Cultura y poder
Juan Jesús Ayala
El título de este artículo va encaminado hacia la concepción del nacionalismo porque de la misma manera que el poder puede ser detentado por cualquier organización política sea o no nacionalista, la cultura es la pieza fundamental para poder entender lo que es el nacionalismo y, además, sin su estudio no se llegará a comprender jamás las dimensiones que este tiene.
Y así lo han expuesto desde Elle Kedouire que no se cansó de decir y escribir que el nacionalismo está vigente y que es una parte ineludible del mundo contemporáneo, hasta Ernest Gelnner que desde siempre dijo que le gustaría ver una Europa federal capaz de imponer su autoridad para prevenir los ataques terroristas y los desastres ecológicos y que debería de ser una Europa que supiera conservar su pluralismo cultural y territorial. Y en esas estamos.
La diversidad cultural constituye uno de los rasgos fundamentales de las relaciones humanas. Es la cultura lo que nos diferencia del resto de otras especies animales. Un estilo compartido de la manera de hablar, la expresión del rostro, las maneras de vivir, hasta de divertirse, reírse y de relacionarse constituyen un conjunto de referencias que comportan y definen una determinada cultura.
Y el nacionalismo es un principio político e ideológico según el cual la semejanza cultural es el vínculo social básico. Y tal es así que basado en esto se ha definido a la nación en términos de cultura compartida.
Pues bien, si las naciones circulan por el mundo, si las fronteras se diluyen en la integración de ciertos poderes que hay que compartir; y desde una comunidad autonómica que cede poder al estado o viceversa y este a la supranacionalidad que en nuestro caso sería Europa, no se construirá jamás una Europa plural y democrática sino se atiene a la diversificación y al reparto del poder dentro de el marco de una cultura que se comparte desde abajo hacia arriba o mejor, desde los que están situados abajo, hasta los que se encuentran a mas altura.
La cultura sin poder está condenada al olvido, a la desestructuración y a la simbiosis. Simbiosis que es más perversa aun que una aculturización programada. Y si los pueblos, las naciones quieren conservar sus identidades y pretenden que se les distinga y se sepa quien es quien no tienen otra alternativa que en este mundo mal llamado globalizado se comience a tener una visión diferente de las relaciones políticas y sociales. Y no quiere decir esto que se fragüe una revolución que pudiera estar pendiente ni se pretenda ir por libre en un mundo interrelacionado sino simplemente que para uno afirmarse y erigirse como una entidad geopolítica-social diferente no hay otra alternativa que ser egocentrista, tener una autoestima en alto grado. Y con ello no se pretende subrayar que haya que mirar por encima del hombro a nadie pero si que exista el respeto. Y este se da cuando se vean las diferencias y los firmes posicionamientos. Pero no desde voces vacías llenas de incoherencias que impulsan el maridaje de viejas ideas y hasta de romas proyecciones que alejan a los pueblos de su verdadera esencia.
El poder es necesario para cambiar muchas cosas y debe utilizarse en ese sentido, pero también hay quien lo usa para traicionar políticas y proyectos, para genuflexarse ante el empalago de unos y ante las magnanimidades fallidas de otros. El poder ha sido artífice para que muchas naciones se hayan perdido en el marasmo del tiempo, lo que habría que evitar. El poder ciega, hace a los gobernantes dioses de si mismos que hace se olviden de la temporalidad de sus mandatos y que si son recordados es desde la mofa y desde la risotada.
Cultura y poder son dos categorías universales que dados de la mano y sometidas a una perfecta sincronización podrían hacer que muchos pueblos escribieran con letras de oro en el libro de su historia pero también pueden funcionar como dos enemigos irreductibles, que cada uno por su lado, son capaces de desorientar y de embaucar las esperanzas dormidas de los pueblos.