Carroñeros de la Paz

Emilio del Barco

Quien quiere la paz, no vive en una economía de guerra, siempre preparándola. La falsedad es traslúcida.

Para continuar en paz, más que alianzas de naciones, necesitaríamos fusiones de pueblos. Que todos nos sintiésemos hijos de la misma madre, la Tierra. No deberíamos estar divididos por razas, religiones y colores. Me parece aberrante que, en algunas naciones, los papeles de identidad, registren todo esto. Seleccionar, es una forma más de dividir, separar. Sé que la fraternidad toca al bolsillo, pero necesitaríamos un mundo de razonadores amables, no el de estrictos creyentes, devotos de verdades únicas, en el que vivimos inmersos.

Quien usa la fe como instrumento político, pretende tener siempre la razón. Quien se considera mejor que cualquier otro, desprecia al prójimo. Sólo los usa como adláteres necesarios, para conseguir sus propios fines. No admiten que, en el mundo del pensamiento, las verdades del momento serán, siempre, sustituidas por verdades venideras. Cada individuo tiene las suyas propias, que evolucionan.

Si alguien, que quiere erigirse como cabeza de una comunidad, pretende estar en comunicación directa con la divinidad, lo prudente sería, al menos, dudar de su veracidad. Desde la más remota antigüedad, los tiranos se han presentado a sus pueblos como la voz de los dioses. Asociar autoridad civil a la religiosa debe, cuando menos, suscitar desconfianza. Los gobernantes, cuando se legitiman con razones religiosas, devienen tiranos.

Los intolerantes intransigentes, no tienen más justificación para imponer sus ideas que los fanáticos inamovibles. No se puede dar más valor a ideas, que pueden ser intercambiables, que a las personas que las representan. Si respetamos la libertad de pensamiento, respetemos a quienes piensan de forma distinta a la nuestra.

No se puede extender la democracia, sino ejerciéndola en plenitud. Quien proclame querer extender la democracia, haciendo guerras, miente. Lo que pretende es imponerse con el poder de sus armas. Y eso no es democracia, sino tiranía.

El político que, a través de la guerra, acrecienta su fortuna, no puede representar a su pueblo, se representa a sí mismo. De éstos hay algunos bien conocidos.

Quienes ganan con la muerte de otros seres humanos, son, simplemente, carroñeros, sea cual sea la deidad que los ilumine. Los políticos, vendedores de armas y conquistadores de campos petrolíferos, convierten sus intereses prioritarios en una religión propia: con ello, extienden una nueva paz democrática: la de los muertos que dejan a su paso, es igual para todos.

Agüimes, Gran Canaria 20/09/2005

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