CANTOS Y DANZAS DEL ATLAS (Musica Bereber)
Miriam Rovsing Olsen
Los habitantes del Atlas son beréberes, es decir hablan la misma lengua que otros grupos de pobladores del norte de Africa que se concentran principalmente en los macizos montañosos y en el desierto. Así, por ejemplo, los pueblos que viven en la cadena montañosa del Rif al norte de Marruecos son también de lengua bereber. Con todo, existen diferencias dialectales considerables entre las diversas regiones: el modo de vida y el entorno natural, por ejemplo, se reflejan en el vocabulario local. Desde este punto de vista, el Atlas esta dividido en función del habla en una zona nordeste, donde se habla Tamazight (Atlas Medio y Gran Atlas oriental), y una zona suroeste cuya lengua es el tashlhiyl o chleuh (Gran Atlas occidental y central, Antiatlas y llanura de Sous). A los pueblos que hablan tamazight se les llama Beraberes, y a los que hablan tashlhiyl Chleuhs. Claro que una gran parte de los beréberes, sobre todo los hombres, hablan también el árabe. La emigración masculina es importante. Los Chleuhs del Sous y de algunas regiones del Antiatlas suelen regentar comercios en las grandes ciudades de Marruecos y también en Europa (en Francia y en Bélgica, sobre todo). Entre las mujeres, en cambio, el conocimiento de la lengua árabe es mucho mas reducido, prácticamente inexistente. No suelen salir de su pueblo y en el Antiatlas se encargan incluso de una parte importante de las faenas agrícolas; su relación con la vida de la ciudad es, pues, muy escasa.
En estas áreas montañosas los habitantes han sabido adaptarse de forma admirable a las condiciones del terreno -que suelen ser bastante duras- obteniendo sus medios de subsistencia de cultivos cerealistas (cebada, maíz) arboricultivos (nogales, almendros, erguenes, palmeras) y de diversas hortalizas. Las técnicas tradicionales de irrigación les permiten llevar el agua hasta las laderas de las montañas, cultivadas en terrazas. La cría de ganado es otro elemento importante en la economía agrícola del atlas y los pastores acostumbran a conducir por turnos sus inmensos rebaños hasta los pastos que se encuentran en las proximidades de las aldeas. De costumbres seminómadas, los Beraberes se desplazan en verano con sus rebaños hacia la alta montaña, si bien estas migraciones estacionales tienden a disminuir a favor de un mayor sedentarismo.
Notas:
…para acceder a las músicas de la montaña marroquí hay que dejar las carreteras habituales e internarse en escarpadas pistas por las que solo se adentran camiones todoterreno cuyos pasajeros viajan hacinados en compañía de las provisiones, las ovejas, las gallinas y las cabras… Y luego tiene uno que aventurarse por caminos de herradura tan abruptos que hasta las mulas tienen a veces dificultades para atravesarlos.
En modo alguno podremos comprender esta música de las montañas -viene a decirnos, en definitiva, Miriam Rovsing Olsen- si la abordamos al margen de lo que podríamos llamar su "ecosistema". Su elemento rítmico es, en primer lugar, el ritmo regular de las estaciones y las cosechas. Los cantos del Atlas Medio, entonados día a día por las mujeres al empujar la piedra del molino y por los hombres mientras esquilan los corderos o trabajan en las faenas del campo, suplantan a menudo a los gestos del trabajo. Pero mas allá de esta expresión prácticamente utilitaria y que remite a una coreografía rudimentaria, la música, como forma acústica, participa de valores ideológicos, humanos y sociales que solo un enfoque etnologico es capaz d sacar a la luz.
Su principal estimulo es la fiesta -una fiesta regida también por el ciclo de las estaciones-, que no se concibe sin poesía, cantos, danzas y tambores, y que expresa a su manera la absoluta necesidad de estar juntos. Las fiestas de la montaña pueden verse precisamente como una exaltación de esa necesidad. Hermosas y de gran atractivo visual, constituyen un espectáculo global que gira todo el entorno a la práctica de la música. Y a la inversa, una interpretación musical malograda (es el caso de algunos teñedores de tambor tan poco entusiastas que las mujeres prefieren quedarse en su casa en vez de salir a la plaza para bailar) suele tener una gran trascendencia: no solo indica que la música ha sido mal ejecutada sino que apunta, además, a la idea bastante alarmarte de que, en realidad, la fiesta no ha tenido lugar. Y eso tiene dos consecuencias inmediatas: humilla gravemente a quien estaba encargado de la organización y, en segundo lugar, plantea con crudeza la siguiente cuestión. "¿Somos verdaderamente hombres si no somos capaces de hacer cosas juntos?"
La música esta ahí para engendrar y dar entidad a las relaciones sociales; y al dia siguiente de estas fiestas magnificas y con tanto poder de convocatoria, no es extraño oír a los hombres y mujeres que trabajan en el campo entonar a solas, cada uno para si, esas mismas melodías que en la fiesta se han difundido la víspera.
Esta música poderosa y densa que incita a la participación es la forma sonora de un modo de expresión colectiva rigurosamente formalizado y que parece haberse convertido en una especialidad de los Beréberes de las montañas. Pero, según Miriam Rovsing Olsen, no se trata unicamente de eso. La música transmite, además, un sentido que no es arbitrario –como pudiera serlo, por ejemplo, el movimiento de una sonata clásica-, un sentido que el cuerpo y la música expresan en la danza y que queda confirmado por el análisis lingüístico, de tal suerte que las estructuras melódicas, rítmicas y formales solo adquieren su significado autentico en el marco de actividades comunes y de ritmos que es preciso interpretar en toda su complejidad.
En resumen, esta música bereber de las montañas esta plenamente elaborada, incluso si, a diferencia de la música árabe, no existe en una forma "culta" -o, como es nuestro caso, no se construye según unos principios teóricos dictados por los entendidos-. Su marco natural es una vida campesina donde los aspectos sagrados y profanos están estrechamente ligados, donde la técnica se confunde con el ritual, la creencia con la acústica y, como nos dice la autora, donde la memoria y la creación son el signo de un orden común.
(de Bernard Lortat-Jacob extracto del prólogo al libro "Cantos y Danzas del Atlas" autora Miriam Rovsing Olsen.)