El corredor de la muerte
Dr. Francisco Rodríguez Pulido
E
l Atlántico, sin quererlo, se ha convertido en un corredor de la muerte. Sin previo juicio y con la presencia de los medios de comunicación, observamos cómo jóvenes y pobres africanos son ejecutados por el garrote vil del mar, por su simple deseo de mejorar sus vidas. Lejos están este mar de la mar del poeta y el agua de ser uno de los bienes más codiciados de este continente. El azar, nuevamente, se convierte en un juez inexorable para los vivos y los muertos.Los que vienen por mar, no de turistas, llegan en su mayoría de África. De esta África, geográficamente compartida, sobre la cual la vieja Europa, en su conferencia de Berlín (1883-1885) aplicó un tiralíneas y se repartió, hace mas de un siglo, formalmente entre sus naciones. De más de diez mil reinos se constituyeron cincuenta naciones. La vieja Venus tiene sus luces y sus sombras. En África, en profunda sombra, hizo su propia fortuna con la expoliación, al inventar esclavitud y los trabajos forzados, al seguir vendiendo sus armas para que los niños se maten entre sí, al inundarlos con el discurso de la bondad, al crear la psicología del racismo y del totalitarismo, e inyectó odio entre sus más de diez mil reinos, federaciones y comunidades tribales. A pesar de todo esto, la vieja Europa sigue hablando de la inseguridad de los otros. La de las víctimas, los sin papeles, que se nos presentan como peligrosos y culpables, negando que la falta de cultura y la pobreza son los cultivos de la marginación y olvidándonos de que nuestra tierra tiene uno de los más altos índices de delitos de sangre, o de que es una zona de ruta del dinero negro. La atribución de la inseguridad a la piel es parte de esa apoteosis ideológica mencionada.
Uno no puede dejar de preguntarse hasta dónde llega la memoria. Aquí, la frontera de la memoria también lo es de la historia. La historia llega mas allá de lo que se recuerda. Y los recuerdos han creado este presente. La vieja Venus no puede huir de su responsabilidad, ni nosotros dejar de exigírsela. Ni los canarios olvidarse de sí mismos. Una vieja Europa que, de forma poco estética y menos aún ética, sabe para sus adentros que necesita de estas personas para que muchas otras puedan mantener su estado de bienestar.
Lo más inverosímil es que la inmigración se nos presenta como un nuevo problema, cuando la Humanidad se ha ido configurando gracias a los movimientos poblacionales y a la mano de obra barata. Lo nuevo está en que en esta época, obviamente, somos más. No podría ser de otro modo. Es más, la historia evolutiva de la Humanidad no es sino la historia de las migraciones. La historia de la subsistencia convertida en el tiempo en la historia de la abundancia para unos pocos y del hambre para otros muchos. Por esto mismo, no hay alambrada ni sistema electrónico ultramoderno ni competencias administrativas suficientes que puedan parar el movimiento de los estómagos vacíos y cerebros llenos. Por muchos Planes Integrales sobre Inmigración, aunque tengan ficha financiera, que no es el caso de Canarias, serán insuficientes desde una visión histórica. Las acciones locales tienen poca incidencia en el marco internacional, y sólo son paliativas. Por eso, la prioridad es mejorar los sistemas de salvamento y de acogida. Y me pregunto: ¿por qué no ser un corredor para una nueva oportunidad?
Desde una perspectiva temporal, lo único útil y eficaz para aminorar o frenar este movimiento sería una nueva redistribución de la riqueza a nivel mundial, pero la desregulación y la competencia es hoy la norma dominante para el crecimiento de la economía mundial. El programa "Milenio" es una iniciativa insuficiente. La reforma de la ONU y su nueva agenda política puede ser una excelente oportunidad para la vieja Europa. Las naciones europeas deben hacer valer su presencia política en los organismos internacionales y la sociedad civil de cualquier lugar debería exigir a sus gobernantes medidas profundas y eficaces en la distribución de la riqueza mundial, y no dejarse contaminar con las cortinas de humo mediáticas e ideológicas.
En esta dirección tendría que trabajar el pueblo canario, promoviendo iniciativas en todos los ámbitos y niveles. Tenemos que salir de nuestras fronteras, y seguramente estaríamos en la antípodas de amurallar nuestras rocas de sombras humanas uniformadas. Serviría, además, para situar a todos los comerciantes actuales en su lugar, tanto a los que se ven como a los que no; tanto a los de aire como los del mar.