De Caracas a Cáceres

Juan Manuel García Ramos

En menos de diez días he saltado de Caracas a Cáceres y he comprobado que las ciudades guardan una estrecha relación con la historia, a veces para enfrentarla directamente, como sucede en la capital venezolana, y en otras oportunidades para mirarla con nostalgia, como es el caso de la bella Cáceres.

Dice Mario Vargas Llosa que, para él, el periodismo es la historia haciéndose, y nunca había comprobado yo el acierto de tal definición como en mi reciente estancia en Venezuela, adonde llegué el viernes 19 de noviembre pasado y me encontré con un fiscal subiendo a los cielos después de haber sido dinamitada su camioneta Toyota por manos expertas desconocidas, y de donde me fui un jueves 25 de ese mismo noviembre, veinticuatro horas después de que comenzaran a cercar a los sospechosos del atentado al fiscal Danilo Baltasar Anderson y a darse las primeras balaceras en las calles céntricas de una Caracas atemorizada por esta nueva ola de enfrentamientos entre las fuerzas del orden y los descontentos con el gobierno de Hugo Sánchez.

Cada minuto, cada hora, cada día, eran capítulos imprescindibles de esa historia que se escribía delante de nosotros por protagonistas que no logran cerrar una gran herida civil entre una Coordinadora Democrática derrotada en la última consulta del referéndum reprobatorio del presidente Chávez, y un gobierno que no encuentra el clima de sosiego suficiente para crear los consensos necesarios en cualquier convivencia que se desee, de verdad, democrática.

Un laberinto, por no decir un "bochinche", como le gustaría sugerir a don Francisco de Miranda, el precursor de la independencia americana, nacido en Caracas, de padre tinerfeño, don Sebastián de Miranda Ravelo, y de madre caraqueña, doña Francisca Antonia Rodríguez de Espinosa; un don Francisco de Miranda que fue tratado en su juventud como mulato y mercader por la clase pudiente venezolana, los "mantuanos", que nunca le perdonaron una ascendencia considerada un hándicap para cualquier oficio superior en la gobernación o en la milicia del país.

Un enfrentamiento social que si lo observamos bien llega a la Venezuela de nuestro tiempo, donde los partidos tradicionales, nutridos de hijos de esa clase A venezolana, se niegan a aceptar el liderazgo de otro mulato y de otro hijo de familias no atesoradas del lejano Estado de Barinas, que desde 1992, año en el que intenta su golpe de estado contra la presidencia de Carlos Andrés Pérez, hasta hoy, ha llegado a convertirse en un dirigente imbatible en las urnas, tras cuatro confrontaciones decisivas en 1998, en 1999, en 2000 y, finalmente, al ganar el referéndum revocatorio de este 2004.

En cualquiera de los casos, Chávez tiene ante el futuro un reto trascendental: el impulsar a la vez que el cambio de piel político, que ha significado la aprobación de la Constitución Bolivariana, un cambio de piel institucional, económico, social y cultural de Venezuela, en unos momentos en que los presupuestos de su país se ven beneficiados por suculentos ingresos procedentes de los precios internacionales del petróleo, y en una etapa continental en que las opciones progresistas ganan comicios en Nicaragua, los más recientes, en Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Perú, en parte Paraguay y Ecuador. A Cuba vamos a dejarla aparte, muy aparte.

En todo ese proceso de reizquierdización de América Latina, Hugo Chávez se ha convertido en el icono anti-Bush más festejado por movimientos como el de la antiglobalización y por otros muchos sectores de la progresía europea, como quedó demostrado en su reciente visita a Madrid, y, en especial, en su intervención en la Universidad Complutense.

Estoy en Caracas reflexionando sobre todo esto en una habitación del Hotel Meliá; desde el gran ventanal observo la vitalidad de los buhoneros con sus tarantines ilegales ocupando el bulevar de Sabana Grande en contra de todas las recomendaciones del Alcalde Mayor de la ciudad, no me atrevo a salir a la calle por las recomendaciones de mis amigos, y allá a lo lejos, presidiendo todo este disparate, se encuentra el Monte Ávila, guardián del valle, testigo de tantas mudanzas políticas, de tantos bochinches desde que América decidiera ser conducida por sus habitantes "originales", o, al menos, por los criollos que habían nacido en sus tierras y habían decidido quedarse a vivir y a trabajar en ellas.

Mirada así, la independencia de ese continente no acaba de concluir. La justicia social y la libertad son categorías de la convivencia que a veces tienen poco que ver con la política a secas.

Siempre que vuelvo a Caracas me hago acompañar de una descripción de ese paraje que me parece inmejorable: "El prodigio mayor de Caracas es que en medio del hierro y el asfalto y los embotellamientos de tránsito que siguen siendo uno solo y siempre el mismo desde hace veinte años, la ciudad conserve todavía en su corazón la nostalgia del campo. Hay unas tardes de sol primaveral en que se oyen más las chicharras que los carros, y uno duerme en el piso número quince de un rascacielos de vidrio soñando con el canto de las ranas y el pistón de los grillos, y se despierta en unas albas atronadoras, pero todavía purificadas por los cobres de un gallo".

El que junta esas palabras no es otro que Gabriel García Márquez, que residió en esa ciudad durante algunos años, y que resistió en ella los embates de una situación laboral en nada parecida a la del Premio Nobel que es hoy agasajado en todo el planeta.

Cuando uno no entiende el mundo es preferible recluirse en la literatura. En esta última visita también he releído a un poeta caraqueño de excepción; me refiero a Eugenio Montejo, autor de un poema titulado "Caracas", que ya conocía pero vuelvo a recorrer: "Tan altos son los edificios / que ya no se ve nada de mi infancia. / Perdí mi patio con sus lentas nubes / donde la luz dejó plumas de ibis, / egipcias claridades".

En menos de diez días he saltado de esa Caracas tumultuosa y excitante a la sosegada Cáceres. La Diputación Provincial de Cáceres y la Universidad de Extremadura me invitaron a hablar de Neruda una vez más en el ámbito de un congreso en el que pude reencontrarme con grandes amigos de la literatura hispanoamericana.

Cáceres es Roma, es el Islam, es la Reconquista, es el brillante siglo XVI, es tantas cosas a la vez y tan bien equilibradas que uno pasea por sus calles en las noches frías y siente que la historia fue y ya apenas es. La historia en Cáceres es una huella; la historia en Caracas es presencia y martillo. Cáceres es reflexión; Caracas, pura acción.

Almorzando el pasado martes día treinta del ya ido noviembre, en el Hotel Extremadura, y compartiendo mesa con él, muchos tuvimos la suerte de estrechar la mano del que en esos momentos había sido distinguido con el Premio Nacional de las Letras, el poeta, narrador y ensayista Félix Grande.

Con Félix y con su amable mujer y también poeta, Paca Aguirre, tuve la oportunidad de volver a América a través de la rememoración de una amistad común: la del gran Juan Carlos Onetti.

Hace ya muchos años que Félix Grande fue a Montevideo y logró sacar a Onetti de una cárcel donde lo había metido otra dictadura; otro disparate de la política que la literatura una vez más resolvía.

Acaso la política y la literatura tengan mucho que ver con las diferencias que Caracas y Cáceres mantienen entre sí en este vertiginoso siglo XXI.