LO QUE CUESTA INFORMARSE (I)
Ramon Moreno
En un mundo globalizado, y donde asistimos a la imparable mundialización de los medios, todo parece indicar que la prensa escrita está en crisis. En algunos países la prensa está experimentando un considerable descenso de difusión y una grave pérdida de identidad y de personalidad. ¿Cómo se ha llegado a esta situación? ¿Cuáles son las razones que la han propiciado? ¿Qué hacer para corregir este "déficit"?.
En mi opinión, e independientemente de la influencia, real, del contexto económico y de la recesión, las causas profundas de esta crisis hay que buscarlas en la mutación que han experimentado, en los últimos años, algunos conceptos básicos del periodismo.
En primer lugar, la idea misma de la información. Hasta hace bien poco, informar consistía, de alguna manera, en proporcionar no solo la descripción precisa -y verificada- de un hecho, un acontecimiento, sino también un conjunto de parámetros contextuales que permitieran al lector comprender su profundo significado. Era responder a cuestiones básicas: ¿quién ha hecho qué?, ¿con que medios?, ¿dónde?, ¿por qué?, ¿cuáles son las consecuencias?.
Todo esto ha cambiado completamente bajo el influjo de la televisión, que al ocupar un lugar preponderante y dominante en la jerarquía de los medios, está expandiendo su modelo al resto. Los Telediarios, gracias a su ideología del directo y el tiempo real, han ido imponiendo, poco a poco, un concepto distinto de la información.
Informar, es ahora, "enseñar la historia en marcha" o, en otras palabras, hacer asistir (en directo si es posible) al acontecimiento. Se trata pues, en materia de información, de una revolución copernicana, de la cual aún no se han terminado de calibrar las consecuencias. Esto supone que la imagen del acontecimiento (o su descripción) es suficiente para darle todo su significado, sin otros planteamientos previos que la propia toma, el plano o el encuadre. Si llevamos esta situación al límite, en este cara a cara teleespectador-historia, sobra hasta el propio periodista. El objetivo prioritario para el teleespectador, es su satisfacción; no tanto comprender la importancia de un acontecimiento, como verlo con sus propios ojos. Y así establece, poco a poco, la engañosa ilusión de que ver es comprender y que cualquier acontecimiento, por abstracto que sea, debe tener imperativamente una parte visible, mostrable, televisable.
Esta es la causa principal, a que asistamos a una emblematización reductora, cada vez más frecuente, de acontecimientos complejos. Por ejemplo, la famosa "foto de las Azores" (George Bush, Toni Blair y José María Aznar) reducía todo el anterior proceso diplomático y el arduo trabajo de la ONU para evitar la ilegal e injusta invasión de Irak. Por otra parte, una concepción como esta de la información conduce a una penosa fascinación por las imágenes "tomadas en directo", de acontecimientos reales, incluso si se trata de hechos violentos y sangrientos.
Hay otro concepto que también ha cambiado sustancialmente: el de la actualidad. ¿Qué es hoy la actualidad?, ¿qué acontecimientos hay que destacar en el mare mágnum de hechos que ocurren en el mundo?, ¿en función de que criterios hay que hacer la elección?. También aquí es determinante la influencia de la televisión, pues es ella, con el impacto de sus imágenes, la que impone la elección y obliga sin remisión a la prensa escrita a seguirla.
La televisión construye la actualidad, provoca el shock emocional y condena prácticamente al silencio y a la indiferencia a los hechos que carecen de imágenes; lo que podría constituir connivencia, encubrimiento y hasta complicidad ante la eventual comisión (no filmada) de posibles delitos. ¿Tiene acaso imágenes la presunta corrupción generalizada que existe en Canarias, donde se mezclan política y negocios?.
Entre la gente se ha ido estableciendo que la importancia de los acontecimientos es proporcional a su riqueza de imágenes. O, por decirlo de otra forma, que un acontecimiento que se puede enseñar (si es posible, en directo y en tiempo real) es más fuerte, más interesante, más importante, que el que permanece invisible y como tal, su importancia es abstracta.
En el nuevo orden de los medios las palabras o los textos, no valen lo que las imágenes. El tiempo de la información también ha cambiado. La optimización de los medios es, ahora, la instantaneidad (el tiempo real), el directo que solo pueden ofrecer la televisión y la radio. Esto hace "vieja" a la prensa diaria, forzosamente retrasada en los acontecimientos y, a la vez, demasiado cerca de los hechos para poder extraer, con suficiente distancia, todas las enseñanzas de lo que acaba de producirse. La prensa escrita acepta la imposición de tener que dirigirse no a los ciudadanos sino a los teleespectadores.
Todavía hay un concepto más, un cuarto elemento fundamental, que se ha modificado: el de la veracidad de la información. Hoy, un hecho es verdadero no porque corresponda a criterios objetivos, rigurosos y verificados en las fuentes, sino simplemente porque otros medios repiten las mismas afirmaciones y las "confirman".
Si la televisión (a partir de una noticia o una imagen de agencia) emite una información y la prensa escrita y la radio la retoman, es suficiente para acreditarla como verdadera. Los medios no saben distinguir, estructuralmente, lo verdadero de lo falso. Pero lo peor es que, en esta vorágine mediática, información y comunicación tienden a confundirse.
Continúa…
Canarias, junio de 2005.