Cenit del cemento en Canarias
Juan
Jesús Bermúdez
El desplome de la burbuja inmobiliaria se impone con
la contundencia de los acontecimientos históricos. Supone la constatación del
agotamiento definitivo de la capacidad de crecimiento del maremagnum
urbanizador, que algunos creyeron infinito. Nada de suaves y posibilistas
aterrizajes: los modelos explosivos y pantagruélicos, revientan. Se ha generado
la mayor transformación de la historia del territorio en el conjunto de España
y en Canarias, especialmente en la última década. El increíble despliegue de empresas
y creación de empleo –que llegó probablemente a su cenit en el primer trimestre
del año 2007, con más de 140.000 empleados directos en las islas–
no merece otro calificativo que el de revolución, la “revolución del
cemento”. En virtud de la misma se han alimentado expectativas de ganancia
insólitas, el consumo suntuario, y la conversión de un sector nada desdeñable
de la población en acaparador de beneficios rentistas, sueldazos de albañil sin
fines de semana libres, contratistas apañados con muchos billetes de 500,
avariciosos vendedores de parcelitas, conversos desde la maltratada
agricultura, y un largo etcétera.
Adláteres
a esta nueva pléyade de la particular fauna del crecimiento urbanístico tenemos
a la alta y baja cocina y el gusto por la exquisitez y la novedad permanente,
así como la recreación irrespetuosa de “lo tradicional”; también al imputado
concejal de turno, la descomunal aparición de miles de empresas de moda,
complementos y muebles de todo tipo de diseño; el spa
y el narcisista jacuzzi popularizados; y, sobre todo,
la televisión plana, el trasiego y atasco en un novísimo auto, y la genérica
ilusión colectiva de que esta fantasía –que tiene también a sus perdedores– podía perpetuarse. Pero igualmente la
multiplicación de la prostitución y las drogas de diseño, el placer de
endeudarse y jugar a invitar con lo que uno no tiene, la generalización de la
vanidad y el triunfo de la banalidad.
En el fondo, el desplome inmobiliario es el del
montaje ufano de un carrusel de hormigón armado, lleno de caricaturas de gente
solvente, nuevos ricos y otros no tan nuevos y ya multimillonarios, armados de
operaciones de financiación, pero de triste apariencia cuando carcajean a tumba
abierta con cada nueva novedad del mercado. No puede
generar pacífica felicidad tanta frenética construcción. Con todo, sin embargo,
el problema mayor del desplome de la construcción ya no será el abandono de
promociones, el creciente desempleo y la recesión económica, sino el
aturdimiento que ha causado en las conciencias, y el contagio de la teñida y
avariciosa pasión por la usura y el “todo vale”. Ese golpe mortal al espíritu
ha engendrado el talante caprichoso y ansioso de una permanente voluptuosidad,
propia de las ociosas e inútiles aristocracias: eso sí, sin dejar de padecer un
ritmo de trabajo y esclavitud al consumo, la deuda y el estrés, propio de
esquizofrénicos. Y así estamos.
Si en Canarias se construyeron 7.200 viviendas en el
año 1980, apenas dos décadas y media después, en el año 2006, se iniciaron casi
33.000, que cuentan con cerca de ocho mil inmobiliarias para transar sin tregua
con las deudas de la burbuja crediticia. Esta práctica quintuplicación de la
actividad en cinco lustros ha supuesto que las islas tengan hoy 130 viviendas
por kilómetro cuadrado, una por cada dos habitantes de las islas y, sobre todo,
ha generado y soportado el crecimiento económico insular. Evidentemente, no hay
falta de espacio para vivir, sino pública inmoralidad acaparadora de techos. Se
han construido “hogares” para ganar mucho, en poco tiempo, y así seguir construyendo
cada vez más. No estamos, pues, realmente frente a hogares, sino ante enormes
objetos de consumo y acaparación. Se han edificado
sitios vacíos de contenido, aun convertidos en templos de ofertas y tributos al
individualismo; comunidades que viven de reproducir más comunidades de consumo
cada vez mayores, y que emplean esfuerzos en convertir a las islas en el
patético sueño americano del continente africano, eso sí, exigiendo, con cada
subida de interés, una cuota cada vez mayor de sacrificio para abonar el
imposible mantenimiento de la procesión del desatino inmobiliario.
¿Cómo viviremos esta despedida de la marea del
cemento? Evitar asomarse al otro lado de la curva del declive económico forma
parte de nuestra posmoderna condición de “vivir el día a día”. Es sabido que
defenderse así del futuro no conlleva sino más frustración y arrastrar
penalidades mayores. Por eso es conveniente que hablemos claramente de este
fenómeno transitorio de la revolución del cemento que, de forma acelerada, ha
llegado y, también apresuradamente, ya se está despidiendo de nosotros.