Entre el coto y la industria

Juan-Manuel García Ramos

Alguien dijo, y con mucha razón, que la meta del arte no debería ser nunca la oscuridad, ni la abstracción por la abstracción.

El sábado pasado, en el periódico Abc, el reciente Académico de la Lengua, el poeta Francisco Brines, volvió a repetir, a quien quisiera oírlo, que no entendía la poética del silencio de algunos de sus colegas sino como la simple estampación de un libro en blanco.

Se estaba refiriendo, claro está, a todos los epígonos de Mallarmè que llegan a nuestros días empeñados en agramaticalizar la literatura, en encontrar el punto cero de la comunicación (no entiendo por qué, ya que se trata de buscar, no van directamente al punto G), o en aspirar al lenguaje cifrado del coto inviolable.

En la búsqueda ansiosa de esa misión privativa, los cruzados se agrupan en manada, casi siempre con un líder que los conduce y al que obedecen ciegamente. Estaría bueno. A ese jefe de filas se le sigue en sus lecturas, en sus devociones y en sus aborrecimientos, se le reverencia y hasta se le secunda aunque se precipite de pronto en el vacío. Es el amor ciego de donde ha huido la razón y el sentido de la independencia. Al margen de su subordinación viscosa al líder, todos ellos tienen algo sagrado en común: no hacer poemas sino con la poesía, jamás con la vida.

Siempre recuerdo con satisfacción aquel encuentro que tuvieron en Tenerife, en mayo de 1935, Domingo Pérez Minik y Eduardo Westerdahl con André Breton, en el que el santón del surrealismo conminó a nuestros paisanos y a algunos de sus compañeros a suscribir un contrato cerrado entre Gaceta de Arte y su credo estético surrealista para que esta publicación insular no se apartara ni por un momento del recetario de su escuela parisina. Sobre todo aplaudí el corte de mangas de Pérez Minik y de Westerdahl al capo francés que no quería más estética que la suya y de lo que de ella proviniese.

Los temperamentos más dóciles de otros miembros de la revista tinerfeña, Domingo López Torres, Agustín Espinosa y Pedro García Cabrera, estuvieron a punto de abdicar ante la propuesta interesada y excluyente de Breton.

Pero ni Pérez Minik ni Westerdahl accedieron a formar parte de la manada, pues sus simpatías por el surrealismo no les impidió nunca interesarse por igual por el racionalismo arquitectónico, por la abstracción lírica o geométrica, el expresionismo, como denuncia de una sociedad aniquilada por la angustia, o por las novelas de William Faulkner.

Algunas de esas escuelitas encerradas en sí mismas y satisfechas con la palidez facial de sus miembros siguen por ahí dictando doctrina y propiciando tiraditas cortas de sus cartas marcadas. Eso sí: cuidándose mucho de no ser contaminados de cualquier coqueteo con la realidad ni inquietados por aquellos que practican una escritura legible donde la vida, la muerte, el amor y el desamor, las simples rutinas de la existencia, sean tratados.

La literatura de nuestros días parece reducida a esas dos opciones: el coto vedado y la industria.

El ombligo satisfecho y la manufacturación de nuestras conciencias.

La segunda modalidad es la de fabricar best-sellers y metérselos a la gente en los bolsillos incluso en contra de sus voluntades. La publicidad maldita se encargará de la operación de acoso y derribo de la libertad de esos consumidores. Prensa, radio, televisión, internet, vallas publicitarias, por tierra, mar y aire, introducen el producto y despiertan el deseo por mucho que los individuos se resistan.

¿Quién de nosotros no está hoy tocado por el fenómeno sociológico del Código da Vinci?

¿Quién puede presumir de que no ha sido interrogado sobre su posible lectura o no se ha tropezado con ese Código en cualquier movimiento para conservar su supervivencia: llámese escaparate de librería tradicional, de grandes almacenes, de quiosco de acera, de gran mural, de cartelera cinematográfica, de recorte de periódico en el suelo cuando ha ido a hacer sus necesidades en el aseo de cualquier cafetería, en la conversación del fin de semana con los amigos, con los enemigos, en el vestidor de la planta de señoras o de caballeros, en las cajas de fósforos, en los recordatorios de las comuniones laicas, en los papeles de regalo de navidad obsequiados por sus superiores, en las revistas pornográficas y hasta en los devocionarios, marcando página?

Nunca supusimos los seres humanos que el avance de la industria llegaría hasta nuestras almas y que terminaríamos siendo una víctima más de ese proceso de la historia.

Pero esto es así. La gente lee lo que la industria editorial le manda. Y lo que le manda sólo por un tiempo, porque el secreto para mantener la clientela tonta es cambiarle el envoltorio al producto, no su contenido, que por lo general siempre está en la línea del mínimo esfuerzo y de la idiotez mental.

Es decir, la literatura se debate hoy, como el mueble, entre el objeto de diseño y el objeto industrial. Y más allá o más acá de uno y de otro queda muy poquito.

En la categoría de la literatura de diseño podrían entrar los descritos por Francisco Brines más arriba como poetas del silencio.

En la literatura industrial figurarían todas esas obras que nos encontramos en los grandes almacenes en anaqueles cuidadosamente decorados y con títulos que van desde no interesarnos nada a no interesarnos nada en absoluto.

Bazofia para meter en cintura a toda esa multitud que acude seducida por las campañas incesantes de supuestas rebajas y de días de oro y que igual esa tarde compran una biografía apócrifa de Alberto de Mónaco que una morcilla de Burgos, depende de cómo les dé por emplear las perras o por qué mostrador pasan antes.

Menos mal que todavía existen los Brines y compañía para ayudarnos a creer en algunas páginas escritas más allá del coto y de la industria.

Para ayudarnos a creer que esos dos desbordamientos de la sabiduría literaria no se han quedado con todo el mercado del arte, de las letras y de las ideas, y que todavía, al margen del kilómetro cero del onanismo poético y del libro reducido a producto de rápida consumición y desprecio, resiste una literatura con ganas de mirar a su alrededor y de comprometerse con lo que ve, que aún tiene fe en la palabra y en sus cometidos para ayudarnos a soñar y a desear una nueva ordenación del mundo y de los que habitan ese mundo.

Hoy, que ni la ciencia, ni la moral, ni la política, ni la filosofía, ni las religiones, consiguen darnos las claves del mundo que nos ha tocado en suerte, acaso sea la literatura, esa literatura que todavía confía en la palabra y en la gramática, y en la indagación ilimitada de la mente humana, la que no se refugia ni en la capilla de vicio solitario ni en el adocenamiento de las grandes superficies, acaso sea esa clase de escritura literaria la que pueda darnos algunas respuestas sobre lo que hemos venido a hacer a este planeta, respuestas que, en cualquier caso, en todos los casos, serán provisionales.

Tan provisionales como las relaciones que han mantenido, por los siglos de los siglos, las palabras con las cosas.