Clima y economía

Juan-Manuel García Ramos

Será la climatología capaz de arruinar nuestro sistema económico? Los meses fríos y ventosos de noviembre del 2004 hasta este marzo de 2005 nos obligan a especular con el futuro meteorológico de nuestro archipiélago. ¿Fuimos siempre tan primaverales como nos habíamos creído hasta aquí? ¿Qué será de una oferta turística basada en playa y sol con esta bajada de temperaturas y estas inclemencias del tiempo?

Al margen de estas dudas que nos asaltan, diversas comparecencias públicas de altos responsables del Gobierno de Canarias insisten en afirmar que el modelo económico basado fundamentalmente en el binomio turismo-construcción toca techo y hemos de buscar alternativas a esos sectores y subsectores productivos.

El mismo presidente del Ejecutivo canario ha planteado algunas ideas en torno a un futuro basado en una mayor conexión interinsular a través de nuevas infraestructuras portuarias y viarias y en la explotación de nuestra centralidad atlántica, en convertirnos en un nudo de comunicaciones intercontinental orientado a trasbordos de contenedores.

¿Podemos considerar estas propuestas como réplicas reales a nuestro actual modelo de generar riqueza?

A nuestro entender, esa fe en el transporte y en una Canarias abierta al almacenaje oceánico es apenas una pirueta productiva incapaz de sustituir las explotaciones turísticas y sus derivaciones del ciclo en el que nos encontramos desde los años setenta del siglo pasado.

Otra esperanza fue la Zona Especial Canaria. Algunos pensamos que industrias de microelectrónica orientales podrían elegir Canarias como plataforma para introducirse en Europa, pero las cosas -por lo menos hasta ahora- no han ido por ahí.

El viejo tejido industrial basado en la reparación de buques, en las conserveras de pescado y en las tabaqueras, ha caído de bruces ante otras competencias, en el primer caso, ante nuestro desalojo del banco canario-sahariano, en el segundo, y ante la absorción de Tabaquera de las empresas canarias del sector, en el último de los apartados.

De la agricultura es mejor no hablar. Las amenazas que se ciernen sobre el plátano, los tomates y las flores ornamentales están ahí, y nada seríamos, en al menos dos de esas tres modalidades de cultivos, sin las subvenciones y las protecciones de mercado europeas.

Cuando hablamos de verdaderas alternativas al citado binomio turismo-construcción, las ideas no son muchas. Ni siquiera el Gobierno canario, con las facilidades que tiene a su alcance para asesorarse con propiedad sobre el particular, exhibe demasiada originalidad. Nosotros diríamos que ninguna. Con más puertos y carreteras insulares y con una intensificación del tráfico de contenedores no vamos muy lejos.

Aunque alguna luz, sobre las tinieblas de nuestro vigente modelo económico, se enciende con una noticia de ACN de 5 de marzo actual que nos llena de una satisfacción tan sólo sea momentánea: "Silicon Valley se interesa por Canarias como destino tecnológico".

En realidad, se trata de unas gestiones del Instituto Tecnológico de Canarias para promover en nuestras islas una economía basada en el conocimiento, como ha aclarado el director de Investigación y Tecnología de ese Instituto, el ingeniero y doctor en Telecomunicaciones Juan Ruiz Alzola, quien ha afirmado que el archipiélago se adapta como un guante a una mano a la instauración en él de industrias de nuevas tecnologías por el alto nivel de formación en nuestra población y por los atractivos fiscales para los inversores de esas áreas industriales.

La reciente visita a Canarias de Dan Kikinis, miembro del consejo asesor de la empresa Silicom Ventures, ha confirmado que Canarias puede ofrecer a inversores internacionales, a inventores, tecnólogos y propietarios de patentes, un escenario propicio de negocios relacionados con todas esas actividades.

La idea no es nueva pese a que sea ahora cuando empieza a cobrar cuerpo entre los especialistas. La Zona Especial Canaria estaba llamada a dar entrada a este tipo de iniciativas. Siempre se pensó en convertirla en un espacio ventajoso para esta clase de operaciones, aunque hasta ahora su explotación en ese sentido no haya sido la deseada.

Como muy bien ha planteado Ruiz Alzola, las tecnologías de la información y de las comunicaciones se adaptan bien a realidades geográficas como Canarias porque los productos que genera esa economía del conocimiento son fácilmente trasladables: lo importante es el diseño intelectual de las invenciones, no la fabricación de esos hallazgos, que pueden ser construidos y montados en otros sitios.

Quería hablarles del clima adverso de este invierno y de lo pobres que me habían parecido los razonamientos del presidente del Gobierno de Canarias a la hora de aportarnos actuaciones conducentes a superar la atonía de un modelo económico algo exhausto, como el que nos sostiene en la actualidad, y he ido a parar a una enumeración algo pesimista de la salud de nuestros tradicionales sectores productivos y a unas noticias mucho más optimistas sobre nuestras posibilidades industriales de última generación.

No obstante, esas últimas noticias también nos remiten a algunas de nuestras mayores carencias: la inversión de Canarias en I+D, en investigación más desarrollo, está muy por debajo de la media nacional española, y para siquiera iniciar un proceso hacia esa economía del conocimiento, haría falta un esfuerzo añadido en esa línea de investigación científica y tecnológica.

Nuestras universidades tendrían que liderar ese paso hacia una economía insular diferente a la conocida hasta ahora. No sobra decir que esas universidades tendrían que contar con recursos no sólo provenientes de la tesorería pública, sino del sector privado, ya sea propio o externo. Sobre el particular se ha manifestado el catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de La Laguna, José Ángel Rodríguez Martín, y sobre sus argumentos volveremos en un próximo artículo.

Las dificultades están para hacernos pensar, y los primeros nubarrones -dicho sea en el doble sentido metafórico- del negocio turístico y las alarmas de una construcción que desborda la sostenibilidad económica, social y ecológica de un archipiélago de dimensiones reducidas, como el nuestro, nos deben abrir nuevas puertas para reinterpretar y reconducir el modelo económico de Canarias. Por haberlo sufrido en nuestras mismas carnes, ya todos sabemos que la geografía es la madre de la historia.

Cuando vivíamos de los monocultivos agrícolas tuvimos que ingeniárnoslas para salir de cada caída de mercado, ahora nos encontramos ante un reto parecido pero quizá no tan traumático. Tenemos más tiempo.

Se trata de pensar y de hacerlo de modo armónico con un mundo que progresa sin cesar en sus hábitos y en sus necesidades; unos hábitos y unas necesidades que esas tecnologías de la información y de la comunicación van cubriendo con su catálogo de innovaciones.

Quizá esa economía del conocimiento no sea la panacea, pero sí conecta con viejos propósitos expresados durante todo el debate del Régimen Económico y Fiscal de los años noventa. Desde luego, me parece un nuevo rumbo para nuestra economía mucho más sólido que todo lo que se ha dicho hasta ahora de nuevas infraestructuras portuarias y viarias y de la explotación de nuestra centralidad atlántica para convertirnos en un nudo de comunicaciones intercontinental orientado a trasbordos de contenedores.