La catástrofe canaria y la oferta ilimitada de ayudas

José Ramón Arévalo y Domingo Molina (*)

 

   El fuego se habrá apoderado a es­tas alturas de unas 35.000 hectá­reas en las dos islas principales del Archipiélago. Sin embargo no se puede decir que fuese una sor­presa. Los equipos de extinción de ambas islas tienen un conocimien­to exhaustivo del terreno, están bien preparados, bien equipados y motivados. Los canarios debemos sentirnos orgullosos de su actua­ción. En el caso de Gran Canaria, tenemos que hablar de auténticos profesionales que trabajan todo un año con fuego, igualmente en Tenerife, aunque parte del opera­tivo recaiga en la contratación de verano. Aún así, ya se habrán es­cuchado las críticas. Al final, los culpables no son los que inician el fuego, sino los que no lo pueden controlar.

 

Algunos ecologistas y aprendi­ces a ecólogos, como siempre, han hablado, y como ya suele ser habi­tual, de forma desacertada y peli­grosa. Incitar al voluntariado a participar en las labores de con­trol de unos incendios fuera de ca­pacidad de extinción como los vis­tos en Tenerife y Gran Canaria de­muestra una frivolidad e irrespon­sabilidad que debería tener conse­cuencias. Una cosa es que se cuente con apoyo de algunos vo­luntarios muy específicos, conoce­dores del terreno, y otro llamar a la revuelta voluntaria en plan ONG. Con las pérdidas materiales que se han provocado y la exten­sión de terreno quemado, el que no haya ocurrido ninguna even­tualidad personal grave debe con­siderarse un gran éxito de los téc­nicos y operarios que han trabaja­do en los dos incendios.

 

Dado que han salido analistas de incendio y ecólogos debajo de las piedras realizando comenta­rios del evento, nosotros nos aven­turamos también. El análisis que realizamos del incendio lo pode­mos resumir en una serie de pun­tos que más valdría considerar pa­ra el futuro, y que no vienen a con­secuencia de este incendio, sino a los años que llevamos estudiando el fuego como elemento de gestión o como elemento intrínseco a la dinámica natural de un ecosiste­ma como es el pinar:

 

1.- Los fuegos son naturales, anteriores a las islas y anteriores a la llegada del hombre. Sus tasas de actuación han sido perturbadas (tanto espacial como temporal­mente), pero intentar librarse del fuego no es posible mientras tengamos y queramos tener pinar.

 

2.- Si se asume el fuego como elemento natural del ecosistema, su uso a través de quema prescrita es una medida de gestión que pue­de muy bien acompañar a las ya existentes, siendo más natural y tremendamente más efectiva den­tro de un programa de gestión (que debería ser eso: natural y efi­caz).

 

3.- La preparación de los equipos de extinción debe seguir como en la actualidad, con una buena dotación y preparación. A ellos se les debe el que no se hable a estas alturas de una verdadera catástrofe en forma de pérdida de vidas humanas.

 

4.- La paradoja del fuego, es de­cir, cuanto más inviertes en pre­vención y extinción, más potente es el fuego que se avecina, ha sido demostrada en las dos islas. En ambos casos, las zonas quemadas llevaban más de 20 años sin que­marse, otras repoblaciones no se habían quemado nunca, un tiem­po excesivo, incluso para el pinar canario que tiene una tendencia a quemarse de copa. De hecho, en estos dos incendios (35.000 ha) se ha quemado la misma superficie que en los últimos 22 años en toda Canarias. Y ahora es cuanto más medios tenemos, incluso la UME, y dotación de una brigada helitransportada del Ministerio de Medio Ambiente.

 

5.- Vivir dentro de un ecosiste­ma de evidente carácter pirofítico conlleva unos riesgos que los pro­pietarios deben conocer y amino­rar. Cuando el pinar arde, ello for­ma parte de su dinámica. Por tan­to, las catástrofes sólo son las que afectan a las propiedades. La pérdida del conocimiento rural ha si­do una de las consecuencias que han favorecido la propagación de los incendios en zonas habitadas sin mantenimiento contra incen­dios (cosa que nuestros abuelos no permitían). La administración debe facilitar e informar sobre esos aspectos: seguros y obligatoriedad de mantenimiento ade­cuando de las propiedades.

 

6.- Las zonas afectadas por una evidente dejadez de la administra­ción a la hora de mantener zonas de seguridad deben ser indemni­zadas o priorizadas en la recep­ción de fondos.

 

7.- Las medidas populistas de ofrecer dinero ilimitado a los afec­tados son de muy poca eficacia, y vuelca en la Administración la res­ponsabilidad privada. En 1998, en Cataluña con el incendio del Solsonés, se cayó en este error de pa­garlo todo (y más) y se he desin­centivado aún más al sector priva­do de propietarios en el entorno forestal. Desincentivar la iniciativa privada es un error que provocará resultados semejantes a los vistos en el próximo incendio que llegue. De hecho, tal como se plantea en otros países, habría que corresponsabilizar de los daños de los incendios a los propietarios de te­rrenos que no los mantengan den­tro de unos estándares de seguri­dad contra incendios. Las ayudas otorgadas que intentan paliar la dramática situación deben tener contraprestaciones y compromi­sos de los que las reciben.

 

8.- Los próximos proyectos des­de el punto de vista de la gestión de incendios deberían de ser no en valorar la cantidad de combustible que tienen los ecosistemas, que como herramienta de prevención de incendios está bien, sino el va­lorar la situación de riesgo de to­das aquella propiedades que se encuentran en zonas de pinar, e indicar a sus propietarios cuales son los medidas que tienen que to­mar para reducir el riesgo de in­cendio. La información geográfica es muy importante en este punto y se podrían realizar mapas de ries­go a propiedades privadas, vol­cando la responsabilidad de las zonas de alto riesgo en los propie­tarios.

 

9.- La máxima de cualquier in­cendio es la seguridad. Las eva­cuaciones producidas en el pasa­do incendios son medidas apro­piadas incluso cuando el riesgo es bajo. Es este sentido, hay que feli­citar a las fuerzas de seguridad que han actuado en ocasiones con unos habitantes que se resistían al desalojo (1° 1ue es fácil de com­prender debido al nerviosismo que crean estas situaciones) pero que no deben dudar en ser con­tundentes a la hora de aplicar la medida. La colaboración de la po­blación civil es útil cuando ésta consista en un apoyo al personal profesional de extinción, pero la toma de decisiones unilaterales por parte de personal civil puede poner en peligro su vida y la de los equipos de rescate.

 

Dentro de unos meses el incen­dio se habrá olvidado, todos los aprendices a ecólogo habrán deja­do de hacer declaraciones, los bos­ques volverán a estar verdes y sólo quedarán las pérdidas materiales provocadas por el mismo. Dentro de unos años el fuego volverá. Si las medidas de protección no se ar­bitran en la línea expuesta, nos en­contraremos de nuevo escribiendo este artículo, y quién sabe, a lo me­jor no habremos tenido tan suerte como en este en lo que respecta a vidas humanas, convirtiendo en acertado el término de catástrofe. En definitiva, menos medidas po­pulosas y demagógicas y más co­rresponsabilidad y ánimos a la ini­ciativa privada. Unos ciudadanos bien informados son capaces de mucho más de lo que algunos diri­gentes piensan o transmiten.

(*) José Ramón Arévalo es Dr. en Ciencias y Domingo Molina es Dr. In­geniero de Montes. Ambos llevan más de una década analizando los efectos de los incendios y la dinámica del fue­go en Canarias, California y Cataluña.

Fuente: La Gaceta de Canarias, 8-08-2007