Cinismo atómico
Justo Fernández Rodríguez
Cincuenta y cinco mil personas se manifestaron en Hiroshima para recordar al mundo la masacre atómica organizada, decidida y ejecutada por el ejército de los EE.UU., siguiendo las órdenes de un grupo de personajes sin escrúpulos, refugiados en la Casa Blanca y el Pentágono, no menos culpables que los criminales de guerra juzgados en Nuremberg y Japón después de concluida la Segunda Guerra Mundial. Con sanguinaria frialdad, sobre un mapa, señalaron qué ciudades deberían ser los objetivos de la más destructiva arma inventada por el hombre. En EE.UU. la conmemoración ha pasado desapercibida. Se resisten a creer que el bombardeo fuera innecesario. Pretenden olvidarse de la innecesaria matanza de Hiroshima y Nagasaki.
Me importan poco las características del avión utilizado o las peripecias personales de sus tripulantes. Sólo eran militares que cumplían órdenes. Me interesan más las personas que decidieron construir y lanzar bombas atómicas sobre ciudades inermes, con el único objetivo de matar a decenas de miles de civiles y crear el terror entre millones de ciudadanos de otras grandes urbes que podrían ser elegidas como blancos, en otros bombardeos similares.
Los experimentos de la Alemania nazi sobre la construcción de una poderosa arma basada en la fusión del átomo, movieron a EE.UU., con alguna colaboración de Gran Bretaña y Canadá, a proyectar la construcción de armas atómicas. ’Proyecto Manhattan’ fue el nombre clave. Una gran cantidad de brillantes científicos de diversos países, antifascistas, pacifistas e izquierdistas, en su mayoría, se afanaron en conseguir la bomba atómica antes que los alemanes, lo que no era difícil porque, en junio de 1942, la falta de mineral de uranio y agua pesada relegaron las investigaciones a un segundo plano, antes de ser abandonado, a comienzos de 1944.
El 74% de los científicos que formaban parte del ’Proyecto Manhattan’ se opusieron a que la bomba se lanzara sobre una ciudad. La gran mayoría se mostraban partidarios de que se realizara una prueba en el Ártico o en alguna isla desierta, con observadores internacionales que pudieran informar al mundo de las terribles consecuencias que podía provocar la bomba atómica. La prueba tendría similares consecuencias militares y políticas y se evitaría la matanza de cientos de miles de personas inocentes.
Finalmente, en los primeros días de junio, en 1945, presionado por la Casa Blanca y el Pentágono, el Comité del ’Proyecto Manhattan’ recomendó a Harry S. Truman, presidente de los EE.UU., el lanzamiento de la bomba sobre un ’objetivo militar’, en territorio japonés.
Truman, en cuanto conoció la capacidad destructora y de las posibilidades logísticas para el lanzamiento de la bomba atómica, no tuvo el menor reparo de conciencia, desoyendo la recomendación del Comité, en elegir dos ciudades, Hiroshima y Nagasaki, condenando a una horrible muerte a más de 300.000 víctimas civiles. Las excusas utilizadas por Truman y sus adláteres para acallar las conciencias de los americanos y sus aliados eran falsas: acortar el final de la guerra y evitar la muerte de soldados americanos cuando ahora se sabe que Japón habia dado señales de su intencion de rendirse.
Como estaba previsto, en segundos, más de 70.000 personas, hombres, mujeres, ancianos y niños, fueron abrasados vivos por la primera bomba atómica, lanzada en la ciudad de Hiroshima. Tres días más tarde, Nagasaki sufrió las consecuencias de la segunda explosión atómica. Durante decenas de años, miles de japoneses, hasta trescientos mil, han ido incrementado el número de víctimas, como consecuencia de las secuelas. Hasta nueve tipos de cáncer han desarrollado los supervivientes, que tuvieron que evitar tener hijos, ante el riesgo de malformaciones físicas y psíquicas.
Muchos de los que participaron en el ’Proyecto Manhattan’ se convirtieron en motores de las movilizaciones contra las armas atómicas. No existía justificación para la masacre ordenada por Truman. Todos sabían que el poderío militar japonés estaba liquidado.
Muchos analistas e historiadores, de la más variada ideología, consideran que el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, fue el primer acto de la ’guerra fría’. Se trataba de mostrar la capacidad destructiva de EE.UU. ante el aliado circunstancial soviético, liderado por Stalin, otro personaje siniestro y con escasos escrúpulos, iniciándose la carrera armamentística y el equilibrio del terror, que ha durado 60 años.
El general McArthur, héroe del Pacífico, llegó a decir: "Es más importante impresionar a Rusia que acabar la guerra". Truman hico alarde de un mayor cinismo cuando en su comparecencia, para comunicar el final de la Segunda Guerra Mundial, dijo: "La victoria ha llegado con la ayuda de Dios" (?).
Hiroshima y Nagasaki, símbolos de la más sanguinaria barbarie humana, debieron marcar el fin de la utilización de la energía nuclear con fines militares y de dominio.
Pese a largos periodos de silencio, no ha desaparecido de la conciencia de millones de ciudadanos la crítica a una de las decisiones más controvertidas de la historia de la humanidad, preparando, activando y lanzando el arma más mortífera, jamas empleada, contra ciudades que, ni siquiera, disponían de una defensa antiaérea eficaz.
Es lógico el temor de que algún dictador, civil o militar, pueda tener acceso a las armas atómicas. Pero, hasta ahora, no han sido utilizadas por sanguinarios dictadores, fanáticos religiosos, sátrapas ambiciosos o militares lunáticos. Quien decidió, con premeditación, alevosía y frialdad, masacrar a más de trescientas mil personas, fue un Gobierno, elegido democráticamente, en un país que presume de ser un modelo de democracia, libertades y respeto a los derechos humanos para el resto del mundo.
Lógicamente, soy favorable a la no proliferación de armas nucleares. Pero, con igual firmeza, me pronuncio a favor del desmantelamiento de los arsenales nucleares de aquellos países que, con descarado cinismo, se oponen a cualquier intento de investigación atómica de países como Irán, Corea del Norte o China, considerados como pertenecientes al denominado ’eje del mal’, por Bush, mientras los países del ’club atómico’, formado por EE.UU., Rusia, China, Gran Bretaña, Francia, Israel, Paquistán y la India, mantienen sus arsenales de armas atómicas y continúan sus experimentos e investigaciones para perfeccionarlas.
No produce tranquilidad que personajes como Bush y Putin, con más de diez mil cabezas nucleares cada uno, veinte veces más potentes que las arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki, sean los guardianes de la paz y la seguridad en el mundo. Son ellos los que, según el alcalde de Hiroshima, "ponen en peligro la supervivencia de la raza humana". La política exterior de Bush ha sido calificada por Robert McNamara, ministro del Gobierno Kennedy, de "ilegal, inmoral, militarmente innecesaria y espantosamente peligrosa".