la hora de enfrentar un fenómeno sociológico, político y cultural como es la inmigración africana que llega a nuestras costas o yace en el fondo de este lado del Atlántico pagando con su muerte el esfuerzo por salir de sus infiernos respectivos.

Un Atlántico que observa con tristeza cómo los tiempos malos siempre vuelven para los pueblos dejados de la mano de Dios. Han pasado apenas cuatro siglos desde que el corsario inglés John Hawkins y el hacendado insular de Tenerife Pedro Ponte celebraran sus alborozados encuentros en la Casa Fuerte de Adeje para repartirse los botines que les reportaba el tráfico de esclavos negros desde África a los virreinatos españoles de América. Ése es también nuestro pecado original con el continente de al lado, un continente con el que nunca nos hemos llevado bien y que ahora nos amenaza con invadirnos poco a poco en su lucha por escapar de sus propias torpezas y de las que los demás les hemos sumado.

Se necesita una respuesta urgente del Gobierno Español, de la Comisión Europea y de los organismos comunitarios competentes para poner fin inmediato a un problema que acaso no haya hecho sino empezar.

Moisés Ndiaye hablaba de millones de seres a la espera, estos días otras fuentes hablan de quinientos mil. La capitanía marítima de Tenerife ha dado su parecer sobre la existencia de barcos nodriza que facilitan la llegada de las pateras y de los cayucos hasta nuestras costas sin que ni unas ni otros encuentren impedimento alguno o la mínima señal de que estas islas tienen unas fronteras marítimas. Parece imposible que un cayuco mauritano que tiene que recorrer ochocientos kilómetros o más pueda transportar en sus apenas 15 ó 20 metros de eslora unos 2.800 litros de combustible aparte de su carga humana.

Cuando a uno se le ocurre hablar de la armada española para poner orden en esos meridianos y esos paralelos que nos marcan en el océano el territorio de nuestra soberanía no recibe sino acusaciones de xenófobo.

Da la impresión de que Canarias es el único pueblo de la tierra sin linderos que le digan dónde empieza y dónde termina lo que unos llaman Comunidad Autónoma de Canarias, otros Archipiélago Atlántico y otros Nación Canaria. Llevamos más de ocho años con el problema encima y sin una solución mínimamente imaginativa que llevarnos a la boca.