EL CENTINELA

 

LUIS SEPÚLVEDA: UN CONTADOR DE HISTORIAS *

 

Por José Almeida Afonso

 

Alonso Quesada, con su mirada de sueño de lino, fue testigo. Allí estaba, traído de la mano de su inmenso e insobornable amor a las palabras, el entrañable "contador de historias" Luis Sepúlveda. La tarde era casi perfecta: un sol desapercibido atravesaba un cielo de apagados colores.

 

Yo acababa de recibir desde Colonia (Alemania), vía La Aldea, una cinta que contenía una "fonocarta" (así llamaba Cortázar a las cartas habladas), que me enviaba el cronopio Ricardo Bada a insistente petición mía.

 

Por la cara A estaba grabada la "fonocarta" que Cortázar dirigía a su amigo Ricardo Bada, en la que en cierta forma acusaba al escritor Herman Hesse de ser uno de los mayores embaucadores de mucha juventud de todas las latitudes, pero concretamente de la juventud bonaerense, durante un determinado tiempo que no precisa.

 

Terminaba la cara A con una necrológica que había retransmitido Ricardo Bada por la emisora Deutsche Welle el mismo día de la muerte del autor de "Rayuela", "Salvo el Crepúsculo", "El examen" o "La vuelta al día en ochenta mundos", por nombrar sólo algunas de las tantas obras que escribió.

 

-1-

Mi emoción fue en aumento cuando empecé a escuchar la cara B en la que Julio Cortázar leía algunos relatos suyos inéditos para mí, con ese acento inconfundible, adorable, tan querible.

 

Cuando aparqué el coche -al lado  de la gasolinera que está al frente del Instituto Alonso Quesada, en Las Palmas de Gran Canaria- y ansioso abrí el paquete que contenía el encantador y etéreo tesoro, comprendí entonces que el momento era el más propicio para el encuentro fraternal, alegre, desenfadado, que no hace ninguna concesión a la mezquindad.

 

No me equivocaba. Nada más llegar al salón donde hablaba para un auditorio joven y numeroso descubrí que Luis Sepúlveda era heredero magistral de la estirpe mágica de las hadas de la realidad.

 

Así, convocado por ese espíritu -inquieto, anhelante, feliz-, transitó lo que para él eran aún inexplorados paisajes humanos, inquietantes territorios geográficos.

 

Luis Sepúlveda intuía que para ese viaje iniciático, todo lo más que necesitaba era mantener en guardia al corazón, en alerta todos los sentidos. Había dado el primer paso cuando, probablemente se dio cuenta que estaba aprendiendo a aplicar en su vida cotidiana, en sus acciones y reflexiones, en sus tareas comunitarias, aquello de "inventar pasiones nuevas o vivir las viejas con pareja intensidad".

 

-2-

Una máxima más ésta, sino fuera porque Cortázar la había practicado ya felizmente inspirado en su admirado José Lezama Lima. Todo esto no venía nada más que a confirmar la certera impresión que tuve a raíz del primer encuentro.

 

El amigo y compatriota Víctor Ramírez había quedado con Luis Sepúlveda "El Hermano" -(así se llamaban sin haberse visto nunca: tan sólo se habían leído, tan sólo se habían llamado por teléfono, tan sólo alguna carta de por medio.)- para después del "Tenampa" (nombre del programa que desde hacía algún tiempo realizábamos en "Radio Guiniguada" -emisora libre y comunitaria donde todavía se podía practicar ese derecho fundamental y tan poco respetado de la Libertad de Expresión) y el encuentro fue como el de dos viejos amigos que hace años que no se veían.

 

"El Hermano" Luis Sepúlveda fue tajante, sin titubeos: a lo largo del viaje había descubierto que no se trataba de comprometerse con tal o cual causa, por digna y justa que fuera ésta. No, no se trataba de adquirir un compromiso porque ya había quedado suficientemente demostrado que la mayoría de las veces éste quedaba agotado en una estéril, inútil, vana coherencia verbal.

 

Luis Sepúlveda lo había visto claro en la espesura de las contradicciones: se trataba de INVOLUCRARSE. Involucrarse sabiendo que "venimos de perder un montón de batallas y que vamos a seguir luchando aunque perdamos algunas más".

 

-3-

Como buen contador de historias había aprendido que las palabras también encadenan, esclavizan o no define con toda exactitud la posición vital que uno adopta ante la vida. También había aprendido a curarse de espanto decidiendo no comprometerse: para que no lo cogieran por la palabra: a él había que cogerlo por la acción en contiendas que había que librar para "evitar las servidumbres inútiles, las desgracias innecesarias, como Margaritte Yourcenar había escrito en su novela "Memorias de Adriano" (que leí en la traducción de Julio Cortázar).

 

"El Hermano" también comprendió que cuando esto se haga realidad, siempre tendremos para mantener tensas las virtudes heroicas del hombre la larga serie de males verdaderos: "la vejez, la muerte, el amor no correspondió, la amistad rechazada o vendida, una vida más opaca que nuestros ensueños."

 

Siguiéndole el rastro a este chileno revolucionario -como el inconmensurable Víctor Jara, la inefable Violeta Parra o el invencible Salvador Allende o el adorable Pablo Neruda- lo descubrimos luchando allí donde estuviera: Superviviente de dos guerrillas en la tan violentamente dulce Latinoamérica, preso en las oscuras cárceles del sanguinario Pinochet; contra los que emputecían la virginidad de la selva amazónica o embarcado con Greenpeace..

 

Y todo esto sin dejar de aprender el arte de contar historias: uno de los últimos refugios del "Mundo del fin del mundo" y "Un viejo que leía novelas de amor".

 

* Luis Sepúlveda es un reconocido escritor chileno amante de Canarias. En unos delicados momentos de su vida leyó la novela "Nos dejaron el muerto" de Víctor Ramírez y quedó ya para siempre embrujado con el genial arte de contar historias de nuestro compatriota. Entre las novelas más importantes de Luis Sepúlveda se cuentan "Mundo del fin del mundo" y "Un viejo que leía novelas de amor". Uno de sus últimos proyectos fue la realización de la película "Nowhere".

 

almeidaafonso@hotmail.com