Marcelo Colussi
Visitando el museo de Auschwitz tomó la
decisión. Tanto horror lo espantaba, no le parecía real. Su formación y
acendrada práctica católicas lo obligaban a estar en contra de tanto espanto, y
todo ello sintió que lo compelía a hacer algo. Fue así que se alistó como voluntario
en
De hogar humilde, hijo de un obrero
metalúrgico que en sus años juveniles había formado parte de las fuerzas del
Duce y que luego pasó a la resistencia, Roberto siempre respiró un clima
católico. Tanto que a los doce años decidió convertirse en cura. Su experiencia
de seminarista no fue muy larga; al cabo de un año sintió que no era eso lo que
quería. Cuando llegó el turno de la universidad, con grandes esfuerzos
familiares ingresó a estudiar teología.
No era especialmente inteligente, pero
sí muy constante, muy sistemático. Combinando su estudio con los más diversos
trabajos de medio tiempo, con algún retraso en relación a otros compañeros,
finalmente pudo graduarse. Su colocación laboral como profesor de filosofía y
teología no era, claro está, la situación más deseada por sus padres. Pero de
todos modos no lo contradijeron. Roberto estaba en la cima de la felicidad;
aunque para la segunda quincena de cada mes debía recurrir a la ayuda paterna
para llegar al día treinta.
Corriendo toda la jornada, combinando
sus clases de tomismo y ética en varias escuelas secundarias de Torino con sus
tareas de voluntario en la parroquia barrial, recibió cierto día la oferta de
viajar a una misión en el extranjero. Roberto había salido sólo una vez fuera
de Italia; el viaje a Alemania, concretamente para un encuentro de juventudes
católicas. La perspectiva de ir ahora a Haití le interesaba sobremanera.
Con sus recién cumplidos treinta y un
años y una soltería que ya se mostraba sólida, en realidad no lo pensó mucho.
La charla que mantuvo con el Obispo –rápida, escueta– lo terminó de decidir.
Dos meses más tarde se encontraba en Puerto Príncipe.
Proviniendo de una familia de
trabajadores nunca había estado cerca del lujo; sus hábitos estaban lejos del
refinamiento, de la ostentación, y por su tradición católica de abnegación y
voluntariado, el contacto con la pobreza extrema le era algo familiar. En
Torino había trabajado con pacientes cancerosos terminales, con prostitutas,
con jóvenes drogadictos. Ahora, en Haití, pensaba sentirse a sus anchas con
actividades de ese tenor.
Para él, trabajar de voluntario con
población pobre en el más pobre de los países latinoamericanos significaba
compartir de igual a igual con los descendientes de esclavos, comer en la misma
mesa, sufrir sus mismas penurias. Su sorpresa fue grande cuando vio las
interioridades de la organización con la que estaba comprometido.
No lo golpearon tanto los límites
extremos de la miseria que inmediatamente descubrió –la primera palabra que
escuchó de un haitiano fue un pedido, en inglés, con mano suplicante: "one
dollar, please"– sino la lujosa magnificencia que descubrió en la institución
para la que iba a trabajar. Por lo pronto había tres carros doble tracción a su
disposición. La casa que le correspondería habitar, junto con otros tres
compañeros, se le antojaba de una pompa inconcebible: amplio jardín muy bien
cuidado, varias líneas telefónicas, planta eléctrica propia, alfombras, y un
mobiliario de estilo tropical que lo conmocionó.
Roberto, sin ser precisamente un
asceta, no era muy dado a los placeres materiales. La llegada al trópico, luego
de un primer momento de impacto negativo, lo cambió. Después de un año de
estancia en Haití le gustó esa
forma de ser voluntario; a tal punto que comenzó a considerar la posibilidad de
seguir en la organización, y buscar otros destinos.
Bien relacionado como estaba con la
iglesia, siendo una persona prolija que no dejaba nunca una mala impresión, y
con unas ansias terribles de adentrarse más en los vericuetos de la cooperación
internacional, descubrió que el ejercicio pastoral entendido como compromiso
político (si había vehículos doble tracción y buenas casas equipadas, mejor) le
sentaba a la perfección. Por lo que, entonces, enfiló proa hacia ese puerto.
Buscaría hacer carrera en
Aunque no le fue fácil, tampoco le
costó tanto; su buena relación con el Obispo de Torino, Monseñor Fellatini,
facilitó las cosas. Después de un par de charlas privadas con el prelado
–"demasiado privadas", como dijeron luego lenguas viperinas– consiguió,
dentro de
Acababa de suceder el monstruoso
genocidio en el país africano, en 1994; sus consecuencias estaban aún frescas.
En ese contexto, con un millón de muertos todavía calientes, resultaba en un
todo pertinente un aporte para la paz, tan urgidamente necesitada en ese mar de
violencia suprema. Así apareció entonces el Proyecto Cultura de Paz. Roberto Malini
–"pura bondad", como dijera Monseñor Fellatini, pese a un apellido
que, coincidencias del destino, podía hacer pensar en algo distinto– fue su
director.
Con la experiencia de Haití a cuestas,
buscó que lo que le tocara ahora en Ruanda fuera, como mínimo, similar a lo
vivido en las Antillas. Por lo pronto había negros y se hablaba en francés.
Buscó asegurar que no faltara tampoco la buena casa, la buena provisión de
comida –italiana en lo posible–, el buen vino, y el jeep doble tracción.
Roberto ya había adquirido el conocimiento de lo que se debía y lo que no se
debía decir en las lides de la cooperación internacional. De voluntario a
funcionario, el salto le había caído perfecto.
"No hay que criminalizar a nadie. Tanto
hutus como tutsis son igualmente víctimas", explicaba ceremonioso Roberto –el doctor
Malini, como pasó a ser conocido en el ámbito semi diplomático en el que
comenzó a moverse desde su llegada a Kigali– "y lo
peor es que no
existe ninguna iniciativa oficial en favor de la reconciliación".– Básicamente el proyecto que impulsaba
El clima de violencia se había instalado en la
sociedad ruandesa; los enfrentamientos armados posteriores al
genocidio –ataques de milicias hutus contra las fuerzas tutsis ya instaladas en
el poder– tenían forma de asaltos guerrilleros, generalmente nocturnos y sorpresivos.
La población civil siguió sufriendo buena parte de las víctimas. Digerir toda
la violencia de uno de los peores genocidios de la historia, con su cohorte de resentimientos, traumas, odios
incurables, hacían muy oportuna la intervención de la organización católica: "se
trata de promover la cultura de la paz",
explicaban.
Pero
era difícil construir la paz en un país tan golpeado, con tanta pobreza, con epidemia
de sida, con una historia tan pesada a sus espaldas. Hasta podía sonar
tragicómico hablar de "paz" en ese contexto.
"Los dirigentes extranjeros
no fueron capaces de actuar con efectividad; todavía peor: reaccionaron con
cortedad y retraso una vez iniciada la matanza", leía asustado Roberto en el Informe "No
quedó nadie para contarlo", duro documento donde se criticaba con
acritud a las potencias occidentales y a
El buscaba ser políticamente
correcto, en todo. Si visitaba una comunidad rural iba en pantalón vaquero y en
botas; y aceptaba comer –aunque le resultara intragable– la magra comida típica
que le ofrecían. Si se encontraba con diplomáticos en la sede de alguna embajada
lucía su mejor corbata y hablaba de los vinos tintos de Italia, y de la pesca
deportiva del salmón con una suficiencia de la que él mismo quedaba
sorprendido.
Nunca un exabrupto, nunca una
palabra de más: no sabía dónde ni cómo, pero se daba cuenta que había aprendido
a la perfección el arte del equilibrio, de la neutralidad, de las buenas
maneras políticas. Reía cuando la ocasión lo requería, o se consternaba cuando
todo indicaba que había que mostrarse consternado. Muy raras veces Roberto se
detenía a pensar qué quería hondamente; pero la pregunta honesta era sólo un
hálito pasajero, demasiado pasajero. Había que ser "correcto", eso
era lo importante. Y no olvidar nunca la visibilidad de
–"Monseñor se va a poner muy contento cuando sepa que estoy
bien"–, pensó no sin cierta ingenuidad, con honestidad incluso.
Con sus treinta y dos años
cumplidos, la soltería no era algo que le preocupara en especial. Fuera de la
oscura relación con el Obispo Fellatini –que, por otro lado, la mantenía porque
no le parecía pertinente crearse un enemigo de ese calibre, "no sería correcto"– no tenía
una clara orientación sexual. En todo caso, ese era un tema que no le
preocupaba. En muy contadas ocasiones –dos veces, una de ellas con una
prostituta, lo cual lo llenó de culpa por un largo período– había tenido
relaciones sexuales con mujeres. Podía vivir perfectamente sin eso –"ahorrándose problemas"–,
según su particular punto de vista.
Julie, la muchacha que hacía
la limpieza en su casa, había sido víctima de violación durante el genocidio.
Por fortuna –o "por desgracia",
como ella solía decir– estaba entre el treinta por ciento de mujeres violadas que
no habían contraído el sida. De todos modos, si bien debía arrastrar esa carga
en particular, pesada de por sí, eran igualmente muchas las secuelas que la
acompañaban desde hacía más de un año. La más importante, quizá, era el
sufrimiento indecible que le provocaba la impunidad de sus violadores. Sabiendo
quiénes eran, nada podía hacer para buscar justicia. Tanto ella como su hija,
de dos años de edad, eran blanco de la discriminación y del escarnio por el
hecho de haber sufrido esa afrenta. Tenía veintidós años.
Roberto era buen conversador,
y justamente por su búsqueda –casi obsesiva– de la corrección política, para
todos tenía la palabra adecuada. Julie gustaba de hablar con él, se sentía
bien, se atrevía a contar sus traumas. Inadvertidamente, a partir de la confianza
establecida, terminó por enamorarse del italiano.
Pero la situación no era
recíproca.
Roberto hablaba continuamente
de la no discriminación, que la paz se construye con el respeto y aceptación de
todos, del amor incondicional. Aunque jamás hubiera pensado que una muchacha
negra pudiera ser su pareja. En todo caso, la idea lo espantó (o quizá lo espantó
la idea de una muchacha… o ambas cosas).
Vivía sólo; a poca distancia
de la oficina, en la zona residencial de Kigali; habitaba una casona excesivamente
grande para sus necesidades, decorada con una mezcla de gustos inclasificable.
Había algunos toques de suntuosidad europea, funcionalismo estadounidense,
elementos autóctonos de Ruanda. Se había hecho colocar una planta eléctrica
para tener garantizado el suministro de energía durante todo el día. Así podía
navegar en internet cuanto quisiera; su predilección, además del Corriere della Sera, eran las páginas
pornográficas. Por supuesto, jamás lo decía; la reivindicación de género –con
cierta moderación, porque
La joven provenía de la aldea
Gumbumba, masacrada un año atrás durante el genocidio. Era corpulenta, de
libidinosos movimientos y andar. Ahora vivía con unos familiares en un barrio
periférico de la capital, y todos los días se enfrentaba al drama de la movilización
dentro de la ciudad: o caminaba más de cinco kilómetros o buscaba algún
autobusito, de los pocos y destartalados que, con buena suerte, llegaban hasta
su destino, tarea repetidamente difícil. Eran más las veces que optaba por
caminar.
Ese fue el motivo que le
decidió a llevar la propuesta a Roberto.
–"Yo todos los días tengo que caminar varias horas para llegar acá,
y a veces llego muy tarde a mi casa por la noche. Por eso le propongo quedarme
a vivir aquí. ¿Qué le parece?"–
–"Bueno… ¿y no te preocuparía vivir en la casa de un hombre
solo?"– La pregunta del italiano trasuntaba más una angustia suya que
una preocupación por la muchacha. Fue ahí que Julie se transformó; dejando ver
casi todo su muslo y con una sensual voz, dijo sonriendo:
–"Al contrario…"–
Roberto enrojeció. Las ideas
se le arremolinaron. Un varón no podía despreciar a una mujer (¡lo había visto
tantas veces en la televisión….!), pero tampoco era correcto que él, director
de una organización católica, aceptara una provocación de su empleada. Además,
era negra….
Julie hubiera querido hacer
el amor en ese mismo momento. Sentía mucho por Roberto: era una mezcla de
admiración, sensualidad, ternura. Ella era pura pasión, respuesta visceral; por
el contrario, él era la reflexión personificada: todo lo veía en perspectiva de
futuro. –"¿Qué pensarán si hago
esto?, ¿cómo se tomará si saben que opino esto otro?, ¿tendrá consecuencias si
me ven haciendo tal cosa? Lo importante es que se vea el logotipo del proyecto..."–
Ante la negativa del
italiano, Julie no tuvo otra alternativa que replegarse. Pensó también en
violarlo, pero no se atrevió. Se dio cuenta que Roberto estaba casi temblando,
aunque trataba de disimularlo.
Había pasado ese momento,
pero la historia no estaba terminada. Ambos lo sabían. El hubiera preferido que
allí se acabara todo, aunque tenía la certeza que no iba a ser así. Para ella
–se le veía en la expresión pícara de su cara– recién comenzaba el juego; sabía
que llevaba las de ganar. Roberto era débil, y ambos lo sabían.
El día siguiente de la
"declaración" de Julie se cumplía el primer aniversario del genocidio;
si bien con grandes resistencias por parte de las fuerzas gobernantes, muchos
sectores habían conseguido hacerse el espacio necesario para conmemorar la
masacre. Roberto Malini, junto al Embajador de Italia –país que estaba
financiando el mayor esfuerzo que se llevaba a cabo en pro de la reconciliación
y la superación de las heridas dejadas por el holocausto vivido– eran parte
principal de los actos recordatorios. Era Roberto el designado para cerrar la
solemne ceremonia.
La escena vivida con su
empleada lo había dejado sumamente golpeado; no se lo esperaba, y no sabía cómo
reaccionar. Pensó en despedirla, en consultarlo con Monseñor Fellatini, en
proponerle a Julie sentarse a hablarlo. En ningún momento la vio como posible
pareja; no le gustaba, y en modo alguno se le ocurrió permitirse tener un
encuentro sexual pasajero. Además, cosa que no se hubiera jamás permitido decir
en voz alta pero le venía repetidamente –siendo, quizá, lo que más le insistía–,
además… "era negra."
Para el acto celebratorio,
por cierto triste, muy emotivo, Roberto lucía consternado. Desde ya quedaba muy
bien; en una circunstancia como esa era políticamente muy correcto mostrarse
compungido, trágico incluso. Nadie sabía, sin embargo, cuál era el verdadero
motivo de su pesar. En un momento, por lo bajo, casi como un comentario
confidencial, le dijo a su embajador –Marcello Pescarolo– que "había contemplado la posibilidad de
dejar Ruanda, porque era demasiada la frustración que lo invadía." En
realidad era un primer ensayo para ver cómo reaccionaba
–"¡Qué pena, Malini! ¡Qué pena! Sería una gran pérdida para nosotros"–,
opinó con gesto preocupado el Embajador. –"Y…
¿puedo permitirme preguntarle qué lo lleva a tomar esa decisión?" –
–"En realidad todavía no la he tomado, pero me siento muy triste
por todo lo que veo aquí, y a veces pienso que fomentar la paz es como querer
arar en el desierto"–, agregó con gesto grave Roberto, con algo de
escénico.
El Embajador lo escuchó, pero
no agregó nada más. Siguió concentrado en el acto en el que se encontraban.
Roberto quedó con la duda –terrible, que lo carcomió toda esa noche no
dejándolo dormir– sobre la actitud de Pescarolo: –"¿Se preocupará de verdad si me voy? ¿No habré quedado como 'poco
católico' diciéndole lo que le dije? ¿Qué informaría entonces a Roma?"–
Los días siguientes trató de
evitar todo lo posible a Julie. Pero la muchacha, sin dudas mucho más vivaracha
que él, no lo permitió. Para ella toda la situación tenía el significado de una
broma, de un escenario de comedia, y no le desagradó la idea de jugar ese juego
viendo hasta dónde llegaba. Comenzó a provocarlo.
–"Para construir la paz hay que deponer rencores, enemistades. Hay
que mirar hacia delante con ánimo superador"– Así comenzó Roberto su
alocución en el anfiteatro de
Habló siguiendo su manual de
recomendaciones; tenía especificado, según el interlocutor, qué debía decir o
callar. Todo debía ser medido; criticar, sí, pero no tanto. Un poco de
autocrítica no venía mal. Temas sociales quedaban bien, pero tampoco era
cuestión de exagerar. Era muy importante no olvidar ninguna de las palabras
claves, las que estaban en la cresta de la ola de las tendencias de la cooperación
internacional: "equidad de género", "sustentabilidad",
"solución consensuada". Roberto sabía que mucho de todo eso era mentira,
pura cáscara cosmética; pero no podía –ni quería– dejar de seguir la corriente.
Llegado el momento de las
preguntas y respuestas, sucedió lo que tanto temía: había interrogantes
incómodos que no se podían sortear. Insistir con la paz y la reconciliación no
llevaba a ningún lado. Eso él lo sabía, y era lo suficientemente despierto como
para darse cuenta que no convenía repetirlo. El auditorio daba muestras de
descontento.
En un principio no logró
identificarla; tuvo que hacerse repetir la pregunta, porque la muchacha que
había hablado tenía un tono de voz bastante bajo. Recién en la segunda
intervención de ella pudo darse cuenta: ¡era Julie! No lo podía creer; además
de la tensión que le creaba el acoso de las preguntas de los estudiantes, ahora
estaba esta otra provocación, escandalosa para su gusto.
–"Y todo esto que nos dice, doctor Malini, ¿no puede tomarse como
la visión de un europeo que no entiende nada de lo que pasa en África? ¿No
puede considerarse como una solapada forma de violencia, más allá del título de
'cultura de paz'?"–
Roberto quedó estupefacto. No
se esperaba una intervención de ese género, y muchísimo menos aún, de parte de
su empleada. Aunque jamás se hubiera permitido decirlo en voz alta, era un eurocentrista
declarado; estaba convencido que los negros no estaban a la misma altura que
los europeos. Y de las mujeres, aunque se llenara la boca hablando de la
equidad de género, no tenía una mejor opinión. De las religiones locales, claro
que también en secreto, pensaba que eran brujerías, y reía de las distintas expresiones
culturales que no podía entender. Más de una vez había pensado que si tuviese
un hijo, por nada del mundo lo criaría en el Africa. Añoraba su Italia natal.
–"¿Y desde cuándo esta zaparrastrosa piensa?"–, se dijo
para sí mesándose la barbilla. Hubiera querido hacerla desaparecer, pero no
debía perder la línea. No sabía si en su respuesta debía dar a entender que la
conocía, o mejor guardar distancia y tratarla en consecuencia. Optó por esto
último.
–"Esteee… bueno, me parece que la posición de la compañera es un
tanto excesiva.
–"¡Exactamente, de eso se trata!"– vociferó Julie entre
las risotadas.
La decisión la tomó esa misma
noche. Estaba avergonzado como nunca se había sentido en toda su vida. La ira
la descargaba totalmente en su empleada; supuso que no volvería más por su
casa, por lo que urdió igualmente un plan alternativo por si ella ya no
regresaba. De todos modos al día siguiente, lozana como siempre, Julie llegó
temprano para cumplir con sus tareas en casa de Roberto. Ella se manejó con total
soltura, como si nada hubiera pasado el día anterior; por el contrario, él
estaba parco, serio. Trató de hablarle lo mínimo indispensable. Al cabo de unos
pocos minutos, con rostro sombrío salió sin saludarla.
Esa mañana comenzó a poner en
marcha lo pensado acaloradamente en toda una noche de febriles devaneos. Habló
con el embajador Pescarolo, con el director de su Comunidad en Roma –el padre
Bertini–, con su mentor el Obispo Fellatini. Fue concreto: manifestó que se
sentía descorazonado con el poco avance en el camino hacia la paz del pueblo
ruandés y que prefería volver a Italia. Todo lo expuso en forma mesurada, muy
prudente, pero categórica. Era una decisión tomada. Ante la fuerza de los
hechos, nadie osó contradecirlo.
Habló luego con algunas
contrapartes nacionales –algún funcionario del Ministerio de Educación, con el
Jefe de
Finalmente –era la parte más
importante del plan– logró hacer contacto para entrevistarse esa misma tarde
con dos mercenarios tutsis que habían participado en la masacre. Lo hizo fuera
de su oficina.
Julie era hutu; su
sentimiento actual era una mezcla confusa de estados afectivos. A partir de la
violación sufrida despreciaba a todos los varones (Roberto era la excepción). Hacía
esfuerzos por olvidar, por dejar atrás la tragedia sufrida, pero no le era
fácil lograrlo. Sentía una especial aversión por los tutsis. Eso lo sabía Roberto.
–"¡Exactamente, de eso se
trata!"–, se repetía regodeándose, pensando en lo que estaba tramando.
La reunión con los dos
mercenarios, más la persona que hacía de enlace, fue rápida, concreta. En no
más de media hora, cervezas de por medio que pagó Roberto, todo quedó
arreglado. La fecha se fijaría en los próximos días, una vez confirmado su vuelo
hacia Roma. Ellos debían facilitar el escenario, pero sería Roberto el
violador.
Se fijó para el lunes de la
semana siguiente, dado que el martes partía su avión. Se haría por la mañana,
en casa del italiano. Todo debía parecer un incidente de criminalidad común. El
saldría a la oficina con la naturalidad de cualquier día, quedando Julie en la
casa preparando ya las últimas cosas para la partida. Era la venganza más
cruel. Le habían sugerido matarla, pero él optó por no hacerlo. Con el ultraje
de la violación, de una nueva violación a manos de dos tutsis –más un blanco– era
suficiente. Lo importante era que sufriera. El iría encapuchado, a efectos de
no ser reconocido; incluso lo erotizaba la idea de verse desnudo y con un
pasamontañas. De hecho, no fueron pocos los minutos que pasó ante un espejo en
los días previos viéndose cómo lucía así. Como no iba a hablar, no había nada
que lo pudiera delatar; su cuerpo no tenía ninguna seña en particular que
pudiera hacerlo identificable.
Llegado el momento rezó para
que todo saliera como estaba previsto, y también por el alma de esta ignorante
primitiva. El único detalle que no funcionó tuvo que ver justamente con su
cuerpo: no tuvo erección. La violación, por tanto, debió llevarla a cabo uno de
los sicarios contratados –Jean Paul, el más feroz; incluso se excedió un poco
en el uso de la fuerza, y la golpeó con demasiada brutalidad en la cabeza.
Ya en pleno vuelo, sentado en
su cómodo asiento de primera clase y luego de una zona de turbulencia que lo
hizo vomitar, Roberto tuvo una sensación de triunfo y de fracaso: se había
cumplido la venganza, pero una vez más aparecía su impotencia sexual. Prefirió
no seguir pensando, y hasta el aterrizaje durmió en paz.