Costes
ambientales y costes económicos
Wladimiro Rodríguez
Brito *
Recientemente
hemos celebrado el Día Mundial del Medio Ambiente y esto trae a colación que
cada día hablemos más de ecología, de desarrollo sostenible y de cambio
climático; sin embargo, cuando salimos de casa y miramos nuestro paisaje
agrario, vemos con tristeza el deterioro al que lo estamos sometiendo sin que
se arbitren las medidas correctoras para evitarlo.
Tierras cultivadas
hace cuatro o cinco años, ahora las vemos ocupadas por matorrales de zarzas,
helechos, tojos (espinos), magarzas, tabaibas y un largo etcétera de matojos y
plantas invasoras.
La superficie de
tierras de cultivo continúa en descenso, abandonándose viñedos, zonas de papas,
cereales y plataneras. Es prácticamente imposible localizar alguna iniciativa
encaminada a realizar una sorriba para ganar unos
metros de tierra de cultivo a algunos de nuestros eriales que se encuentran
diseminados por nuestro paisaje insular.
Todos hablamos de
desarrollo sostenible, pero nuestro comportamiento diario va en la dirección
contraria, es decir, hacia lo insostenible. Somos más pero producimos menos.
Queremos agricultura propia pero consumimos productos de importación. Residimos
en casas adosadas, nos construimos cuartos de aperos dentro del medio rural,
pero los instrumentos de labranza los tenemos colgados en las paredes de las
casas de comidas como elementos decorativos y de museo. Cuando vamos al campo
con nuestras familias a disfrutar de la naturaleza, comemos papas arrugadas de Israel
y Reino Unido, pollos de Brasil, vino y manzanas de Chile, etc. Sin embargo, no
pensamos en fomentar una cultura agraria que nos garantice un
autoabastecimiento, aunque solo sea por estrategia de supervivencia. Nuestros
agricultores malvenden su vino o sus papas o tienen dificultad para mantener la
granja.
También lamentamos
que los jóvenes abandonen el campo sin pensar las razones que los obligan a
ello. Hacemos bonitas declaraciones sobre la sostenibilidad y queremos
agricultores que trabajen la tierra a coste cero. Exigimos que nos cuiden el
paisaje, que limpien los montes y los barrancos, pero la sociedad urbana sigue
demandando productos de importación en nombre de la libre competencia y la
libre circulación de mercancías. Queremos agricultores y ganaderos manteniendo
una agricultura para alegrar la vista cuando vamos de paseo.
Aún hoy, en Canarias,
hemos tenido tiempo de proteger las tabaibas, los lagartos y las palomas Rabiche, pero no hemos sido capaces de elaborar una ley que
proteja el suelo rústico y la tierra agrícola para evitar que quede cubierta
por el cemento y el asfalto, ya que ser agricultor es una desgracia económica y
social.
Ha llegado el momento
de tomar decisiones para crear las condiciones favorables a las producciones
locales, como elementos de sostenibilidad que mantengan el paisaje, la cultura
y la calidad de vida de nuestros abnegados y queridos agricultores, lo cual
traería una mayor producción de nuestro campo y una menor dependencia
energética.
No es posible agua en
la higuera y sol en la era al mismo tiempo. Mantener la agricultura y el medio
ambiente significa comprometerse con costes económicos y ambientales que hemos
de pagar todos y todas.
Por todo ello,
tenemos que celebrar el Día Mundial del Medio Ambiente, pero sin rituales y con
un compromiso de vida con la naturaleza, con el trabajo, con la tierra, la
ecología y el medio ambiente. No pueden ser abstracciones intelectuales, un
nuevo santoral, una moda, es una manera de vivir con nuestro entorno, tanto en
el plano social como ambiental, en el que el valor del uso y el valor del
cambio han de estar más cerca. Los alimentos y la naturaleza no son solo
mercancías comprables y vendibles. Gran parte de lo que aún nos queda de
naturaleza y de agricultura no es un producto del mercado ¿Cuántas higueras y
almendros de la isla los plantaron campesinos que no probaron un solo fruto de
los mismos?
El cultivo y el
mantenimiento del campo nos hace más libres y menos
dependientes. La sostenibilidad no debe ser una palabra que se emplee como un
recurso dialéctico con declaraciones de intenciones y conferencias bien
elaboradas. Es y debe ser algo más que todo eso. Se tiene que basar en una
cultura, en un compromiso personal e institucional de medidas legislativas con
alternativas realistas al trabajador del campo que ponga freno a este cáncer
que lleva décadas deteriorando nuestro territorio. Hay que recordar que la
sostenibilidad se mide también en el caldero y en los surcos que abrimos en la
piel de estas islas. No hay derechos sin obligaciones. No hay campo sin
campesinos, ni hay medioambiente que no tenga alguna carga añadida.
* Consejero del Cabildo