Canarias y
América
Juan
Manuel García Ramos
Asistí, invitado por la directora de
Esa primera conferencia
plenaria la pronunció un viejo amigo de Canarias, Felipe Fernández-Armesto, profesor de Historia y Geografía en el Queen Mary College
de
Por Elena Acosta y Antonio Bethencourt supe que Fernández-Armesto
se pasó nueve meses en
Asistí a esa conferencia inaugural atraído por el título de la convocatoria:
"¿Qué es la civilización atlántica?", aunque las expectativas de la
cita quedaron bastante mermadas por la intervención en sí, pues quizá la
formación geográfica del profesor Fernández-Armesto
prevaleció sobre mis gustos culturales en torno al Atlántico y su proyección
internacional.
En cualquiera de los casos, Fernández-Armesto es una
autoridad indiscutible sobre los asuntos oceánicos y durante su relajada
conferencia reconoció no sólo su deuda con Antonio Rumeu
de Armas, sino su pasión por considerar a esa civilización atlántica como una
de las cuatro grandes civilizaciones de la historia de la humanidad, junto a la
conformada por todo lo que significó la expansión de los vikingos por los mares
del norte, la del imperio islámico en el océano Índico, o la presencia de
Polinesia en todo el Pacífico.
En ese sentido, Fernández-Armesto nos llamó la
atención sobre lo mucho que tardaron las naciones occidentales europeas en
desplazarse por el Atlántico si tenemos en cuenta que la historia de la
navegación tiene cincuenta mil años de antigüedad.
En cuanto a Rumeu de Armas, tuvimos oportunidad de
discutir en un almuerzo posterior -con Fernández-Armesto,
Antonio Bethencourt, Elena Acosta y Antonio Tejera
Gaspar, nuestro gran especialista en Colón- su vinculación con el gran
historiador Fernand Braudel.
Yo recordé un viejo encuentro con Rumeu donde éste me
comentó que el profesor francés acudió a algunas de sus clases, no puedo
precisar si en Barcelona o en Madrid, y Antonio Bethencourt
nos recordó a todos, desde su memoria prodigiosa, a la que luego me referiré,
que lo que él sí sabía -y lo sabía por otro catedrático español de Historia
Moderna, Felipe Ruiz Martín- era que Fernand Braudel en su cátedra solía recomendar a sus alumnos
algunos libros fundamentales, y entre esos volúmenes siempre se encontraban las
Piraterías y ataques navales contra las Islas Canarias, esa obra
imponente de Rumeu de Armas, de la que tantos han
bebido, entre ellos, a nuestro entender, el mismo Fernand
Braudel.
Fernández-Armesto sostiene que fue don Antonio Rumeu el que confirió otra significación a expresiones como
"civilización atlántica" o "mundo atlántico", al apartar a
éstas de su vinculación con la retórica política de
Rumeu de Armas no fue consciente hasta muy tarde del
alcance de su obra principal. En 1987, desde mi responsabilidad en el gobierno
autónomo de entonces, le propuse a don Antonio reeditar sus Piraterías y
ya cayó en la cuenta de la oportunidad de cambiarle el título. La edición
facsimilar de 1991 va rotulada como Canarias y el Atlántico. Piraterías y
Ataques Navales, y en el pequeño prólogo que Rumeu
insertó en esta nueva aparición no dejó de reconocer lo que ya apuntamos:
"El título de un libro tiene que ser expresión exacta del contenido. Ésa
ha sido la razón del cambio. Nunca el título originario satisfizo al autor,
después de haber barajado otros varios en el momento inicial, sin acertar con
la denominación".
A nuestro parecer, don Antonio fue progresivamente consciente de que sus Piraterías
habían inaugurado una metodología de trabajo de la que otros se habían
aprovechado con mayor acierto, entre ellos Fernand Braudel y su historia del mar Mediterráneo durante la época
de Felipe II.
Aunque en realidad Rumeu y Braudel
trabajan paralelamente en el tiempo sobre sus dos grandes contribuciones
historiográficas. Rumeu confiesa que empezó a
concebir sus Piraterías desde el año 1934 y, tras el paréntesis de
Como sostiene Fernández-Armesto, la conceptualización del Atlántico como espacio de formación
de culturas empezó en el siglo XIX entre geógrafos alemanes que pensaban en
buscar estructuras geográficas, una suerte de andamiaje de las civilizaciones,
para explicar las grandes diferencias culturales que existían en el mundo.
Luego las guerras europeas, las calientes y las frías, determinaron, como ya
dijimos, el uso del concepto atlántico como eje de poder occidental.
A estas alturas, me inclino a pensar que Rumeu de Armas
se encontró en 1947 -año en que comienzan a editarse las Piraterías- con
una obra cuya trascendencia no esperaba. El éxito de su colega Fernand Braudel con su historia
del Mediterráneo de Felipe II lo hizo caer en la cuenta de su anticipación a la
hora de mirar las cosas, y ya en 1991 aceptó el verdadero alcance de su
trabajo: El análisis de los intercambios culturales, comerciales, guerreros y
políticos que moldean determinadas partes del planeta, en su caso toda la
cuenca del Atlántico.
De todo eso hablamos durante un almuerzo en el bello patio del restaurante Montesdeoca de Vegueta, una
casona de 1526 hoy propiedad de un ciudadano inglés radicado en Gran Canaria.
No pude dejar de comentarle, en clave irónica, al británico de cuna -a pesar de
su origen familiar gallego- Felipe Fernández-Armesto,
cómo los británicos seguían queriendo quedarse a toda costa con nuestras islas.
Era el lugar ideal para uno deleitarse con la compañía y la sabiduría de los
comensales citados. Otro día contaré algunas de las anécdotas que don Antonio Bethencourt, el ex rector de