Del "Delfina Noya" a los cayucos
Wladimiro Rodríguez Brito *
E
n estos días de primavera estamos asistiendo entre el estupor y la incredulidad a una avalancha sin precedentes de inmigrantes africanos y pateras a las costas canarias, en especial, al sur de Tenerife. Un problema que sabemos es enormemente complejo y nada fácil de tratar de solucionar. Sin embargo, estas imágenes que impregnan nuestra retina me han recordado algunos sucesos paralelos que tuve la oportunidad de contemplar en mi niñez en La Palma. Y es que sólo en estas últimas décadas de "bonanza" económica es cuando los canarios no han tenido la emigración a otras tierras como opción para prosperar económica y socialmente.A finales de los años 40 y principios de los cincuenta, un barco velero recogía inmigrantes de forma clandestina para llevarlos hacia Venezuela, "la tierra prometida". Dicha embarcación deambulaba durante el día en alta mar, entre la Punta de la Gaviota y Punta Cumplida, y en el crepúsculo se acercaba a la costa para recoger a palmeros hacia el éxodo, junto con familiares que acarreaban agua y vituallas para el largo y difícil viaje. Aquel velero se llamaba "Delfina Noya", aunque también era conocido por el "Barco del Serrano", por el supuesto propietario, un hombre de Los Sauces. Este barco fue el segundo en cantidad de pasajeros clandestinos hacia América, con 230 almas, sólo superado por el "Nuevo Teide", con 280, según datos del historiador Néstor Rodríguez Martín, que constata que salieron entre 1948 y 1952 unos 70 barcos con más de 8.000 emigrantes sin papeles, unos 1.200 emigrantes al año.
Sin pretender hacer una crónica de la emigración pasada, hace más de medio siglo, sí que me parece necesario recordar estos hechos para afrontar lo que está ocurriendo hoy en nuestras costas. En aquella época apenas se alcanzaban los 600.000 habitantes en las siete islas, de los que una cifra aproximada de 8.000 hombres y mujeres huyeron clandestinamente en este tipo de barcos, sufriendo innumerables penalidades en una casi interminable travesía que llegaba en ocasiones a prolongarse hasta los 100 días. A los que alcanzaban Venezuela de esta guisa les esperaba el oprobio cuando no el encarcelamiento en cárceles y prisiones inmundas, como la de la isla de la Orchilla, o Guasina, un islote en la desembocadura del Orinoco, El Dorado o la tristemente célebre Triscornio, un siglo antes, en Cuba. En contra de la idea romántica de que todos los canarios emigrantes fueron recibidos con los brazos abiertos se encuentra la historia de los que fueron arrojados sin miramientos a fríos y húmedos calabozos. En un primer momento, con Rómulo Gallego, presidente democrático, se les trataba mejor, pero la instauración de la dictadura del general Pérez Jiménez empeoró radicalmente el trato que recibían estos emigrantes, que acabaron en estas frías cárceles, con la aquiescencia de Franco, que los contemplaba como sospechosos por sus presuntas ideas políticas.
La emigración africana agita nuestros viejos fantasmas. Sin embargo, no hay que perder de vista que lo que ahora ocurre viene de los actos de las potencias europeas de antaño, que repartieron el continente a diestro y siniestro, en una rapiña colonial sin precedentes. Las mismas potencias arramblaron y monopolizaron todos los recursos naturales, despreciando a la población indígena cuando no la esclavizaron directamente, de hecho o de derecho. Ninguna de las potencias coloniales trató de crear una estructura social o de formar a estos "súbditos de segunda", convirtiéndolos en meros receptores de los productos manufacturados de la metrópoli. En definitiva, que el desarrollo de buena parte de Occidente se basó en la explotación sin escrúpulos de todo lo que pudiera ser aprovechado de un continente. Ahora, nos llegan cientos, miles de africanos que quieren escapar del hambre y la miseria, y que quieren dar a sus hijos la esperanza de un futuro mejor, aun a costa de su propia vida. Eso es lo más terrible, que piensan que no tienen nada que perder. Si no entendemos este principio no entenderemos el problema en toda su magnitud y, por supuesto, estaremos muy lejos de dar una solución. Las soluciones pasan por la cooperación y la apuesta por el desarrollo de estos países. No existe otra fórmula, todo lo demás es alargar o retrasar el problema que se continuará incrementando día a día. Hora a hora. Entre los señores de la guerra en Liberia o ponerse a la cola para conseguir un incierto plato de comida en Nuakchott o Dakar, la opción está clara, la patera o el cayuco. Estos emigrantes son hijos económicos de la Europa más rica y señorial que sembró pobreza y "balcanizo" todo el territorio al Norte del Golfo de Guinea, creando países inviables, meras factorías coloniales, con un puerto y unos metros de costa, como Gambia, Togo, Benin o Guinea Bissau. Por otro lado, el problema se agrava por el avance hacia el sur del desierto y la aridez, la "Sahelización" de África, agravada unos modelos de vida desequilibrados; por ejemplo, el 50 por ciento de la población de Mauritania vive en la capital, una "bidonville" donde reina la podredumbre y la miseria, algo similar lo encontramos en la cercana Dakar, en donde se hacinan más de 2 millones de personas.
Quizás es por esa razón y por la experiencia de mi niñez, que contemplo los acontecimientos que se están desarrollando en nuestras aguas con indudable preocupación, pero también con la sensación de que debemos aprender de nuestro pasado para no repetir errores en el futuro. Es cierto que Canarias y su sobreexplotación del territorio, con dos millones de personas, ya no ofrece posibilidades para todo el que quiera venir. En definitiva, el problema se dilata y nadie lo enfrenta con rigor. Por otro lado, a los canarios no se nos puede pedir ya más solidaridad, cuando nuestra capacidad de acogida está desbordada ni se nos proporcionan medios suficientes para atenuar este grandísimo problema. Las pateras llegarán más a menudo y la gente continuará muriendo ahogada en medio de una sensación de indiferencia e incomprensión colectiva. Mientras tanto, la Unión Europea y el Gobierno de España miran para otro lado, o lo que es peor, están pendientes del fútbol o las regatas.
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Consejero de Medio Ambiente y Paisaje del Cabildo Insular de Tenerife