La degeneración de la representación política (I)
El clientelismo político enraizado socialmente
José Emilio Muñoz *
A partir de las permanentes denuncias e investigaciones periodísticas relacionadas con manejos discrecionales de lo público, los medios de comunicación adoptan una dinámica recursiva que, en última instancia, se asemeja a una profecía autoincumplida: los líderes políticos de ATI-API utilizan el aparato estatal como una maquinaria destinada a satisfacer compromisos parapolíticos o personales y en donde la discrecionalidad frente a la administración de lo público parece ser la regla, más que la excepción. El "clientelismo político", en forma análoga, aparece como la manifestación más frecuente y deplorable de este conglomerado de CC-ATI-API con una "economía neoliberal y criollismo clientelar", acelerando aún más la espiral de descrédito del esquema de representación democrático. El clima subyacente que presenta este clientelismo es la sospecha permanente.
De esta manera, los demás líderes políticos, o todos aquellos que asumen como propia la actividad política, yacen de un modo permanente ante la opinión pública en el banquillo de los acusados: desde el más profundo escepticismo se alude a ellos como protagonistas activos o en potencia, de los más graves niveles de corrupción institucional. Desde este punto de vista, el clientelismo político irrumpe como una consecuencia de la irresponsabilidad y los intereses egoístas de los líderes políticos que gobiernan Canarias, más que como una grave anomalía social. Toda forma directa o indirecta de prebenda se esquematiza como una relación unidireccional que vincula a líderes políticos o sociales con capacidad operativa para usufructuar los recursos públicos, con una sociedad civil carente de oportunidades. Se produce así una relación de intercambio: favores por adhesiones electoralistas y, todo ello inmerso en el seno de una sociedad pasiva y dependiente.
La maquinaria electoral (que tan buen resultado ha dado hasta hoy a ATI-API), vigoriza su funcionamiento toda vez que disponen de múltiples recursos para la "compra" de votos, el chantaje social mediante las contrataciones temporales de jóvenes y mayores en periodos preelectorales con fondos europeos y las corruptelas. Los líderes irrumpen de este modo, como actores que articulan organizaciones políticas con alcance esencialmente insular o local. Cuentan para ello, con un séquito diseminado a lo largo y ancho de las administraciones gubernamentales, tutelado o administrado por "representantes" que, a cambio de un apoyo mercantilizado, resultan beneficiarios de determinados favores personales.
Como respuesta a tal descripción extremadamente esquemática y parcializada, suele surgir por parte de muchos ciudadanos, una profunda antipatía y rechazo. La noble actividad política pasa a ser considerada como el recurso más vil en materia de su asociación directa con la corrupción, al tiempo que todos aquellos que se abocan a ella son, como se sostenía anteriormente, corruptos activos o en potencia.
Conclusiones análogas pueden desprenderse del análisis del comportamiento electoral de muchas jurisdicciones. Pese a que los máximos dirigentes políticos suelen resultar objeto de las más profundas críticas, en muchos casos, estos terminan imponiéndose ampliamente en los sucesivos actos electorales, sin sospecha de fraude efectivo. De este modo, muchos personajes y personajillos políticos se entronizan legítimamente en términos electorales en los diferentes cargos electivos a lo largo del tiempo (15 años, 20 años), independientemente de la coyuntura política. ¿La perpetuidad en el poder sólo es producto de las artimañas electorales? ¿Puede deducirse falta de madurez política por parte del electorado? Probablemente responder de un modo categóricamente afirmativo a tales interrogantes implica incurrir en una simplificación excesiva.
A distancia, o desde determinados ámbitos mediáticos, el clientelis mo político es considerado como un profundo flagelo social, que corroe progresivamente los márgenes de autonomía política y el pleno derecho de los ciudadanos. Sin embargo, a escala reducida o específicamente en el espacio donde se producen las relaciones (clientelares), probablemen te esta, no sea la opinión predominante; al menos, en la profunda intimi dad de los ocasionales beneficiarios. Probablemente ello sea un indicador de la profunda brecha entre macro y micropolítica.
Aunque en este proceso de intercambio se establece una relación social desigual entre favores por adhesiones políticas o electorales, la cepa clientelar goza de gran fortaleza. Y tal vez, ello obedezca a la cultura política vigente en Canarias dentro de la cual no resulta preciso desembocar en discriminaciones por niveles socioeconómicos. No sólo los más postergados económicamente son objeto y sujeto de "clientelismo político". Lo que puede variar es el "producto" del intercambio, no el proceso en sí.
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Publicado en el periódico La Voz de La Palma