LO QUE CUESTA INFORMARSE (y II)

Ramón Moreno

Decía en el artículo anterior, que la prensa escrita estaba en crisis en muchos países, como consecuencia de las mutaciones que han experimentado en los últimos años algunos conceptos básicos del periodismo: la idea misma de la información, el concepto de la actualidad, el tiempo de la información, y la propia veracidad de la información.

Todo ello, propiciado por el influjo de la televisión que, desde su lugar dominante en la jerarquía de los medios, ha ido imponiendo poco a poco, un concepto distinto de la información, que ha hecho "vieja" a la prensa escrita que debe plantearse, seriamente, como corregir este "déficit".

En el embrollo mediático al que asistimos, nada más vano que intentar analizar la prensa escrita aislada de los restantes medios de comunicación. Los medios (y los periodistas) se repiten, se imitan, se copian, se contestan y se mezclan, hasta el punto de no constituir más que un único sistema de información, en cuyo seno es cada vez más arduo distinguir las especificaciones de tal o cual medio tomado por separado.

En definitiva, información y comunicación tienden a confundirse. Demasiados periodistas siguen creyendo que son los únicos que producen información, cuando toda la sociedad se ha puesto a hacer lo mismo. No existe prácticamente ninguna institución (administrativa, militar, económica, cultural, social, etc.), que no se haya dotado de un servicio de comunicación que emita información sobre ella misma y sus actividades, con el único objetivo de la "rentabilidad política". Todo un discurso pletórico y elogioso.

A este respecto, todo el sistema en las democracias catódicas se ha vuelto astuto e inteligente, capaz de manipular sabiamente los medios y de resistirse a su curiosidad. Ahora sabemos que la "censura democrática" existe. A todas estas deformaciones hay que añadir un malentendido fundamental. Muchos ciudadanos estiman que, confortablemente instalados en el sofá de su salón, mirando en la pequeña pantalla una sensacional cascada de imágenes fuertes, violentas y espectaculares, pueden informarse con seriedad. Error mayúsculo por tres razones: la primera, porque el periodismo televisivo, estructurado como una ficción, no está hecho para informar sino para distraer; en segundo lugar, porque la sucesión rápida de noticias breves y fragmentadas (una veintena por cada telediario) produce un doble efecto negativo de sobre-información y desinformación; y, finalmente, porque querer informarse sin esfuerzo es una ilusión más acorde con el mito publicitario que con la movilización cívica. Informarse cuesta, y cansa, y es a este precio al que el ciudadano adquiere el derecho a participar inteligentemente -con criterio propio, para que los políticos no lo manipulen- en la vida democrática. Sería un sano ejercicio de "ecología informativa", ante la cada vez mayor contaminación de la información, cuya "marea negra" de las mentiras alcanza, hasta límites insospechados, a la comunicación y la información. La influencia de la televisión en la prensa escrita es tal, que las cabeceras de los periódicos, continúan adoptando -por mimetismo televisivo y endogamia catódica- las características propias del medio audiovisual: la maqueta de la primera página concebida como una pantalla, la reducción del tamaño de los artículos, la personalización excesiva de los periodistas, la práctica sistemática del olvido, de la amnesia, en relación con las informaciones que hayan perdido actualidad…

Compiten con el audiovisual en materia de mercadotecnia y desprecian la lucha de las ideas. Fascinados por la forma, olvidan el fondo. Han simplificado su discurso en el momento en que el mundo, convulsionado por el final de la guerra fría, se ha vuelto considerablemente más complejo.

Un desfase tal entre este simplismo de la prensa y la nueva complicación de la política internacional, desconcierta a los ciudadanos que no encuentran en las páginas de su publicación un análisis diferente, más amplio, más exigente, que el que le propone el telediario.

Esta simplificación resulta tanto más paradójica, en cuanto que el nivel educativo continúa elevándose y aumentan los estudiantes universitarios. Al aceptar no ser más que un eco de las imágenes televisadas, muchos periódicos mueren, pierden su propia especificidad y, como consecuencia, sus lectores.

Informarse sigue siendo una actividad productiva, imposible de realizar sin esfuerzo y que exige una verdadera movilización intelectual. Una actividad tan noble en democracia, como para que el ciudadano decida dedicarle una parte de su tiempo y su atención.

Cada vez son más los ciudadanos que demandan textos en los cuales se mencione los puntos fundamentales de un problema, sus antecedentes históricos, su trama social y cultural o su importancia económica, para poder apreciar mejor toda su complejidad. Los lectores verían en ellos un rango de honestidad intelectual y un medio para enriquecer su documentación acerca de tal o cual informe.

Como escribe Vaclav Havel, "Son necesarios largos años antes de que los valores que se apoyan en la verdad y la autenticidad morales se impongan y se lleven por delante el cinismo político; pero, al final, siempre acaban ganando la batalla". Esta seguirá siendo también, mi paciente apuesta.-

 rmorenocastilla@hotmail.com

Canarias, junio de 2005