Cuarenta años después

 

Juan Manuel García Ramos

 

Mañana [26-03-07]se presenta en Cartagena de Indias, en el marco del IV Congreso Internacional de la Lengua Española que se celebrará en esa evocadora ciudad colombiana hasta el día veinte y nueve de este mes de marzo, una edición conmemorativa de Cien años de soledad revisada por el autor, con una tirada inicial de quinientos mil ejemplares.


Cuarenta años después, los Buendía se colocarán de nuevo ante el pelotón de fusilamiento de la atención internacional para alegar ante sus lectores la razón de ser de su siglo de soledad. ¿Quién puede poner en duda la existencia sobre la tierra de esos seres de la imaginación de García Márquez?


Un hombre es su vigilia y es su noche. Sus laboriosas jornadas y sus sueños y sus insomnios. Pero es también sus lecturas y las proyecciones que en ellas alienta. La literatura nos permite una relación distinta con las palabras de lo cotidiano.


En esa literatura habitan seres extraños. Don Quijote, Madame Bovary, las criaturas galdosianas, Ralkolnikov, el héroe de Dostoievski, el arrepentimiento de Macbeth, la ambición de Rastignac, el personaje de Balzac, el Joseph K. de los delirios narrativos de Franz Kafka, el Pascual Duarte de Cela o el emperador Adriano de Marguerite Yourcenar.


Todos pueden ser prolongaciones de nuestra vida a poco que nos acerquemos a ellos desde la lectura devota y nos dejemos llevar. Un arcón de máscaras a nuestra disposición.


A ese gran imaginario, se incorporaron hace cuarenta años los Buendía. Venían de un lugar situado entre la antigua ciudad de Ríohacha y la sierra impenetrable para fundar su aldea feliz de Macondo junto a un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. Un portal de Belén particular donde nacen, crecen, aman y pelean las generaciones para desaparecer de la tierra para siempre.


Una historia simple que de tan simple e inocente ha llegado a convertirse en clásica e indiscutible para la literatura universal.


Si uno se pone a pensar en cuál ha sido la contribución de los personajes de Cien años de soledad a las tipologías literarias ya conocidas antes de la publicación de esa novela, puede tardar en toparse con una respuesta convincente. Más que conductas personales e intransferibles, hechas y derechas, lo que García Márquez consigue es crear una atmósfera donde nos es difícil -y sumamente agradable- distinguir la veracidad de la magia, la realidad del deseo, el pecado del premio, la guerra de la paz. Ocurren muchas cosas en Macondo, pero sus habitantes de ilusión parecen estar más allá de los acontecimientos. Vuelven de la muerte y ascienden a los cielos, se tornan invisibles, las guerras son de broma y las excentricidades y las pasiones los transforman en animales de un zoológico encantado.


Cuando la literatura en los años sesenta se encontraba encerrada con el solo juguete del experimentalismo, llega el comandante Gabriel García Márquez y manda a parar la confusión. El comandante se transforma en la bella y delicada Scharasad, la hija del visir, que narra al misógino monarca de Sasán las historias fabulosas de Las mil y una noches.


La sencillez de Cien años de soledad es la de la sabiduría natural. Todos los materiales del mundo de nuestros días, amor, celos, incestos, guerras, huelgas, justicia, religiones, ideologías, están contenidos en las páginas de la novela de García Márquez, y sus personajes juegan con ellos como el viejo coronel Aureliano Buendía se entretiene convirtiendo las monedas de oro en pescaditos y los pescaditos en monedas de oro en un círculo vicioso exasperante. En su intimidad de curtido estratega desmovilizado, se ha convencido de que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.


En las postrimerías de su vasta existencia y ya enloquecido, también José Arcadio Buendía, el fundador de Macondo, se conformaba con el sueño de los cuartos infinitos. Le gustaba irse de cuarto en cuarto, como en una galería de espejos sucesivos.


Quizá sea ésa una de las más bellas maneras de definir la literatura. Decía el narrador argentino y gran amigo de Borges, Adolfo Bioy Casares, que se atrevía a dar el consejo de escribir porque era agregar un cuarto a la casa de la vida. Está la vida y está pensar sobre la vida, que es otra manera de recorrerla intensamente.

Los mundos soñados nos alivian de las incomprensiones de la realidad. José Arcadio Buendía sueña con estancias encadenadas, se solaza en trasladarse de un lugar a otro con su imaginación y de recorrer el camino inverso hasta reencontrar la realidad. Cuando muere definitivamente -aunque nadie parece morir para siempre en esta fábula-, una llovizna de minúsculas flores amarillas cae durante toda la noche sobre su pueblo.

Afirma un estudioso de la obra de François Rabelais, el escritor renacentista francés, padre de los dóciles gigantes Gargantúa y Pantagruel, que la tarea esencial de Rabelais consistió en destruir el cuadro oficial de la época y de sus acontecimientos, en lanzar una mirada nueva sobre ellos; consistió en aclarar la tragedia o la comedia de la época desde el punto de vista del coro popular que se ríe en la plaza pública.


Rabelais destruye la falsa seriedad, el tramposo impulso histórico, la hipocresía de su tiempo.


Esa tarea es la que se impuso Gabriel García Márquez en Cien años de soledad: ponernos las cosas del revés para que nos demos cuenta de cómo son en la realidad. Su huida de la lógica cotidiana es un instrumento para descubrirnos la existencia de todos los días.


Todo es muy simple, nacemos, empezamos a conocer el mundo, experimentamos el amor y la soledad y finalmente morimos. En el entretanto ocurren otros hechos que suelen distraernos de lo verdaderamente esencial. La literatura es un motivo para la reflexión ante las verdades del barquero de la vida y la muerte. Un espacio para conspiradores dispuestos a mirar un poco más allá y a reírse, si hace falta, de las muchas y falsas obsesiones que nos acometen en nuestras rutinas.


Nada pasa, o más bien, es la nada lo que pasa. La nada, la soledad o la impotencia de no poder nosotros diseñar el mundo para gozarlo a nuestro antojo. Todo está dicho a nuestro pesar. Los Buendía de Macondo estaban dichos y sentenciados en los manuscritos del gitano Melquíades y nosotros lo estamos en los manuscritos de las leyes de la naturaleza.


Haremos guerras y nos creeremos héroes, venceremos la pobreza y la enfermedad, seremos padres de hijos robustos o imperfectos, disimularemos nuestros desasosiegos con inteligencia, odiaremos a nuestros enemigos, pero al final, indefectiblemente, seremos arrasados por el viento y desterrados de la memoria de los hombres.


Nosotros, como los Buendía, nacemos y nos deshacemos. El destino está escrito con la misma sencillez e inocencia que Gabriel García Márquez empleó para escribir su novela más celebrada hace cuarenta años.