¿Qué
debe hacer una revolución con la contrarrevolución?
Marcelo
Colussi *
I
Entre tantos elementos que están a la discusión,
igualmente importantes todos por cierto (la economía, una nueva cultura, la
integración latinoamericana), algo que reviste un valor estratégico es el
ámbito de las nuevas relaciones de poder. En otros términos: ¿cómo se va
edificando una nueva arquitectura social?, ¿cómo son las nuevas relaciones
entre las clases sociales?, ¿quién manda?
No es ninguna novedad que ante todo intento de cambio
social, siempre, en todo lugar y momento histórico, surgen fuerzan
conservadoras que lo adversan, que lo resisten y dan
una batalla a muerte para impedirlo. Podríamos decir que se repite ahí el
principio de la física conocido como ley de la acción y reacción, la tercera
ley de Newton: "a toda fuerza que actúa sobre un cuerpo (acción)
corresponde otra de similar intensidad y sentido contrario (reacción)".
Dicho de otra manera: nada se mueve, o en este caso, se transforma, sin esfuerzo,
sin tener que enfrentar resistencias. Siempre hay fuerzas conservadoras que
tienden a mantener el estado original (¿quién dijo, acaso, que cambiar las
cosas era fácil?)
La reacción, la contrarrevolución, la movilización de
las élites privilegiadas que manejan la sociedad, ante la posibilidad de perder
sus beneficios es siempre violenta. La lucha a muerte por mantener las
prerrogativas que una clase social detenta es furiosa. Sin dudas no podría ser
de otra manera: el que nació y creció convencido de ser "superior"
que otros, el que siempre ha vivido del trabajo de otros considerando esa
situación como natural, no va a ceder sus prebendas muy fácilmente. Dará una
batalla a muerte por mantener ese estado de cosas. Es por eso que la reacción
ante cualquier revolución nunca se hace esperar, y siempre, irremediablemente
siempre, es feroz, total, mortífera. Las contrarrevoluciones no negocian: se
hacen para aniquilar a quien osó destronar al privilegiado. No puede haber
procesos contrarrevolucionarios suaves; siempre son a todo o nada.
En Venezuela, con particularidades muy propias sin
dudas, se está produciendo una profunda revolución. Proceso que, contrariamente
a otros cambios socialistas que se dieron el pasado siglo, tiene
características sui generis: revolución que comenzó por la cúpula política con
la elección de un mandatario dentro de los cánones de la democracia
representativa burguesa y que luego fue tornándose socialista y asentándose en
un poder popular de la democracia de base, revolución pacífica (la "revolución
bonita"), que se ha venido imponiendo sin disparar un solo tiro hasta
ahora, revolución sin confiscaciones ni fusilamientos, con absoluta libertad de
expresión, sin presos políticos, con respecto irrestricto a todos los derechos
civiles, revolución en la que conviven los nuevos gérmenes de una economía post
capitalista (movimiento cooperativo, empresas de autogestión obrera) con el
gran capital, tanto nacional como extranjero. Revolución, en fin, que pone en
discusión el concepto mismo de revolución. Pero que, con un talante
antiimperialista y popular, ya fue suficiente para hacer que la derecha
reaccionara vehementemente al ver que, en perspectiva histórica, algo
importante se está construyendo.
La reacción de la derecha, como siempre sucede en estos
casos, fue monumental. Cuando se agudizan las tensiones sociales -que están
siempre, por supuesto, pero que se manifiestan con particular intensidad en
momentos especiales como este proceso que comenzó a vivir Venezuela hace unos
años, cuando se desafía el orden constituido, cuando se comienzan a tocar las
tradicionales relaciones de poder- se puede ver qué significa entonces la
reacción. ¿Por qué un empresario, un finquero, un banquero, o incluso toda una
clase media bien acomodada y que por décadas disfrutó directa o indirectamente
los beneficios de la renta petrolera, por qué no habrían de reaccionar
violentamente al ver que ahora los marginados de siempre, los habitantes de los
barrios excluidos, el pobrerío en su sentido más amplio comienza a participar
también en el reparto de la ganancia nacional? Ello significa que en algún
momento esos "eternos afortunados" podrán ver perder su situación de
privilegio. ¿Cómo no iban a reaccionar?
Pero de hecho ningún sector de los históricamente
beneficiados se ha empobrecido o ha perdido su situación de bonanza económica
con
En realidad, ese choque se viene dando continuamente.
Chocaron desde el momento en que el proceso que lidera Hugo Chávez comenzó a
dar señales de ponerse un poco más a la izquierda de lo que el sistema podría
permitir. Cuando se tocó el petróleo (la joya de la corona), ahí vino el primer
gran acto de la reacción: vino el golpe de Estado del 2002. Y la derecha
(nacional e internacional) siguió reaccionando. Vinieron todos los actos de
desestabilización que ya conocemos: paro patronal, sabotaje petrolero,
provocación continua desde los medios de comunicación. Toda vez que alguna
oportunidad lo permite, la reacción está lista para actuar: el objetivo final
es detener la revolución en marcha, y para ello todo puede justificarse. El
asesinato del conductor de este proceso, el presidente Chávez es, por tanto,
una posibilidad muy cierta. Una entre tantas de todas las opciones que maneja
la contrarrevolución: el desabastecimiento, la desinversión
por parte del capital nacional, el mercado negro, el continuo intento de
aumento de precios al consumidor final, el envenenamiento mediático
ininterrumpido, son algunas de las acciones que configuran el escenario actual,
combinadas con otras como la provocación militar fronteriza, el latente
secesionismo en el estado Zulia, y por supuesto la intervención militar directa
por parte del imperio, que nunca está descartada. La lista de posibilidades es
amplia y todas tienen un mismo objetivo: impedir el cambio social en marcha.
Lo cierto es que -la historia lo enseña de modo
patético a sangre y fuego- una vez producida la transformación en las
relaciones entre clases sociales, los afectados que ven perder sus privilegios
no descansan en su intento de recuperar su posición anterior. Cada intento de
cambio social que vemos en la historia nos lo recuerda. Ante esto los caminos
que pueden seguir los hechos son sólo dos: la contrarrevolución triunfa y
restaura el estado anterior, o es derrotada y la revolución se consolida. No
hay más opciones.
II
Todo esto no es simple discusión académica, heurística
vacía; tener claras las posibilidades en juego define el curso de los
acontecimientos, define el triunfo o la derrota del proyecto de transformación.
Por tanto la pregunta en cuestión: ¿qué debe hacer la revolución con la
contrarrevolución? tiene un valor estratégico vital. Responderla va más allá de
un pasatiempo intelectual: es trazar el camino para saber por dónde transitar.
¿Y qué se debe hacer con la contrarrevolución? Por
cierto, no hay manual que lo diga. Para ser modestos y realistas: se hará lo
que se pueda.
Si nos atenemos a los autores clásicos del socialismo,
nos encontramos formulaciones que hoy habría que repensar muy detenidamente:
"Toda estructura provisional del Estado, después de la revolución, exige
una dictadura, y una dictadura enérgica", escribía Marx
en 1848, época de la formulación del "Manifiesto Comunista". El
llamado es a no tener contemplaciones con la reacción. "Una revolución es,
indudablemente, la cosa más autoritaria que existe, es el acto mediante el cual
una parte de la sociedad impone su voluntad a la otra por medio de fusiles,
bayonetas y cañones, métodos autoritarios si los hay; y el partido victorioso,
si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por medio
del terror que sus armas inspiran a los reaccionarios", agregaba Engels en aquellos años, antes de verse materializada
alguna revolución socialista triunfante. "La dictadura del proletariado
implica una serie de restricciones impuestas a la libertad de los opresores, de
los explotadores, de los capitalistas. Debemos reprimirlos para liberar a la
humanidad de la esclavitud asalariada, hay que vencer con fuerza su
resistencia", dirá Lenin en "El Estado y la
revolución" en vísperas de la revolución bolchevique de 1917. Está claro,
al menos de modo teórico, que ante una revolución el enemigo de clase dará
lucha. Y como de lucha se trata, la opción es vencer o morir. Eso es lo que se
escribió al menos. Pero la realidad matiza (complica, contradice, cuestiona)
las fórmulas teóricas.
El estudio de cada experiencia de revolución
socialista en el pasado siglo nos muestra distintos tratamientos del tema de la
contrarrevolución. En todos los casos es la compleja realidad la que va dando
las respuestas: si en China fue posible "reeducar" al emperador Pu-Yi para transformarlo en
jardinero, en Nicaragua la única opción fue resistir como se pudiera una
contrarrevolución monumental liderada por
Que hay que ser drásticos con la contrarrevolución no
hay ninguna duda. Si no se lo es, la reacción termina triunfando. Pero ello
abre la interrogante de cómo, hasta dónde y de qué modo hay que ejercer esa
fuerza. ¿Se trata de una "dictadura del proletariado" enérgica que
pueda fusilar contrarrevolucionarios? Hoy día, después de ver la caída de buena
parte del campo socialista donde hubo más "dictadura" que "proletariado",
es imprescindible abrir una autocrítica. El socialismo del siglo XXI, si algo
busca justamente, es no repetir esos errores, ese espíritu dictatorial de una
"élite revolucionaria" que termina
repitiendo una sociedad de clases, de nuevas clases.
No queda ninguna duda que hay que enfrentar la
contrarrevolución. Eso está fuera de discusión, y enfrentarla militarmente si
fuera el caso, armando al pueblo incluso. La pregunta es cómo enfrentarla
políticamente en el día a día. La respuesta no depende tanto de cómo se quiere
hacer sino de qué se puede hacer. La realidad, siempre tozuda, obstinada, más
tenaz de lo que uno querría, está ahí, se impone.
En estos pocos años de Revolución Bolivariana, en un
sentido se ha hecho bastante con respecto a la contrarrevolución; pero poco si
se lo quiere ver desde otro punto de vista. Hay que entender el proceso que se
vive en la dinámica general de los últimos años del siglo XX. Caído el muro de
Berlín y las experiencias de socialismo soviético, el proceso abierto en
Venezuela, junto a la resistencia legendaria de Cuba, quedaron como
prácticamente las únicas opciones alternativas al capitalismo salvaje que
barrió el planeta. En un momento de triunfo omnipotente del neoliberalismo y de
unipolaridad insultante por parte del gobierno de Estados
Unidos, surge el proceso bolivariano con Hugo Chávez a la cabeza como un reto
casi quijotesco. Entendiéndolo en ese contexto, es increíble que esa
revolución, con debilidades estructurales enormes, asentada en una todavía
débil organización popular y en el petróleo como su principal y casi único
recurso, pueda haberse impuesto sobre la contrarrevolución y se haya
fortalecido. Hoy, a casi nueve años de su inicio, se muestra cada vez más
firme, más en condiciones de dar batalla y seguir avanzando en su profundización.
Pero la amenaza de la reacción crece igualmente.
En el momento del triunfo sobre el golpe de Estado,
retornado al poder el 13 de abril, el presidente Chávez, en vez de ejercer esa
"autoridad revolucionaria enérgica sustentada en los cañones" como
reclamaban los clásicos, fue contemporizador. ¿No quiso o no pudo ir más lejos?
En la ocasión ningún medio de comunicación golpista fue cerrado, como
perfectamente hubiera correspondido, incluso con un espíritu legalista y de
apego al orden constitucional. Más que cierre, la salida del aire de uno de
esos canales televisivo vino cinco años después, amparándose en un mecanismo
totalmente legal. ¿Es débil
El tiempo irá dando la respuesta. Pero sucede que, si
bien este proceso es un verdadero laboratorio, no se dispone de una eternidad
de tiempo para saberlo. Los actores que participan en todo esto no son cobayos
sino seres humanos de carne y hueso, y si bien estamos aprendiendo sobre la
marcha, la contrarrevolución también tiene planes para actuar, muchas veces más
osados que la revolución. Imponerse quiere decir evitar la posible carnicería
que sobrevendría de triunfar una contrarrevolución reaccionaria, con algún nuevo
Carmona que por allí debe estar agazapado y a la espera.
III
La pregunta sigue en pie entonces: ¿qué hacer con la
contrarrevolución?, ¿cómo manejarse? Si es cierto que de momento hay cierta
concertación con algunos sectores de capital nacional, ¿hasta dónde llega eso?
La hipótesis que "mejor tenerlos de amigos que de enemigos" es válida
relativamente. El capital busca hacer negocios, y punto. Si la coyuntura le
permite ir de la mano un cierto trecho con el bolivarianismo
haciendo sus negocios, irá; pero eso no es el fin perseguido por una revolución
socialista. ¿No se estará jugando con fuego entonces? ¿Puede centrarse todo el
proceso en la capacidad de maniobra de un líder de innegable talla gigantesca
como Chávez?
Se podría decir que hay debilidad en la perspectiva
política de esta revolución, pero quizá podemos pensar que, en todo caso, hay
una inteligente y pragmática forma de conducir el proceso. Hoy por hoy, en un
mundo donde todavía son rarezas el levantar voces disidentes contra el gran
capital empezando a salir de los peores años de planes neoliberales que todavía
inundan el globo, sin dudas Venezuela está dando un ejemplo. Ojalá sean cada
vez más los que sigan este ejemplo de dignidad, de soberanía; ojalá lo que aquí
está sucediendo sea una fuente de inspiración cada vez más rica para más
pueblos. Pero quizá el proceso bolivariano, este nuevo modelo que se está
intentando construir, no está aún en condiciones -¿no quiere o no puede?- de
confiscar empresas privadas o de fusilar algún Nicolás II. Es más: ¿sería útil,
dada la coyuntura internacional actual, fusilar a alguien? (en sentido
figurado, claro está). ¿Es posible repetir un barco cargado de "marielitos" el día de hoy?
Cuba tiene la contrarrevolución fuera de su
territorio, en Miami; Venezuela la tiene dentro, incluso ocupando muchos
resortes claves de poder, con capitales en la mano, con medios de información,
con intelectuales orgánicos influyendo en la cultura cotidiana. ¿Es mejor tener
la "gusanera" dentro o fuera del propio país? Fuera, al menos, está
más claro dónde está parado el enemigo; dentro se puede camuflar mejor. Y mucho
de eso es lo que sucede con
De momento "el látigo de la
contrarrevolución" más que quitar a Chávez de en medio o forzar a endulzar
la revolución, a tornarla más "suavecita y bien portada", más que eso
fue haciéndola radicalizar. Los momentos claves de la misma, cuando se avanzó
sobre el petróleo o cuando se tocó un medio de comunicación bastión e ícono de la derecha, la reacción fue enorme: golpe de
Estado en el 2002 y golpe de estado mediático internacional ahora, en el 2007,
con la finalización de la licencia de Radio Caracas Televisión.
No es descartable pensar que
el imperialismo, repitiendo lo que tantas veces ha hecho (recordemos, por dar
algún ejemplo, Noriega en Panamá, o Hussein en Irak)
está preparando las condiciones para una futura intervención militar: Chávez
está siendo colocado como el "autócrata despiadado que cierra canales de
televisión y coarta libertades civiles armándose de submarinos rusos", con
lo que se sientan las bases para una acción en nombre de la libertad y la
democracia (léase: ataque y recuperación de los pozos petroleros), tal como se
hizo en esos países arriba mencionados denigrando primeramente sus mandatarios
para abrir las puertas de la intervención directa. Sabiendo que ese escenario
es altamente probable, ¿qué conviene hacer?
Desde posiciones radicales todo el proceso bolivariano
puede verse como algo "débil", "lento", falto aún de la
profundidad que pedían los clásicos. ¿Pero estamos seguros que es lo más
conducente esa dictadura del proletariado que fusile contrarrevolucionarios? ¿No
hay ahí aún una revisión crítica pendiente?
La mejor defensa es un buen ataque, de esto no hay
dudas. Ahora bien: ¿contra quién avanzar? ¿Contra la aristocracia nacional,
contra la clase media desorientada y manipulada por la prensa sensacionalista
de derecha, contra el imperialismo rapaz? ¿O contra la misma contrarrevolución
enquistada en el proceso revolucionario, es decir: contra el burocratismo, la
corrupción y la ineficiencia que aún signan muy buena parte de lo que se está
haciendo? Son varios los frentes, y todos igualmente importantes.
Definitivamente, con mayor o menor éxito, en todos
ellos se está trabajando. Hoy día, como producto del aprendizaje y del
crecimiento de la revolución, vemos que algunos puntales básicos están siendo
bien implementados: la participación popular y el poder desde abajo crecen
-reservas militares incluidas-, y las fuerzas armadas mayoritariamente están
con el proceso -garantía que no tuvo, por ejemplo, Salvador Allende en Chile, y
por lo cual pudo ser removido con el cruento golpe de Estado del 11 de
septiembre de 1973-. Por otro lado, el fenomenal esfuerzo diplomático de Chávez
ha impedido que se aislara al país y se lo pudiera manipular ante la comunidad
internacional como hizo el imperio en su momento con Cuba. Vemos también que
ante cada golpe de la contrarrevolución surgen respuestas creativas,
inteligentes, que en todo caso sirven para ahondar el proceso. ¿Pero qué
pasaría si, por ejemplo, la reacción logra concretar el magnicidio? ¿Está ya
preparada
Sin dudas sería mucho más cómodo presentar un listado
de tareas por cumplir para saber de qué manera enfrentar la reacción, y asunto
arreglado. Pero las cosas son bastante más complejas. Nada hay escrito en
piedra al respecto; sólo es seguro que la reacción está presente, y conforme se
profundice la revolución se hará más patente, más cruel y sanguinaria. Quizá,
sólo como modesto aporte a la discusión, las preguntas arriba formuladas pueden
ser una referencia para tratar de precisar los pasos. Pero teniendo claro que
en estos casos, quizá como en todos, sólo echando a perder se aprende. El
riesgo es que lo que está en juego son proyectos sociales con vidas humanas.
Por eso es fundamental el principio de la autocrítica permanente, que quizá no
evite errores, pero que sí permitirá aprender de ellos.
* Marcelo
Colussi. Psicólogo, licenciado en filosofía. Nacido
en Argentina, viajó y vivió por varios países latinoamericanos. Es de los que
piensan que "el nacionalismo es la enfermedad infantil de la humanidad",
por eso intenta aportar a la causa de la justicia desde cualquier punto del
mundo por donde anda. Recientemente se instaló en Venezuela, convencido que
"el socialismo del siglo XXI" es el camino a seguir, no importa desde
qué país. Articulista, ensayista, escritor, colabora con varios medios
electrónicos. También ha incursionado en la literatura.