¡Arde la colonia! Canarias se calcina
Ramón
Moreno
Absolutamente
consternado e indignado, y con la frustración de la impotencia por no haber
podido hacer nada, ante la enorme tragedia humana -aunque no hayan habido
víctimas mortales-, el desastre ecológico y la catástrofe medioambiental que
ha sufrido nuestro Archipiélago, con los devastadores y vorágines incendios
que han asolado Gran Canaria, Tenerife y en menor medida, La Gomera, mi isla;
escribo estas líneas, consciente de que la magnitud de los daños producidos
me pueden desbordar -por lo cual, omito las cifras-, pero con la solidaridad a
flor de piel, y con el sentimiento nacionalista de que algo mío (y de todos
los canarios) se ha quemado, irresponsablemente. Y no se trata ahora de hacer
leña del árbol "ardido" -nunca mejor dicho-; pero, ¿quiénes son los
culpables? Porque la canallesca, infame e insostenible situación de Canarias
es que, sigue abandonada a su suerte, en manos de Dios o Alá, ¡cualquiera sabe!
¡La
colonia ha ardido!; y, con ello, se han puesto de manifiesto las enormes
carencias del Archipiélago: efectivos aéreos con base permanente en las Islas; logística
insular, con profundo conocimiento del terreno; más dotaciones de bomberos;
personal especializado; y políticas de prevención de este tipo de siniestros. Aparte
del nulo mantenimiento de nuestros montes y medianías -convertidos en
basureros- repletos de hojarasca, pinocha, retama y otros materiales
combustibles, que han resultado ser auténticas bombas incendiarias, con la
ayuda de una mano criminal. ¿Puede ser tan perversa, la condición humana?
El
balance, aún provisional, no puede ser más dramático y desolador: miles de
hectáreas calcinadas, decenas de casas pasto de las llamas, terrenos de
cultivo arrasados, convertidos en eriales (lo que terminará de acabar con
nuestra agricultura, que es lo que interesa, para que sigamos siendo más dependientes
del exterior), y nuestras maravillosas vistas paisajísticas reducidas a
terrenos baldíos, sin vegetación, destruyendo el ecosistema de endemismos
animales y vegetales, que han sucumbido al fuego abrasador. ¡Un espectáculo
dantesco, imposible de olvidar, que no debiera volver a repetirse!
Es
cierto, por otra parte, que las condiciones meteorológicas (de las que se
tenían noticias, y no se extremaron las alarmas) de fuertes vientos y altas
temperaturas, unidas a la poca humedad del terreno, no fueron las más
propicias para combatir los incendios -lo que sirvió a las "autoridades,
para escudarse en las adversidades climáticas-. Pero es evidente, que hubo improvisación,
descoordinación, desorganización, y una clamorosa falta de medios. Además,
¿que esperan, que la climatología también se "europeice", y dejemos
de padecer los rigores del calor sahariano? ¡El tiempo no "entiende" de política!
Ya
sabemos de la atormentada orografía, con lugares de difícil acceso, de nuestro
territorio insular; por eso, es inconcebible que no se cuente todavía con un
Plan Integral de Catástrofes, y con todos los medios adecuados, para dar
respuesta inmediata y efectiva a episodios de esta naturaleza. ¿En qué ámbitos de
actuación se enmarca entonces la tan cacareada fragmentación y fragilidad de
Canarias? ¿Es solo válida para seguir como pedigüeños, recibiendo el caramelo
envenenado de los fondos europeos? ¿Qué pintan, pues, estos politicastros?
Estamos,
sin duda, ante una de las mayores tragedias que ha padecido Canarias en toda
su historia colonial; donde, la desgraciada desaparición de masa arbórea, influirá
negativamente en nuestra escasa pluviometría y, consecuentemente, en nuestro
nivel freático; acelerando nuestro irreversible proceso de desertización, a lo
que hay que añadir, las nefastas consecuencias del temido cambio climático. ¿Qué
se piensa hacer, a partir de ahora?
Nuestra
tierra, tan agradecida, que caen cuatro gotas y florece la vegetación por
doquier, ya fue, no hace mucho, azotada por la Naturaleza (recuérdese los
estragos producidos por la tormenta tropical "Delta", de triste
memoria). Y ahora, esa misma Naturaleza -tan generosa en toda nuestra geografía
insular- se alió con esos mal nacidos pirómanos, causando los efectos
devastadores que estamos viendo, con tanto estupor.
Ni
con todas las ayudas del mundo (prometidas por el presidente del Gobierno
español, en su fugaz visita a la colonia), se podrán restablecer el paisaje
calcinado (que a pesar de la necesaria y urgente reforestación, tardará años
en alcanzar su belleza y esplendor anteriores); ni la reposición del manto vegetal,
tan dañado. Ni por supuesto, restituir a nuestra pobre gente damnificada, su modesto
patrimonio -su casita, su terrenito, para los cultivos de autoabastecimiento,
sus "animalitos", sus frutales y cosechas, etcétera -¡conseguido con
enormes sacrificios y sufrimientos, durante años de duros e ímprobos trabajos y
abnegación. ¿Van las pírricas ayudas, a resarcirles de tantas pérdidas
irreparables?
De
todo este monumental desastre, cuyas secuelas, "efectos secundarios",
y "daños colaterales" están por ver, me han impresionado sobremanera,
las enormes llamaradas, y las fuerzas desatadas de "Vulcano" y
"Eolo" -en una malévola complicidad-, arrasando el pintoresco y
emblemático caserío de Masca, en Tenerife; todo un referente etnográfico y
arquitectónico de nuestro patrimonio cultural, difícil de restaurar.
Ahora
bien, lo que no puede tolerarse, bajo ningún concepto, es que el segundo
incendio de La Gomera, haya sido producido por una torre de alta tensión de la
mal llamada, Unelco. El antiguo buque insignia de la industria canaria, vilmente
vendido a Endesa por los traidores españolistas de turno, que tienen nombre y
apellidos. Total, a la vista de todo lo sucedido, del clientelismo político
-que coloca en puestos de responsabilidad, a verdaderos ineptos-, y la
incapacidad manifiesta e inoperancia de estos "dirigentes"; a
partir de ahora, sólo nos queda ¡encomendarnos a la Divina Providencia!