Cultura y clichés

Juan Manuel García Ramos

Leyendo y releyendo estas últimas semanas los ensayos críticos de Pedro García Cabrera, del que este año se celebra el centenario de su nacimiento, he pensado en la necesidad de revisión que tiene todo el siglo XX de la literatura de nuestras islas. El siglo XX y los últimos veinticinco años del siglo XIX, pues los prestigios repartidos por la crítica universitaria y extra-universitaria entre algunos escritores y movimientos literarios de esas centurias nos exigen volver sobre nuestros propios pasos.

La tensión permanente entre dos conceptos como regionalismo y cosmopolitismo, llevó a algunos en muchos casos a desautorizar obras e iniciativas que merecían mejor trato.

Un ejemplo de esta actitud algo despótica para con los que mantenían posturas creativas diferentes, lo tenemos en el mismo Pedro García Cabrera cuando allá por los años de 1930 intervino en el Círculo de Bellas Artes santacrucero con una conferencia de título muy atractivo: "El hombre en función del paisaje".

Pedro García Cabrera se sabía ya en esos años parte de una generación que poco tenía que ver con la Escuela Regionalista de La Laguna y con su devoción romántica y neo-vianista, tan preocupada por la geografía y la historia insular, y a esa Escuela le dedica el poeta gomero algunas reflexiones nada generosas -y como veremos después, algo injustas-: "Socialmente, no niego la existencia del mago con su traje típico. Ni del sombrerete de paja. Ni otros tantos motivos pobres. Pero yo dije que no hay que confundir la realidad viviente con la realidad artística. Y que estos motivos no son fundamentales para edificar una literatura de región. Lo que la anterior generación [refiriéndose a la de la Escuela citada] tiene por regional son pseudomórfosis regionales. Formas regionales adulteradas".

El Pedro García Cabrera de esa época insiste con frecuencia en diferenciarse de sus predecesores en el uso de una poética insular exclusiva, y en esa suerte de obsesión crítica llega muchas veces a confundirlo todo. Por ejemplo, a establecer una diferencia a nuestro entender inexistente entre la generación de la Revista de Canarias y la generación de la Escuela Regionalista de La Laguna, cuando, en un charla emitida a finales de los años setenta en Radio Club Tenerife, ensalza con tanto ímpetu la aportación universalista de la generación de la Revista de Canarias, sin asimilar ésta a los poetas regionalistas de finales del siglo XIX.

¿No había sido Nicolás Estévanez, tan vinculado a la Revista de Canarias, el fundador de la escuela poética lagunera, tal y como reconocieron en su momento Sebastián Padrón Acosta y Domingo Pérez Minik?

Por otro lado, es natural que los poetas ejerzan de parricidas con sus inmediatos antecesores, que tracen diferencias de todas clases entre unos y otros, como las había, sin duda, entre lo que fueron los regionalistas canarios del siglo XIX y los hombres de Gaceta de Arte, a los que se vincularía Pedro García Cabrera con tanto celo y acierto. Pero esas discrepancias a veces, y sobre todo en los primeros pasos poéticos de García Cabrera, no eran fáciles de teorizar cuando de esencias insulares se trataba.

En ese esfuerzo por distinguir las contribuciones respectivas a la definición de lo insular, García Cabrera llega a extenuarse, y no siempre con demasiado éxito esclarecedor. En más de una ocasión, sus juicios y sus apoyos bibliográficos suenan a gratuitos, resultan apresurados y de un dogmatismo que no le cuadra a nuestro autor. Pero el debate en esos momentos estaba exacerbado porque el escalón generacional de García Cabrera buscaba derribar los viejos mitos románticos laguneros y la labor modernista de los Tomás Morales y seguidores; ahora venía la Generación del 27, venía el Surrealismo, los tiempos y las sensibilidades cambiaban.

Lo cierto es que la labor de acoso y derribo del movimiento poético regionalista llevada a cabo por Pedro García Cabrera, fue continuada por parte del triunfante vanguardismo ulterior, y hasta hoy se tiene muy a mal, entre cierta crítica el siquiera referirnos a los Nicolás Estévanez, a los Tabares Bartlet, a los Domingo J. Manrique como dignos escalones de un periodo de nuestra literatura aún por estimar en sus dimensiones más amplias.

Por ejemplo, Jorge Rodríguez Padrón, al hacer balance de "Ochenta años de literatura. 1900-1980", en un ensayo incluido en el libro colectivo Canarias, Siglo XX (Las Palmas de Gran Canaria, Edirca, 1983), despachaba el asunto del movimiento regionalista canario decimonónico con excesiva prisa: "Y en el modernismo debemos comenzar. El regionalismo de la primera mitad del siglo XIX se había refugiado en una imagen idealizada y falsa de la historia y de la geografía insulares; se había negado al diálogo y por eso derivó en una implícita contradicción". Y no sólo despacha al movimiento literario en sí, sino que además nos dice que tal iniciativa literaria era natural que se diera en La Laguna de esa época, por el "espíritu tradicional y conservador de la ciudad universitaria".

Con toda nuestra humildad, nos gustaría contrarrestar en parte esas inmerecidas afirmaciones de nuestro admirado crítico, con dos sugerencias. Una es que debemos releer al Nicolás Estévanez del poema Canarias y acaso detenernos en una de las estrofas que más nos llama la atención, por lo que tiene de influencia de J. G. Herder, el prerromántico alemán (quien ya nos había dejado dicho en el siglo XVIII que mientras la política crea los Estados, la naturaleza crea las naciones); me refiero a aquella endecha real que nos precisa: "Ni en los Estados pienso / que duran breves horas, / cual duran en la vida / de los mortales las mezquinas obras", y en algunos otros versos en los que Estévanez rechaza que su insularidad venga dada por la sangre o por la memoria y proclama que es el espíritu isleño lo que lo hace diferente a pesar de la distancia. Estévanez cumplió su papel de excavar en nuestra manera de ser y de sentir, aunque lo hiciera quizá con fórmulas expresivas prestadas, no menos prestadas que las que luego usaron escritores canarios posteriores, como el mismo García Cabrera, para tareas semejantes.

Otra sugerencia nos gustaría hacer además, y es la de ponernos a investigar con seriedad la labor de otros intelectuales que se mueven alrededor de esa Escuela Regionalista lagunera aludida, en especial el trabajo de un autor como Manuel Ossuna y Van Den-Heede y el alcance de una obra como El Regionalismo en las Islas Canarias, tomo I, 1904, y tomo II, 1916.

El neo-vianismo de la Escuela Regionalista, el apego a desentrañar poéticamente nuestras esencialidades insulares, se extendió más allá de la lírica; llegó a la historia y a la sociología de la época de Ossuna, o a movimientos ideológicos que reclamaban un trato diferente para una Canarias que se precipitaba en una nueva crisis política y económica, ya fuera el representado por una parte de la burguesía tinerfeña de entonces, que coloca la primera bandera autonomista en el asta del Ateneo lagunero en 1907, ya fuera el representado por la conciencia obrera de un Secundino Delgado o un José Cabrera Díaz.

Hace ya mucho tiempo quedó demostrado que los hechos literarios hay que estudiarlos en el contexto en el que surgen y que proceder de otra manera es traicionar nuestra inteligencia y la de los demás.

Aunque tendemos siempre a formular los mismos clichés críticos, a veces es necesario revisar algunas cuestiones dadas por consabidas.