El
conflicto entre ciencia y religión
Juan Jesús Ayala
No
solamente es la incertidumbre del problema inmigratorio lo que asume la
actualidad en esta tierra ya que por aquí también se producen acontecimientos de altura y, sobre todo, a nivel intelectual. Y
me refiero a que hace pocos días se ha celebrado en Santa Cruz de La Palma un Congreso Internacional bajo el
rotulo de "Ciencia y Religión,
desde Descartes a la Revolución francesa" y que ha sido convocado por la Fundación Canaria Orotava de Historia de la
Ciencia. Allí se dieron cita historiadores y filósofos entre los que se
destaca, Jurgen Renn,
Daniel Garber, John Heibron y José
Montesinos.
La ciencia ¿cuando nació? No hay
acuerdo entre los expertos aunque se sitúa la
fecha entre los años 1550 y 1650. Y antes a esa fecha los estudiosos
mantienen que lo que había era una alta concentración
institucionalizada del conocimiento y que estaba basada en la aportación aristotélica que ya dimensionó el cosmos con una visión más universal, más cosmogónica.
La naturaleza que tiene sus leyes
estaba ausente de ellas y en manos de la religión, hasta que la ciencia con el martillo del conocimiento fue capaz de romper moldes y de situar a la naturaleza en su justo sitio. Llegó el momento
en que la mano de Dios que estaba omnipresente en cualquier fenómeno natural inicia el repliegue y deja parte
de su campo de magnificencia al
conocimiento científico.
Los
comienzos de la ciencia, su avance ante el
imperativo de la religión tuvo sus
contrapuntos y cierto malestar que le fue harto difícil sobreponerse y sobrepasar
lo divino. La Iglesia intenta mantener el control de la sociedad y anatemiza y hace la
guerra a aquellos que
se alinean con la filosofía natural.
Aparece el índice de libros
prohibidos con el que la Iglesia secuestra
los libros científicos apareciendo
con toda virulencia los Tribunales
de la Inquisición que hacen la guerra a todo aquel que pone en solfa sus dogmas y proclamas.
La ciencia y la religión siempre
han chocado y siguen chocando y en la
actualidad hay determinadas
proposiciones, por ejemplo, la
utilidad de las células madres por la medicina, a las que la iglesia
se opone frontal-mente. El conflicto, pues
es permanente y hay cuestiones en que la ciencia no es determinante y
no da respuestas y ahí sí que la Iglesia funciona como punta de lanza escarbando en las conciencias
ensanchando su campo de acción. Ahí la religión sigue triunfante; en
cuestiones que continúan a oscuras donde el
conocimiento científico no llega y sigue dando palos de ciego. La ciencia, no
cabe duda, está en la disposición de desentrañar verdades que permanecen ocultas y que la religión ignora o eleva a lo alto desde la ignorancia. La
ciencia, se puede decir, se agranda
mientras que la religión ante ese
avance se minimiza. Sin embargo, si hay que decir que en épocas de
incertidumbre y cuando existen preguntas por responder el campo de la religión se expande.
Lo ideal, entretanto, sería una adecuación perfecta
entre ciencia y religión, respetándose mutuamente
y cada cual a lo suyo, sin ningún tipo de
interposiciones. La teología y la metafísica allá y la ciencia alejándose cada vez más de los dogmas de fe. Los paradigmas
científicos que han cambiado y que aparecen y se suceden entre sí llegan de pronto, de un
día para otro. Los seudoparadigmas
religiosos están enquistados en el tiempo, casi inamovibles y sus
avances se han desdibujado por ser martillo de herejes desde una posición a veces de fuerza y alejados totalmente
de la vertiente que asume el conocimiento
científico. Se cree en lo que hay
que creer porque sí, porque la
divinidad así lo exige; la ciencia no tiene nada que ver en ello y se le desmejora aun subidos a los libros del Pentateuco. De ahí el
conflicto, pero la realidad del momento
nos dice que en ese conflicto,
paradójicamente, que parecía que la ciencia
se las prometía muy felices está dejando escapar nuevas oportunidades
porque ante los interrogantes que circulan
y ante la infelicidad de otros, la
Iglesia, aunque Francisco Díaz de Velasco señale que está en retroceso
en los países desarrollados, no parece
sea así y aunque la ciencia tiene, como en el siglo XVII, la posibilidad de transformar el mundo y así lo hace en gran parte, hay un
resquicio grande y amplio donde se asienta con fuerza la religión.