Canarias y América

 

Juan Manuel García Ramos

 

Asistí, invitado por la directora de la Casa de Colón de Las Palmas de Gran Canaria, Elena Acosta, a la conferencia de inauguración de la XVII edición de los Coloquios de Historia Canario-Americana, fundados hace treinta años por Antonio Rumeu de Armas y hoy escoltados por otros dos distinguidos historiadores como Francisco Morales Padrón y Antonio Bethencourt Massieu, actual director del Anuario de Estudios Atlánticos.


Esa primera conferencia plenaria la pronunció un viejo amigo de Canarias, Felipe Fernández-Armesto, profesor de Historia y Geografía en el Queen Mary College de la Universidad de Londres y miembro de la Facultad de Historia Moderna de la Universidad de Oxford.

 

Por Elena Acosta y Antonio Bethencourt supe que Fernández-Armesto se pasó nueve meses en la Universidad de La Laguna preparando su tesis doctoral sobre Las Islas Canarias después de la conquista, hoy traducida del inglés y editada por el Cabildo Insular de Gran Canaria.


Asistí a esa conferencia inaugural atraído por el título de la convocatoria: "¿Qué es la civilización atlántica?", aunque las expectativas de la cita quedaron bastante mermadas por la intervención en sí, pues quizá la formación geográfica del profesor Fernández-Armesto prevaleció sobre mis gustos culturales en torno al Atlántico y su proyección internacional.


En cualquiera de los casos, Fernández-Armesto es una autoridad indiscutible sobre los asuntos oceánicos y durante su relajada conferencia reconoció no sólo su deuda con Antonio Rumeu de Armas, sino su pasión por considerar a esa civilización atlántica como una de las cuatro grandes civilizaciones de la historia de la humanidad, junto a la conformada por todo lo que significó la expansión de los vikingos por los mares del norte, la del imperio islámico en el océano Índico, o la presencia de Polinesia en todo el Pacífico.


En ese sentido, Fernández-Armesto nos llamó la atención sobre lo mucho que tardaron las naciones occidentales europeas en desplazarse por el Atlántico si tenemos en cuenta que la historia de la navegación tiene cincuenta mil años de antigüedad.


En cuanto a Rumeu de Armas, tuvimos oportunidad de discutir en un almuerzo posterior -con Fernández-Armesto, Antonio Bethencourt, Elena Acosta y Antonio Tejera Gaspar, nuestro gran especialista en Colón- su vinculación con el gran historiador Fernand Braudel.


Yo recordé un viejo encuentro con Rumeu donde éste me comentó que el profesor francés acudió a algunas de sus clases, no puedo precisar si en Barcelona o en Madrid, y Antonio Bethencourt nos recordó a todos, desde su memoria prodigiosa, a la que luego me referiré, que lo que él sí sabía -y lo sabía por otro catedrático español de Historia Moderna, Felipe Ruiz Martín- era que Fernand Braudel en su cátedra solía recomendar a sus alumnos algunos libros fundamentales, y entre esos volúmenes siempre se encontraban las Piraterías y ataques navales contra las Islas Canarias, esa obra imponente de Rumeu de Armas, de la que tantos han bebido, entre ellos, a nuestro entender, el mismo Fernand Braudel.


Fernández-Armesto sostiene que fue don Antonio Rumeu el que confirió otra significación a expresiones como "civilización atlántica" o "mundo atlántico", al apartar a éstas de su vinculación con la retórica política de la Guerra Fría e impregnarlas de dimensión histórica y cultural, como también lo hicieron, fuera del ámbito hispanoparlante, el historiador belga Charles Verlinden o el profesor e investigador francés Pierre Chaunu, en la línea de la revista Annales d’histoire économique et sociale, fundada por los historiadores galos Lucien Febvre y Marc Bloch en 1929 y dirigida a partir de 1956 por el mismo Fernand Braudel.


Rumeu de Armas no fue consciente hasta muy tarde del alcance de su obra principal. En 1987, desde mi responsabilidad en el gobierno autónomo de entonces, le propuse a don Antonio reeditar sus Piraterías y ya cayó en la cuenta de la oportunidad de cambiarle el título. La edición facsimilar de 1991 va rotulada como Canarias y el Atlántico. Piraterías y Ataques Navales, y en el pequeño prólogo que Rumeu insertó en esta nueva aparición no dejó de reconocer lo que ya apuntamos: "El título de un libro tiene que ser expresión exacta del contenido. Ésa ha sido la razón del cambio. Nunca el título originario satisfizo al autor, después de haber barajado otros varios en el momento inicial, sin acertar con la denominación".


A nuestro parecer, don Antonio fue progresivamente consciente de que sus Piraterías habían inaugurado una metodología de trabajo de la que otros se habían aprovechado con mayor acierto, entre ellos Fernand Braudel y su historia del mar Mediterráneo durante la época de Felipe II.


Aunque en realidad Rumeu y Braudel trabajan paralelamente en el tiempo sobre sus dos grandes contribuciones historiográficas. Rumeu confiesa que empezó a concebir sus Piraterías desde el año 1934 y, tras el paréntesis de la Guerra Civil española, terminó de redactarla en 1945. La fecha que se conoce de la elaboración de la magna obra de Braudel es la de 1939-1945.


Como sostiene Fernández-Armesto, la conceptualización del Atlántico como espacio de formación de culturas empezó en el siglo XIX entre geógrafos alemanes que pensaban en buscar estructuras geográficas, una suerte de andamiaje de las civilizaciones, para explicar las grandes diferencias culturales que existían en el mundo. Luego las guerras europeas, las calientes y las frías, determinaron, como ya dijimos, el uso del concepto atlántico como eje de poder occidental.


A estas alturas, me inclino a pensar que Rumeu de Armas se encontró en 1947 -año en que comienzan a editarse las Piraterías- con una obra cuya trascendencia no esperaba. El éxito de su colega Fernand Braudel con su historia del Mediterráneo de Felipe II lo hizo caer en la cuenta de su anticipación a la hora de mirar las cosas, y ya en 1991 aceptó el verdadero alcance de su trabajo: El análisis de los intercambios culturales, comerciales, guerreros y políticos que moldean determinadas partes del planeta, en su caso toda la cuenca del Atlántico.


De todo eso hablamos durante un almuerzo en el bello patio del restaurante Montesdeoca de Vegueta, una casona de 1526 hoy propiedad de un ciudadano inglés radicado en Gran Canaria. No pude dejar de comentarle, en clave irónica, al británico de cuna -a pesar de su origen familiar gallego- Felipe Fernández-Armesto, cómo los británicos seguían queriendo quedarse a toda costa con nuestras islas.


Era el lugar ideal para uno deleitarse con la compañía y la sabiduría de los comensales citados. Otro día contaré algunas de las anécdotas que don Antonio Bethencourt, el ex rector de La Laguna, guarda en su memoria de sus compañeros de claustro Felipe González Vicén y José María Hernández-Rubio, esos dos grandes profesores de Derecho de la universidad lagunera que han dejado tras de sí leyendas tan jugosas como inabarcables.