Código ético o estético

Juan Manuel Betancor León

Hace unas semanas hemos descubierto que la clase política está preocupada por los casos de corrupción instalados en nuestra autonomía, casos que no sólo afectan a aquellos que decían defender los intereses de los ciudadanos sino también de los propios funcionarios, jueces y empresarios. El amiguismo, el negocio y el mirar para otro lado, siempre que nadie toque lo mío, nos ha llevado a una situación de la que todos sabíamos pero que nadie juzgaba en las urnas, ni siquiera en muchos medios de in-comunicación. Ante tal situación la respuesta ha sido la de siempre: "no debemos demonizar a los…".

Pero como todo tiene un límite, además se sacan de la chistera un código ético. Yo creía que ese código ya existía en una democracia, que los partidos eran valedores de aquellos a quienes nombraban o colocaban en sus listas electorales, que desde la Administración existían normas para que los ciudadanos confiasen en sus gobernantes. Pero la realidad es que "Reinos de taifas" o "República bananera" son términos que definen a unas administraciones inoperantes, por no decir otra cosa más fea.

Hablar de código ético pone de manifiesto el convencimiento de esta realidad y no de casos aislados. Partiendo, por tanto, de esta necesidad me permito como ciudadano, hacer algunas propuestas y abrir algunos interrogantes a tener en cuenta en torno a este código, que más bien deberían ser leyes, y que espero no se convierta en la payasada del pacto contra el transfuguismo.

Primero: ¿cuándo se revisará la ley para que las actas de concejales, parlamentarios… sean del partido y no de los individuos?

Segundo: ¿por qué los políticos se suben sus sueldos muy por encima de muchos convenios colectivos? ¿Es posible una ley que regule estas subidas de sueldo a costa del erario público?

Tercero: ¿se pondrán de acuerdo los partidos para, de una vez por todas, tener una Ley de Financiación de los partidos?

Cuarto: ¿por qué se saltan a la torera y no se actúa ante las resoluciones de la Audiencia de Cuentas acerca de los desmanes e injustificaciones del gasto público?

Quinto: ¿por qué no se prohíbe el blindaje de los cargos públicos?

Sexto: ¿por qué no hay una ley que obligue a que todos los partidos con representantes en las instituciones deben estar presentes en las mesas de contrataciones y en sus comisiones respectivas?

Séptimo: ¿por qué no deciden que para otorgar obras o concesiones de interés general, por más tiempo del electoral, éstas deben contar con el apoyo del 80% de los consejeros, concejales…? De esta manera nadie podrá tomar decisiones de ese tipo más allá del tiempo que esté gobernando, y si es tan necesaria, que se cuente con el resto de las fuerzas políticas y no al derecho de unos a endeudar su propio ayuntamiento.

Octavo: ¿por qué algunos se agarran tanto a su inmunidad que pasa el tiempo y no llegan a ser enjuiciados al prescribir el delito?

Noveno: ¿por qué no somos más transparentes con las partidas llamadas innominadas y que sólo sirven para enmascarar gastos superfluos?

Décimo: ¿por qué no imitamos al Congreso de los Diputados y publicamos los sueldos de sus señorías e incluso su patrimonio?

Y undécimo: ¿por qué no abrimos un período para recibir propuestas desde la ciudadanía y elaborar un verdadero código ético (sería mejor leyes)? No debe dar mucha confianza que quienes han mirado para otro lado o son parte del problema deban sentarse a regular sus propios códigos de conducta.

Que se lo pregunten al ex presidente de la Audiencia, que en una entrevista llegó a afirmar que no debería de habérsele investigado por ser un aforado o al concejal de Deportes del Ayuntamiento de Telde que, al negarse el juez a dejar salir a Toñi Torres para asistir a un pleno, dijo que se atentaba contra sus derechos. ¿No le había pedido el PP que dejase su acta de concejal? ¿Para qué quiere el apoyo de una imputada un partido que dice odiar y perseguir la corrupción?

En fin, podríamos seguir dando sugerencia y quizás usted tenga muchas más, pero al final, Canarias sigue siendo una tierra que todos decimos amar pero algunos sólo la desean para mamar, en el sentido cariñoso de la expresión.