Cuando ya no importan los derechos humanos

Eloy Cuadra Pedrini

…y los canarios y los españoles respirarán tranquilos en sus fortalezas…

Cuando el portavoz del Ejecutivo canario afirma que su Gobierno espera que los 372 irregulares del buque "Marine-I" no sean desembarcados en las Islas, pues este hecho sentaría un peligroso precedente; cuando el Gobierno español, en una vergonzosa interpretación de las leyes del mar, rechaza un barco lleno de gente desesperada, esperando que lo reciba uno de los países más pobres y desesperados del mundo; cuando todo se lleva con extrema reserva, cuando nada parece saberse, cuando las grandes asociaciones callan, cuando pasa una semana y esos tristes "apestados" continúan hacinados en un cascarón oxidado en mitad del mar sin más derechos que un bocadillo, un poco de leche y unas botellas de agua; cuando todo eso sucede ahí al lado y aquí nuestras vidas siguen sin el más mínimo incomodo interior… es que ha llegado la hora de afirmar sin reservas que esta civilización, la nuestra, está tocada de muerte.

Las leyes del mar son antiguas, pensadas y firmadas en unos tiempos en los que Occidente aún no sabía ni le afectaba lo que pudiera pasarle al otro, al negro, al árabe, al asiático, a todos los pobres del otro lado del mundo. Eran leyes que primaban lo humano, la vida, la salvaguarda de las personas por encima de cualquier interés abstracto, económico o material; eran y son -todavía están vigentes- leyes que no contemplan, por muchas vueltas que se les quiera dar, que casi 400 seres humanos viajando desde países lejanos en condiciones deplorables permanezcan tantos días amontonados en un barco chatarra sin poder ser atendidos como se merecen. ¿Han probado alguna vez a ponerse en lugar del otro? ¿Se han parado a pensar cómo han de sentirse esas personas, no ya sólo física sino anímicamente, al comprobar que nadie en el mundo los quiere?

Es curioso, hace cinco o seis años se dio un caso parecido en Australia: un barco cargado con cientos de afganos fue detenido cerca de las costas australianas y allí permanecieron varias semanas, hambrientos, cansados y enfermos, ante el estupor de medio mundo y la negativa de Australia de recibirlos. Entonces me dije "¡qué horror!", y sólo me consoló pensar que nosotros no éramos como los australianos. "Aquí no pasará eso, los españoles no somos así", me decía para mis adentros. Cuán equivocado estaba. Desgraciadamente, hemos entrado ya en la fase en la que todo esto, como las muertes en los cayucos, los "guantánamos" canarios, el hambre en el mundo, las orquestadas guerras que salpican el planeta o el cambio climático son daños irremediables que hemos de asumir por la pervivencia de nuestro lujoso bienestar.

Recuerdo que aplaudí el osado gesto de nuestro presidente Zapatero, cuando hace unos años, en un desfile militar, no quiso levantarse de su asiento ante el paso de la bandera americana. Hoy, sin embargo, es muy probable que fuera yo el que no se levantara si nuestro presidente o nuestra bandera desfilaran frente a mí, pues poco, muy poco nos diferenciamos ya los españoles de los americanos. Puede sonar duro pero es así: soy incapaz de identificarme con un pueblo que se inmuniza ante el dolor ajeno, y mucho menos reconocer como digno a un Gobierno que negocia, que menudea, que soborna a golpe de dinero a gobiernos de países necesitados, forzándolos, comprándolos para que reciban a unas personas que no podrán atender. Da igual la suerte que corran luego, ya sean tratados como esclavos o mueran en el desierto, la crisis habrá pasado y nadie se acordará de ellos tras unos días; se habrá dado ejemplo de contundencia a las mafias, y los canarios y los españoles respirarán tranquilos en sus fortalezas. Y así aguantaremos hasta que venga el siguiente, pero, ¿qué pasará cuando ya no nos quede dinero para comprarlos o cuando las vallas no puedan hacerse ya más altas y sigan viniendo, y sigan viniendo?

Eloy Cuadra Pedrini