Páginas 20 y 21

 

 

Yo nací español, como todos los vascos al sur de los Piri­neos. En el franquismo todo estaba concienzudamente orde­nado para que uno no tuviera duda alguna sobre su nación, pergeñada por el mismo Dios desde poco después del Dilu­vio Universal. Crecí español, sin duda, pero al ordenar mis recuerdos en este libro, me he dado cuenta de que empecé a dejar de serlo, lenta y quizás de forma inconsciente, en aque­llos verdes años. Al leer estas páginas muchos paisanos van a sentir lo mismo.

 

En los años cincuenta nos faltaba mucho para leer a Sabi­no Arana o a Campión. Algo más para la aparición fulgurosa de ETA y para liarnos en el fragor de la política vasca. Fue an­tes, en las conversaciones familiares, en la calle o en la escue­la, donde fuimos almacenando recuerdos y vivencias como piezas de un puzzle del que todavía no conocíamos el dibujo, pero que se anunciaba diferente al que veíamos. Aquellos pe­dazos sueltos no casaban en el diseño oficial de la España Una Grande y Libre, con su lengua, su religión, su iconografía, su historia... Nos decían una cosa y vivíamos otra. Éramos, co­mo diría Ulises Moulines, una etnia adormilada, atontada por el cloroformo de una larga dictadura, anterior incluso a la del Caudillo. Pero una etnia latente, en la sorda espera de un so­plo vivificador que le devolviera la conciencia en sí misma y la necesidad de buscar su propio puzzle.

 

Mientras tanto, las piezas seguían sin casar. El patriotis­mo español que insuflaban los libros escolares no ajustaba con aquellas historias de los abuelos y bisabuelos que se pa­saron la vida a contrapelo, escapando de las quintas y del Ejército español como de apestados. El amor a España no era mayor del que sentían por los países americanos a los que emigraron bajo el epígrafe de "vasco-navarros"; y el estraperlo había hecho de las mujeres de mi entorno unas ex­pertas en transgredir la ley y los controles de la Guardia Ci­vil. "Ea beharra obliga", decían, como para disculparse. ¿Y por qué nadie, ni siquiera los ex requetés vencedores, aplau­día el famoso Alzamiento?

 

España era una, decían, y nosotros creíamos que pertene­cíamos a ella, sin reparar en que estábamos sobre los rescol­dos de otros fuegos, de otra cultura. El romance castellano lo teníamos plagado de lexicografía extraña, que no venía en el Diccionario. Nos parecía que el padre hablaba mal, cuando tenías zimorra y te limpiaba las narices diciéndote lince! O cuando llamaba bitxarra al lirón, txirrintxa a la envidia o lantxurria al rocío. Éramos españoles pero nadie nos explicó en clase de Gramática por qué la gran mayoría de alumnos teníamos unos apellidos tan curiosos, que nada sig­nificaban en español -Arrazubi, Earrasoaña, Irañeta, Imirizaldu, Zuazu- y que tan difícil de pronunciar se les hacía a los sargentos chusqueros en la mili.