EN TORNO AL 12 DE OCTUBRE
LAS CAUSAS "EVANGELICAS" PARA LA INVASIÓN DE AMÉRICA
Eduardo Pedro García Rodríguez
Cada 12 de octubre me embarga la necesidad de conmemorar a mi manera esta fatídica fecha tan celebrada por los judeo-cristianismos y por los sistemas imperialistas coloniales destructores de pueblos y culturas, y que pasando el tiempo y haciendo uso de unas dotes de cinismo incompresible en civilizaciones supuestamente humanizadas han dado en calificar como "encuentro" entre culturas la invasión de unos pueblos que a pesar de su lejanía no pudieron escapar a la voracidad europea.
Hoy el genocidio perpetrado contra esos pueblos es conmemorado por los vencedores como día de la raza (¿qué raza,? No será la entelequia española que es una amalgama de tribus y pueblos, cuyo pedigrí no pasa del de un perro callejero) y otros eufemismos por el estilo.
Las verdaderas causas de la "evangelización" quedan reflejadas en estas palabras atribuidas al pirata y esclavista Cristóbal Colón en su entrevista con los nefastos reyes "Católicos" "« Yo soy el gran alquimista; yo tengo en el corazón y la cabeza un mundo de oro; yo descubriré las tierras del prodigio, -un continente repleto de lo que buscáis con ahínco. Dadme algunas carabelas armadas, y os enviará torrentes de oro,- más que torrentes, un inmenso aluvión metálico!» y efectivamente, consiguió que fluyera de América hacia España "un mundo de oro" navegando sobre torrentes de sangre inocente. Mientras, los templos cristianos rebosaban oro al tiempo que la población civil de aquel país era diezmada víctimas las guerras imperialistas internas, del hambre y las epidemias.
Veamos algunas de las causas que motivaron a los cristianos portugueses y españoles, además de los de la mayoría de los países europeos a "evangelizar" los pueblos de África y Asia en particular y otros de América en general.
El oro americano:
Sabemos que desde 1503 hasta 1510 llegaron unos 5.000 kilos de oro a Sevilla y más de 9.000 entre 1511 y 1520, como cantidades legalmente transportadas según consta en los registros de la Casa de Contratación, conservados en el Archivo General de Indias. Si se añadiese el que llegó entre 1493 y 1502, y el que se trajo de contrabando, la cifra total desde 1493 hasta 1520 ascendería a unos 30.000 kilos.
Ubicación de las principales minas:
Los yacimientos de Nueva España, de Nueva Granada y de Perú proporcionaron cantidades cuyas cuantías nos son conocidas gracias a recientes investigaciones, como las de Te Paske.
Ya en el siglo XVIII, los yacimientos brasileños añadirán una importante corriente de oro del Nuevo al Viejo Mundo. Los yacimientos de plata se hallaron en Nueva España y se explotaron entre 1546 y 1556. Los más famosos son los de Zacatecas, Guanajuato, Pachuca, Real del Monte y Sombrerete. En algunos de ellos se alcanzará la máxima producción en el siglo XVIII. Las minas de Porco, lo mismo que otras que hallaron los castellanos en tierras de Perú, estaban abiertas, y a la vista las vetas de donde se sacaba el mineral. Las que se hallaron en el Cerro del Potosí fueron descubiertas en 1547. Comenzó la explotación, por su parte alta, en cinco vetas riquísimas. Fue tan grande su fama que "de todas partes comarcanas venían indios para sacar plata". El padre Acosta calculaba que en su tiempo se vendrían a sacar cada día "obra de treinta mil pesos". También se extraía plata "que no era marcada ni quintada", y que solía ser "toda la que andaba entre indios". Llega a la conclusión de que "el tercio de la riqueza del Potosí, si ya no era la mitad, no se manifestaba ni quintaba".
Cantidades llevadas a Europa:
Conocemos las cantidades de oro y plata llegadas a Sevilla desde 1503 hasta 1660 gracias a las investigaciones de Earl J. Hamilton. Llegaron, entre los años señalados, oro y plata por valor de unos 448 millones de pesos de 450 maravedíes. De esa cifra total, unos 330 millones correspondieron a particulares. El resto -117 millones, más de la cuarta parte-, a la Real Hacienda. Medida en peso, la cuantía de los metales preciosos que vinieron de América ascendió a unos 17 millones de kilos de plata y a 181.000 de oro (siempre entre 1503 y 1660).
[...] Según Braudel, el almacenamiento de oro en Europa en 1500 vendría a ser de unas 5.000 toneladas. El de plata, de 60.000. El metal precioso de procedencia americana habría añadido 18.000 toneladas de plata y 200 de oro, entre 1500 y 1650. El almacenamiento inicial se habría duplicado sólo a comienzos de del siglo XIX al alcanzar la cifra de 160.000 toneladas de equivalente en plata. Las cantidades de metales preciosos llegados a Europa procedentes de América se acrecientan durante el siglo XVIII: al de las Indias españolas se sumó el oro brasileño de Minas Gerais. Aumentaron también las cantidades de oro extraídas tanto en Nueva España como en Nueva Granada. El oro obtenido en las Indias pasó de un valor medio anual de unos seis millones de pesos de 272 maravedíes en el siglo XVII a 22.468.000 entre 1701 y 1810 (como media anual).(Gonzalo Anes)
Cortés roba el oro de Moctezuma:
Los españoles, mientras tanto, iban estudiando el terreno y pronto observaron que en una parte de los viejos muros de aquella estancia se veían huellas recientes de argamasa, y con la experiencia adquirida por muchos hallazgos sospecharon al punto que allí se ocultaba una puerta. Y aunque por el momento eran huéspedes del emperador, sin el menor escrúpulo de conciencia comenzaron a derribar el muro. Pronto descubrieron, en efecto, una puerta, que abrieron inmediatamente, y fueron en busca de Cortés. Cuando éste echó una mirada a la estancia recién abierta tuvo que cerrar los ojos. Se hallaba ante una sala llena de las más ricas telas, de joyas, de toda clase de enseres preciosos, y plata y oro, no solamente en objetos maravillosamente labrados, sino en lingotes. Bernal Díaz, el cronista, escribe: "Yo era muy joven y me parecía que todas las riquezas del mundo se hallaban en aquella estancia". Estaban ante el tesoro de Moctezuma; mejor dicho, el del padre de Moctezuma, aumentado por las adquisiciones del hijo. Cortés demostró gran inteligencia al ordenar que fuera tapada inmediatamente la puerta, pues él no se hacía ilusiones respecto a lo arriesgado de la situación.
[...] Cuando Cortés hubo hecho prisionero a Moctezuma, ya no vio motivo alguno que le impidiera tocar el tesoro. El infeliz emperador intentó conservar su dignidad manifestando que regalaba todo aquel tesoro al gran soberano de Cortés -a su Majestad hispana-, uniendo a ello el juramento de ser su fiel vasallo, cosa que no representaba gran mérito habida cuenta de su situación. Cortés mandó a trasladar el tesoro a una de las grandes salas, para valorarlo. Los españoles tuvieron que construir ellos mismos las balanzas y pesas, pues los aztecas, grandes matemáticos, no conocían los sistemas de peso ni el valor total. Y así hallaron que era de unos 162.000 pesos oro, suma que, según cálculo hecho el siglo pasado, equivalía a unos 6.300.000 dólares. En el siglo XVI era esto una cantidad tan fabulosa que podemos suponer con bastante fundamento que ningún soberano europeo tenía atesorada tal suma en aquella época. ¿Era extraño, pues, que los soldados se volvieran locos al calcular su participación proporcional?. Pero llegado este momento, Cortés se opuso a una participación igualitaria. ¿Era injusto? Por lo menos fue hábil. Desde luego, él había marchado a Ultramar por encargo de su Majestad el rey, que con razón tenía derecho a una participación; pero él, Cortés, había equipado los barcos con su dinero, contrayendo muchas deudas que un día tendría que pagar. Por eso, Cortés dispuso que una quinta parte del tesoro correspondería al rey de España, otra quinta parte a él; otra quinta parte la reservaba a Velázquez, como gobernador que era, y para aplacarlo, ya que no había obedecido sus órdenes, huyendo de su jurisdicción con todos los barcos; otra quinta parte, para los caballeros, artilleros, arcabuceros, ballesteros y la guarnición que había dejado en la costa de Veracruz. Quedaba, pues, una quinta parte para repartirla entre los soldados, a cada uno de los cuales tocaba 100 pesos oro. ¿Aquello era una miseria para lo que habían hecho, una limosna para quienes habían contemplado todo el tesoro! (C.W. Ceram. Dioses, tumbas y sabios)
La cuantiosa parte del tesoro que correspondió al rey de España en concepto de "quintos" cayó en manos del pirata francés Jean Fleury, castellanizado como Juan Florín. Dice el refrán que, "quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón". De la importancia del tesoro enviado por el genocida Cortés nos proporciona una semblanza el historiador Antonio Rumeu de Arma en los siguientes términos: [...] Desde las Islas Canarias, Jean Fleury viró con rumbo a las Azores, acompañado por la suerte, ya que fueron a caer en sus manos dos de los navíos que conducían el tesoro de Méjico. Venían en las carabelas al decir del cronista Herrera de Tordesillas, "Los quintos o derechos del Rey, y con muchas cosas de las más ricas, una esmeralda fina, cuadrada, del tamaño de la palma de la mano, que remataba en punta como pirámide; una vajilla de oro y plata en tazas, jarros y otras piezas labradas con aves, peces y diversos animales, algunas en figuras de frutas y flores; manillas, orejeras, bexotes, y diversidad de joyas de hombres y mujeres en gran número; ídolos, cerbatanas de plata y oro; máscaras, mosaicos de piedras finas, vestiduras sacerdotales, mitras, palios, frontales etc.,". Además conducían las naves el dinero que muchos conquistadores, entre ellos el mismo Cortés, enviaban a sus familiares." (Antonio Rumeu de Armas, Canarias y el Atlántico: Piratería y ataques Navales. 1991-T. I:73-77).
La tercera nave cayó también en manos de los franceses a la altura del cabo de San Vicente, perdiendo la vida en el combate el teniente de Hernán Cortés, Antonio Quiñones y quedando prisionero Alonso Dávila. La presa de los franceses quedó aumentada por el resto del tesoro de Méjico más otra nave que transportaba 62.000 ducados, 600 marcos de perlas y 2.000 arrobas de azúcar, estas últimas embarcadas en Canarias
La flota refugiada en Rande (1702):
[...] El 27 de septiembre de 1702, cinco días después de que fondeara en la Ría de Vigo la flota procedente de Nueva España, el Consejo de Indias expedía unas detalladas y precisas instrucciones sobre la forma en que se debería desembarcar la plata que en ella venía y las estrictas comprobaciones que deberían hacer el Príncipe de Barbanzón, el conde de Chateaurenaud y los Diputados del Comercio de Sevilla.
La cantidad de plata desembarcada antes del ataque enemigo fue:
3.650 cajones a 3.000 pesos de plata cada uno, arrojan una cifra de 10.950.000,-- pesos. Si la mayoría de esos cajones transportan 3.000 doblones de a ocho, equivalentes cada uno a algo más de cinco pesos de plata, la cifra total se puede elevar a una cantidad enormemente superior. Finalmente, el total de caudales transportados por la flota se estimó en 13.639.230,-- pesos de plata, de los cuales 6.994.293,- fueron directamente a las arcas reales, convirtiendo a Felipe V en el primer monarca español que recibió una suma tan elevada de América, aunque fuera perjudicando a los comerciantes sevillanos y gaditanos o a los que en su nombre realizaban en realidad los negocios. La cifra total estimada no aclara sino el destino de los caudales controlados por don Juan de Larrea y transportados desde Galicia, en sucesivas etapas, hasta el alcázar de Segovia, pero sin ninguna pista que indique el montante de lo capturado por el enemigo y lo que pudo hundirse en la Ría, sin olvidar lo que pudo escapar de Galicia y situarse a salvo del control del consejero de Indias, parte que no debe desdeñarse ya que existen pruebas de esta circulación fraudulenta. ( Manuel Touron Yebra)
La sangre de los nativos "oro rojo"
Los cristianos hacían uso de su particular evangelio con el propósito de someter a los indios al vasallaje español e imponerles una nueva religión. Además, haciendo uso del Requerimiento-instrumento legitimador de la conquista redactado por Palacios Rubio en el siglo XVI- el cual, entre otras cosas, aseguraba que si no se sujetaban al Rey español...certificacoos que con la ayuda de Dios yo entrare poderosamente contra vosotros y vos haré la guerra por todas las partes y maneras que yo pudiere, y vos sujetare al yugo y obediencia de la Iglesia y de Sus Altezas, y tomaré vuestras personas y de vuestras mujeres e hijos y los hare esclavos, y como tales los venderé y dispondré dellas como Su Alteza mandare, y vos tomaré vuestros bienes, y vos hare todos los daños que pudiere..." (Zavala, 1978:19).
Dicho Requerimiento justificaba la guerra en contra de los indios, si éstos no se sometían "pacíficamente". Así se expresa González Dávila con respecto a sus intenciones, pues pretendía:
"...pacificar a los caciques con que topase y hazellos vasallos de vuestra magestad por toda manera de bien, y a los que no quisieran hazerselo hazer por fuerza, como lo hize". (Fernández, 1976: 39).
El reparto de indios entre los españoles fue un factor desestructurador de las antiguas sociedades que poblaron América. Estos nativos fueron vistos por los españoles como renta u objetos de ganancia, pues con su trabajo se beneficiaría más de una generación de colonos europeos. Aunque en los autos de repartimiento de 1569 se dice que...
"...lo mismo es dar a uno quinientos pesos y myll de renta [...] a dárselos en yndios que lo renten por vía de encomienda..." (Fernández Guardia, 1976: 13-130).
Así, un observador tan meticuloso como el conquistador Fernández de Oviedo, cuestionó años más tarde al gobernador Pedrarias Dávila, sobre los efectos del Requerimiento. Este había ordenado a Oviedo que les llevase y leyera a los indios dicho scriptis. El cronista conocedor de las limitaciones que había en la comunicación oral entre indios y españoles, escribe:
"Señor, pareceme que estos indios no quieren escuchar la teología de este Requerimiento, ni vos tenéis quien se la dé a entender. Mande vuestra merced guardarle hasta que tengamos algunos de estos indios en la jaula para que despacio lo aprendan y el Señor obispo se lo dé a entender" (Zavala, 1978: 21-22).
A lo largo de su ruta, desde Punta Burica hasta el istmo de Rivas en Nicaragua, Gil González asegura haber bautizado -usando el Requerimiento- a un buen número de indios. En su discurso, todos ellos se tornaron "cristianos por su voluntad" (Fernández, 1976). Por ejemplo, el cacique Nicoya además de darles el equivalente en oro a 14.000 castellanos se convirtió -según los españoles- con cerca de 6.000 de sus súbitos. También en el acto le obsequiaron objetos de oro en señal de conversión (Fernández, 1976). Realmente, existen escasísimas referencias documentales sobre la posible aceptación del indio de una nueva religión.
Un efímero pero depredador ciclo esclavista afectó enormemente a los aborígenes en este período. Las primeras actividades del comercio de esclavos indígenas se llevaron a cabo en 1524 con la llegada de Hernández de Córdova y los posteriores gobernadores especialmente a Nicaragua, provincia a la cual Nicoya fue incorporada en 1527.
El Historiador Luis Fernando Sibaja se refiere a los tres mecanismos conocidos para obtener indios esclavos:
a. Por medio de la guerra, la que justificaba que cualquier indio rebelde a ser vasallo de la Corona sería convertido en esclavo (Zavala, 1978:19).[1]
b. Por la vía del rescate, los indios principales que habían aceptado el vasallaje se vieron obligados a proveer constantemente a los españoles de indios esclavos, hechos prisioneros en la lucha entre pueblos indígenas rivales, y
c. La obtención de los esclavos vía encomienda. Por ésta se denuncia que los encomenderos vendían a sus indios encomendados a los comerciantes esclavistas. Con cierta probabilidad este último mecanismo tuvo más importancia cuando los dos anteriores ya se habían agotado (Sibaja, 1982: 29).
Existen miles de motivos "evangelizadores" más para justificar por parte del imperialismo económico español y europeo la masacre infligida a decenas de pueblos y la destrucción decenas de culturas en nombre de un dios judeo-cristiano que según sus predicadores es supuestamente infinitamente sabio, justo y bondadoso, pero debido a lo limitado del espacio de este artículo lo desarrollaremos más ampliamente en otro lugar, no obstante, creemos que con lo hasta aquí expuesto, el lector podrá formarse una idea en torno a razones "evangélizadoras" que motivaron la invasión, esclavización y saqueo de América por parte de los españoles.
Ciudad colonial de Eguerew, octubre de 2005.
[1] . Nota del autor.
Este ardid ya había sido empleado en Canarias por el mercenario Alonso Fernández de Lugo, en la invasión de la isla de Benahurae (La Palma), y posteriormente con los bandos de paces en la Chinet (Tenerife) donde provocaba a los guanches al objetos de justificar el apresamiento y ulterior venta en los mercados de esclavos de España