Corrupción en tsunami
Andrés González Deniz
El mendigo limosnero, avariento en su toxicómana pereza, solicita un óbolo tras otro con el brillo de la fruición destellándole en los ojos. Luego hace un aparte y abre la bolsa de plástico donde guarda las monedas para proceder al recuento. Utiliza como método la amedrantación. Se te echa encima y da a entender lo que les podría pasar a las ruedas de tu coche recién aparcado. El tendero truca la balanza para arañar unos céntimos en los gramos de los comestibles que pesa. El acaudalado burgués, dueño de unas empresas ruinosas y otras opíparas, crea una fundación supuestamente altruista para invertir en ella el dinero que nos roba a todos hurtándoselo a la Hacienda Pública. Su objetivo no es promover la bondad, sino evitarse pagar tributos. El inversor inmobiliario y el blanqueador de dinero negro contribuyen a la inflación de precios de la vivienda comprando pisos, que alquilan luego o dejan vacíos, con la perspectiva de que se incrementará su precio gracias al egoísmo de la codicia colectiva que se apresta a comprar también todo cuanto se construya.
El estudiante pide dinero todos los días a sus padres para comprar chucherías en el recreo, pero luego no está a la altura y recompensa con el rechazo al estudio y su conducta dispersiva los desvelos de sus progenitores. El profesor suele ser un individuo demediado, herido en su orgullo, que sufre el menosprecio de los alumnos, lo que le empuja a vivir cavilando qué hacer para escapar a su estado de indigencia en la valoración social, o al flagelamiento que su sistema nervioso padece a diario por la indisciplina en el aula. Esta situación a veces produce monstruos de crueldad cuando un maestro se aupa y arrellana sobre un cargo: parece que quisiera vengarse con resentimiento de todas las afrentas recibidas. Tiende a perpetuarse en el poder, tal como Paulino Rivero se eterniza de alcalde en El Sauzal, poniendo en práctica todas las triquiñuelas del hampa estudiantil, siendo la primera decir una cosa para aparentar que sabe mientras piensa en el fondo otra. De resto, sigue los impulsos naturales de no dar golpe, o bien intenta apropiarse de los recursos materiales que encuentra más a mano.
El conductor procura ir primero y por delante. Se salta un semáforo, apurando la luz naranja, o cambia de carril si ve en ello ventaja, aunque tenga que colarse entre una fila de vehículos que aguardan pacientes su turno en un atasco. Los hay que se acercan tras de ti sin guardar las debidas distancias, impulsándote a pisar el acelerador y arriesgándose a chocarte por detrás en caso de que frenes debido a un brusco imprevisto. Hay compañías embotelladoras que financian reportajes alabando las cualidades anticancerígenas del agua, la cerveza, el vino o los zumos, no por combatir el cáncer, sino por aumentar los beneficios en su cuenta de resultados. Un actor famoso al estilo de James Dean se presenta, como aquel lo hacía con Pier Angelí o Úrsula Andress, a la entrega de los Oscars acompañado de una rutilante modelo, no por amor ni fe en la pareja, sino para ocultar su orientación homosexual y así no disminuir la recaudación de la última película que protagoniza.
En unas oficinas se simulan robos para que desaparezcan documentos comprometedores que pondrían en un aprieto a todopoderosos capitostes demandados por malversación y estafa. Un alto edificio viola las leyes de la Física ardiendo desde las plantas superiores en línea recta y vertical hacia abajo, rigiéndose por unas fuerzas de atracción extrañas, las de la gravedad delictiva de los malhechores. Se descubre un butrón en los bajos y son filmados a medianoche dos individuos encendiendo y apagando luces en habitaciones cuyo calor debería haberlos convertido en chorizos a la parrilla, pero luego un informe de los bomberos dice que esas siluetas debían ser reflejos y por eso no ardieron como cerillas inflamables, porque los espectros son ignífugos por esencia, definición y carencia de sustancia.
La mayoría de la gente vive obsesionada en salir ganando con sus transacciones para poder sobrevivir, y son demasiados los que no tendrían escrúpulos morales en perjudicar a los demás de paso. Las campañas de mercadotecnia y la publicidad se basan en mentir como mínimo a fuerza de exageraciones: dicen ofrecerte un regalo acompañando a un producto, cuando en realidad ambos están incluidos en el precio que pagas. Los bancos implantaron una red de cajeros automáticos para reducir plantilla y no por mejorar la comodidad de los clientes. Agotada esa ventaja, pasaron a cobrar comisiones por usarlos. Supongo que los ingenuos se escandalizarían si supieran en qué se invierten grandes fortunas y por qué paraísos fiscales opacos circulan. Baste decir que el tráfico de armas y de drogas son dos de los mayores negocios del mundo. La cuestión es que si desde el más miserable marginado hasta el hombre más rico utilizan trampas para la subsistencia de tinglados turbios, así mismo el político cree legitimado sus procederes corruptos.
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Publicado en La Gaceta, 31-03-2005