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Víctor Hugo

Dicen que los poetas están dotados de intuición. Víctor Hugo visitó el País Vasco en 1843 en compañía de su amante Juliette Drouet. El autor de Hernani dijo que en esta tierra, "se na­ce vasco, se habla vasco, se vive vasco y se muere vasco. La lengua vasca es una patria, casi digo una religión." Y conclu­ye: "Un vasco no es ni español ni francés: es vasco". El gigan­te de la literatura francesa no improvisó sus reflexiones; antes tuvo grandes maestros, padres del racionalismo europeo, que ya habían reparado en que los vascos, enraizados en la Natu­raleza y en las antiguas libertades, tenían ya adelantadas mu­chas de las premisas que proclamaba el Siglo de las Luces. Voltaire se fijó en "los pueblos que habitan o, mejor dicho, que brincan al pie de los Pirineos, a los cuales llaman vascos o vascones", y que son "infatigables, valientes y divertidos". Para Rousseau "el Árbol de Guernica es el más antiguo, el primero, el padre de los árboles de la Libertad".

 

¿Y cómo explicar que, unas décadas después, este pueblo libre, antiguo bastión de las libertades públicas representadas en sus Fueros, se echara al monte en el bando de los contrarios al liberalismo? Para Víctor Hugo estaba claro: "Parece que una nación así tenía que estar dispuesta a aceptar las noveda­des francesas. Error. Las viejas libertades temen a la libertad nueva. El pueblo vasco lo ha demostrado así... El país de los derechos, la nación de los fueros gritó: ¡Viva el Rey neto! La antigua libertad vasca hizo causa común con la antigua mo­narquía de España y de las Indias, contra el espíritu revolucio­nario. Debajo de esta contradicción aparente se encerraba una lógica profunda y un instinto certero. Las revoluciones -insistamos en este punto- arremeten contra las antiguas libertades con la misma violencia que contra los antiguos poderes.

 

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"El respeto al derecho ajeno es la paz"

benito juárez


Los Derechos torcidos

  en 1945 se aprobó la Carta Fundacional de las Naciones Unidas. Su artículo 1.2 proclama el principio de Autodeterminación de los Pueblos, a fin de "desarrollar entre las naciones relaciones amistosas fundadas en el respeto al principio de igualdad de derechos de los pueblos y de su derecho a disponer de sí mismos". Hasta el presente, han firmado este principio más de 190 es­tados. España y Francia todavía no se han enterado de que lo firmaron, pero en su descarga diremos que la mayoría de los países tampoco. Gran parte de los conflictos del mundo parten de su incumplimiento. Al menos, a los "trasnocha­dos" y "xenófobos nacionalistas" que lo demandamos nos cabe la satisfacción de sabernos amparados por el derecho internacional, que no porque se ignore deja de estar vigente.

Tres años más tarde, la Asamblea General de las Nacio­nes Unidas aprobaba la Declaración Universal de los Dere­chos Humanos. El Gobierno español, el de Franco entonces, tampoco se dio por enterado. Han pasado casi sesenta años y el Gobierno español sigue sin enterarse.

Nosotros conocemos los Derechos Humanos de oídas. Nunca se nos han aplicado. Ni qué decir de los Izquierdos Humanos, que reclama Eduardo Gaicano. No es que incum­plan o soslayen algunos de sus artículos: en nuestro país, prácticamente todos suenan a risa. La Declaración de la ONU parece una provocación desde los primeros "Considerandos" cuando dice que los derechos humanos deben ser protegidos “a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebe3lión contra la tiranía o la opresión”. ¿Recurso de la rebelión? ¿Cómo se pueden dar a los vascos semejantes ideas después de siglos de insurgencia? Por menos motivo, aquí hay condenas firmes por incitación a la violencia.