Crisis y debate

Juan Manuel García Ramos

Dice un agresivo empresario que las crisis son buenas para incitar a las personas al desafío y evitar que se duerman en los laureles. Las crisis pueden ser muy positivas para el funcionamiento de las empresas y de las sociedades en general, nos advierten de los anquilosamientos y nos animan a reencauzar las cosas.

Comparo estas afirmaciones con las conductas estomacales de mis dos perras, Lula y Lola, cuando se atragantan del césped de mi pequeño jardín para provocarse a sí mismas los vómitos necesarios y limpiar así sus tripas, lo que les permitirá seguir engullendo con mayor libertad lo que caiga en adelante.

Leo con atención que el Colegio Oficial de Arquitectos de Canarias, en su sede de Las Palmas de Gran Canaria, convoca a artistas, intelectuales y arquitectos a reflexionar sobre el estado de la cultura contemporánea en las Islas. Nada que objetar al respecto; será conveniente conocer las respuestas a preguntas como si la cultura canaria depende hoy día demasiado de lo institucional y si esta posible dependencia ha mediatizado la creatividad de nuestros artistas, de nuestros escritores y de nuestros pensadores.

Lo que sorprende un poco más es que algunos de los responsables y algunos de los participantes de esta convocatoria hayan dado muy pocos pasos en el mundo cultural sin el apoyo de esas instituciones que ahora se ponen en cuestión, cosa muy natural, por otra parte, pues en esta parroquia nuestra no hay más cera que la que arde.

"Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie", le dice Tancredo Falcone con un cinismo indisimulado a su tío el príncipe de Salina en El Gatopardo. En este caso también las crisis eran movimientos calculados para controlar las situaciones y beneficiarse de ellas. Siempre para beneficiarse de ellas y aspirar a mejores condiciones de trato.

La cultura canaria vuelve a necesitar de un debate abierto y valiente donde nos replanteemos con sinceridad el papel de las instituciones en la proyección de nuestros productos culturales, en favorecer un diálogo con otras culturas sin complejos hispanocentristas, sin considerar a nuestra literatura o a nuestro arte como una franquicia del canon español, con sacerdotes y obispos vigilando que no nos echemos fuera de la sagrada liturgia centralista.

En la Universidad de La Laguna se celebra también por estas fechas el Congreso Surrealismo Siglo XXI, ó 21, donde, de nuevo, se vuelve sobre la aventura intelectual y artística de Gaceta de Arte y sobre sus protagonistas más destacados, todo ello con motivo del centenario del nacimiento de Óscar Domínguez en la ciudad de La Laguna.

¿Un debate necesario?

¿No estamos rentabilizando en exceso ese fenómeno cultural isleño?

A los ciclos dedicados en estos últimos años a Gaceta de Arte, a Domingo Pérez Minik, a Pedro García Cabrera, se suma ahora este Congreso.

¿No será demasiado surrealismo? Salvando el esfuerzo organizador y unas pocas presencias testimoniales, casi los invitados de costumbre con las mismas conferencias cambiadas de título. Es imposible decir más sobre lo que hay. Experimentamos, al menos en Tenerife, un superávit de surrealismo y un déficit de realismo. Aunque, si lo miramos bien, estas islas son más surrealistas que nada. Incluso cuando se trata de abusar de ese concepto y de destriparlo hasta sus últimas consecuencias.

Quizá nos toque a nosotros, a los de dentro, y con toda nuestra franqueza, revisar algunos comportamientos de los viejos amigos surrealistas, o tratados como surrealistas a pesar de que ese movimiento artístico fue para algunos de ellos un simple episodio de sus biografías.

Comportamientos como los observados por los miembros de Gaceta de Arte en el tercer manifiesto de esa publicación, donde sus editorialistas muestran su rechazo de todo lo próximo y plantean a sus lectores que "La cultura de las islas no puede estar en sus profundidades históricas, ni en los subterráneos de manifestaciones primitivas. Mucho menos en Viera y en la aureola de universalidad [sic] y relativa fragancia de su época".

Manifiesto sobre el que han llamado la atención tanto Fernando Castro Borrego como Nilo Palenzuela Borges para advertirnos de que no debió agradar nada a algunos miembros de Gaceta de Arte, en especial a Eduardo Westerdahl, el que Óscar Domínguez pintara en 1935 su Cueva de guanches, lo que venía a contradecir en toda su regla la doctrina del órgano de expresión de ese movimiento de vanguardia en Tenerife.

Un disparate más de esos años locos cuyo eco nos llegó nítido a algunos que vinimos después y tuvimos la suerte de compartir tribunas, mesas y copas con Domingo Pérez Minik, con Eduardo Westerdahl o Pedro García Cabrera, para conocer de primera mano las versiones de todo lo que ellos habían vivido, sentido y discutido en la etapa más brillante de sus respectivas trayectorias.

También en esos encuentros generacionales provocábamos crisis y enfrentamientos fecundos, donde todo lo poníamos en cuestión en noches frenéticas y todo renacía a la mañana siguiente, porque más que surrealistas dogmáticos o seguidores ciegos de cualquier estética, estos hombres eran unos tipos divertidos y liberados, con el tiempo, de toda tara pandillera.

La generosidad de cada uno de ellos quedó demostrada en el trato con las generaciones que los sucedieron. Puedo dar fe personal de esas conductas desprendidas y de esas actitudes conciliantes y enriquecedoras.

Decía Domingo Pérez Minik, en el prólogo al catálogo de la II Exposición Surrealista en Tenerife, en 1981, que la libertad, ese principio de la convivencia humana, la hacemos andando. La libertad hay que experimentarla cada minuto, cada hora, cada día, para saber que existe, porque si no es así se vuelve una entelequia.

Y yo veo en esas recomendaciones la verdadera herencia que nos legaron tanto Domingo Pérez Minik como Eduardo Westerdahl y Pedro García Cabrera, pues fue con estos tres con los que mantuvimos mayor relación.

Una lección de libertad. De libertad de pensamiento y de libertad creadora. Además del humor del que se hacían acompañar siempre, a veces en momentos que no eran los más propicios para ese estado de ánimo.

Estoy seguro de que, echando mano de ese humor, tanto Domingo como Eduardo se hubieran reído de los abusos que hemos cometido con la historia de sus intervenciones culturales.

Alguien tendrá que pensar de ahora en adelante, cuando las instancias oficiales o paraoficiales se decidan a celebrar algo, que la cultura tinerfeña -también la canaria- del siglo XX no empezó ni termino con Gaceta de Arte ni con el surrealismo de aquellos años. La mirada al pasado inmediato no puede ser tan insistente ni tan exclusiva porque se torna sospechosa y, sobre todo, solemnemente aburrida. El mito puede volverse en contra de todos nosotros.

Tendremos que promover una nueva crisis en el seno de nuestra cultura para evitar que los mismos vuelvan sobre lo mismo.