"Canto universal de las Islas Canarias"
Juan Manuel García Ramos
Lo confieso: he leído con detenimiento y placer incorporado Hespérida. Canto Universal de las Islas Canarias, el ambicioso poema épico de Justo Jorge Padrón (Madrid, Visor Libros, 2005).
Y digo poema épico porque a esa modalidad literaria corresponde caracterizar el conjunto de las creencias y las ideas de un pueblo bajo la forma de sucesos reales, y es esa la tarea que emprende Justo Jorge Padrón arrancando desde los primeros mitos de la creación del universo y atravesando el repertorio griego que contempló entre celajes a nuestras islas, los símbolos de nuestra cultura, teides, garoés, borondones, dragos, gánigos, hasta desembocar en las narraciones primeras de nuestro pueblo aborigen trufadas por la conquista de los europeos de nuestros siete suelos atlánticos.
Un plan de trabajo que no puedo comparar sino con el Poema de Antonio de Viana en el siglo XVII, aunque en el caso de este último su historia no cubriese sino la parte tinerfeña, con algunas referencias a la de Gran Canaria.
Agustín Espinosa lo deja entrever pero lo dice: Cairasco dio los primeros pasos hacia una literatura canaria, pero Antonio de Viana escribe la epopeya de esa literatura. Y desde que Antonio de Viana, con sus aciertos y desaciertos, se empeña en esa empresa, todos hemos sentido la necesidad de continuarla, de ampliarla, de enriquecerla.
Conozco a algunos continuadores de ella; acaso, por experiencia lectora e indagadora, podría yo citar el Romancero guanche de Diego Crosa y Costa, que hemos editado por primera vez -se encontraba inédito hacía más de sesenta años- junto a Carlos Gaviño de Franchy en 2001; pero no es el caso. Desde luego no lo es ni mucho menos si lo comparamos con el esfuerzo desplegado por Justo Jorge Padrón a la hora de acometer Hespérida. Cada uno por su lado, también Graciliano Afonso en su El Juicio de Dios o la Reina Ico (1841) y Nicolás Estévanez en "Canarias" (1878) persiguieron la consecución de un poema nacional canario.
¿Da la historia de nuestro pueblo insular para acometer una epopeya desde lo que exige la legislación clásica: que los protagonistas sean reyes, príncipes o personajes extraordinarios; que haya un héroe mayor y un antihéroe; que las hazañas sean de gran rango; que haya dioses ayudando a los mortales en sus quehaceres; que los hechos se exageren; que un héroe encarne una nación, el espíritu de todo un pueblo?
Todo depende de la lente con que miremos los sucesos y sus protagonistas, pero, en principio, no parece que nuestros materiales míticos e históricos den para mucho. Tampoco es necesario si no exigimos una homologación rigurosa con los cánones de la tradición epopéyica.
Acaso buscando esa dimensión mayor, Justo Jorge Padrón hace descender a los primeros canarios de los atlantes, de los imaginados seres de la Atlántida platónica, engarzando así la literatura con la historia, sin violentar a ninguna de ellas y otorgándonos un linaje cuasi divino. Estamos hablando de un género literario, no de documentos de anaquel de archivo. Por eso vale todo si todo se hilvana con sabiduría. Y lo ha hecho Justo Jorge Padrón, ese poeta lírico que todos conocíamos, algunos para apreciarlo, otros para ignorarlo, porque las pasiones no son patrimonio sólo de los protagonistas de la épica, sino mercancías de curso corriente.
Justo Jorge Padrón ha hecho una selección de sus argumentos míticos e históricos, estaba obligado a esa labor si no quería convertir su obra en inconmensurable, pero el resultado del filtro es acertado.
Los lectores ajenos a Canarias se llevarán una imagen de lo que ha sido nuestro pueblo dividido por el mar y los tempos de la historia; tanto nuestros orígenes nebulosos como el encuentro de nuestros primeros pobladores con las naciones conquistadoras, esa batalla entre dos modos de concebir la vida y la muerte, la fe en el más allá, la generosidad y la crueldad, están resueltos con tanta destreza como laboriosidad percibida bajo todo lo que leemos en endecasílabos y alejandrinos -en muy raros casos el heptasílabo o el eneasílabo- adaptados al ritmo narrativo, la prosodia dando fluidez a los acontecimientos, unas veces ya conocidos, otras ignorados hasta ahora (por lo menos para nosotros).
El poeta Justo Jorge Padrón se siente tan bien en su papel de demiurgo, de inventor de universos: "Era la nada informe, la nada inexpugnable,/ el caos sin latido ni materia,/ la oscuridad cerrada sin principio ni fin", tan cercano a las composiciones maya-quichés del Popol Vuh, el libro de los indios de Guatemala encontrado, descubierto y traducido por los españoles conquistadores; como cómodo se siente Justo Jorge Padrón definiendo caracteres o apalabrando las cambiantes geografías isleñas, las soledades conejeras y majoreras, las feraces selvas grancanarias, tan mutiladas durante la conquista, los acantilados palmeros, los valles tinerfeños, las umbrías gomeras, los desfiladeros herreños.
El descubrimiento de la insularidad ejemplificado en el primer viaje que hace Tenesor Semidán, el guanarteme grancanario, hasta España, sigue vigente para nuestros coetáneos: "También el mar sugiere la extensión de la tierra,/ y la insignificancia de los hombres…".
Todo el trabajo épico de Justo Jorge Padrón se encuentra acompañado no sólo de un ajuste de su versificación a los hechos relatados, sino de una riqueza y de una precisión léxica que desde luego no puede ser obra de la mera inspiración.
Cualquier detractor de Hespérida podrá invocar contra esa creación toda invectiva, menos la de que ha sido escrita sin sacrificio y precisión, aunque algunas ligerezas en ocasiones desvirtúen en miniatura lo que ha sido moldeado con tanta ambición.
En cualquiera de los casos, el Justo Jorge Padrón posterior a la escritura de Hespérida se sale de las clasificaciones de la historiografía literaria acostumbrada, aunque él mismo nos descubra una prehistoria del poema ahora comentado en otro título anterior: El bosque de Nemi (1995-1999).
No se escribe un poema épico como Hespérida de la noche a la mañana, sin perder el aliento de los siete mil y pico versos que acaparan los territorios del mito, de la historia y la leyenda. No es Hespérida un simple reto.
Es un proyecto serio que merece algo más que su simple y entretenida lectura.
Tendremos que situar este trabajo de Justo Jorge Padrón fuera de muchas de las coordenadas críticas trazadas hasta ahora y encontrarle las raíces de las que procede. No sólo en la literatura insular, sino en las vecindades de lecturas como la del Pablo Neruda de Canto General, por supuesto, del Octavio Paz de Piedra de sol, evidente, del José Gorostiza de Muerte sin fin, nos lo aclara su prologuista. Del Derek Walcott de Omeros.
Pero por encima de gravitaciones propias y ajenas, lo que encontramos en Hespérida es un ajuste verbal y conceptual a la hora de ir en busca de verdades lejanas y profundas, de la vida política, civil, doméstica, cultural y religiosa de un pueblo al que pertenecemos. No es poco.