"LA DEMOCRACIA EN CANARIAS"
Carlos Lugo Sosvilla *
Estoy convencido de que la ciencia política ya está toda escrita y, como consecuencia, se ha llegado a la convicción de que la democracia es la mejor forma de gobierno. Atemperada por la idiosincrasia de cada colectividad y el medio físico en que habita. En la canaria y su archipiélago, hasta ahora ha sido un fracaso, más por falta de un estudio científico que de voluntad, creándose como indisoluble el llamado "problema canario", que dejaría de existir si se tratara con inteligencia, y falta por obnubilado egoísmo, que es el verdadero problema.
El título lo tomo de "La democracia en América", Alianza-Editorial-Ciencia política-edición 2002, la obra clásica por excelencia de la ciencia política, escrita en la lejanía de 1833, que ya en 1848 llegaba a la duodécima edición, de la que en su prólogo, Ángel Rivera, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, comienza diciendo: John Stuart Mili explica en su "Autobiografía" cómo la lectura de "La democracia en América", de Tocquevilla, transformó radicalmente sus concepciones políticas. De ser un firme partidario de la democracia pura esto es, de la democracia radical, "este libro le convirtió en partidario del gobierno representativo, es decir, la democracia liberal. Y en qué consiste la diferenciación, se preguntan, siendo fácil de explicar y explicarme: la primera, valora sólo los derechos igualitarios de gobierno de mayoría, la segunda protege los individuales, sean personas físicas como jurídicas o entes geográficos, nacionales, regionales o insulares, armonizándolos el arte de un buen gobierno. "Los rasgos sombríos de la sociedad democrática, descritos por Torqueville como tiranía de la mayoría, son los que hicieron que John Stuart Mili vacilara en su fe democrática radical", continúa el prologuista, que concluye: "Los remedios, sin embargo, no pudieron complacerle más, pues las malas inclinaciones de una sociedad democrática se curan, para Tocqueville, con las herramientas de la democracia política liberal: gobierno limitado y responsable, división de poderes, descentralización y, sobre todo, una sociedad civil activa que, por medio de sus asociaciones, haga que los individuos aislados y atomizados ante el nuevo Leviatán se doten de la fuerza necesaria para contenerlo". ¿No nos trae al recuerdo como ejemplo, el Archipiélago canario, donde la autonomía por añadidura, habría que sumarla a las antes enumeradas herramientas de la democracia liberal?
Estando la ciencia política tan avanzada y perfectamente estudiada desde la primera mitad del siglo XIX, hacer inventos de imponer la desusada democracia pura o radical de la tiranía de la mayoría ¿por qué de población como entidad única y no de identidades morales insulares? ¿Es que la tiranía de la mayoría es la que ejerce su imperio en la democracia autónoma de Canarias? Esa democracia de rasgos sombríos, la ciencia política la tiene condenada e históricamente muerta, por lo que el tratar de resucitarla no es propio de ninguna clase política responsable.
Si en Canarias se tuviera la inteligencia necesaria, que su falta ha sido en realidad su problema, lo que hay que hacer es estudiar las lecciones que la ciencia política y la historia tienen dictadas, y dejarse de querer presentar como nuevos inventos los que ya han sido desechados, como el del que quiso asar la manteca. ¿Porque no me digan a estas alturas de la fiesta autonómica de Canarias, que va para treinta años, donde un sistema electoral de triples paridades, lo más logrado e inteligente de su régimen autonómico, es necesario cambiarlo a la búsqueda de la tiranía de la mayoría de las islas autollamadas mayores y capitalinas, sobre un mayor número mal llamadas menores y decapitadas? ¿No es más racional y lógico a la luz de la ciencia política clásica, perfeccionarlo, siguiendo el ejemplo enseñado por "La democracia en América", como de seguro se hizo por los redactores del tratado por el que se establece una Constitución para Europa?
Cuánto parecido tienen las dobles cámaras de los Estados Unidos con la única mixta de la "Constitución para Europa", que vienen a significar lo mismo: doble representación poblacional y territorial, sean Estados federales como nacionalidades, sea el de Nueva York con cuarenta diputados y dos senadores, como el de Delaware, con sólo un diputado y los mismos dos senadores, sean Alemania y Francia, como Malta y Chipre, con representación igualitaria de sus gobiernos y desigual conforme a sus poblaciones.
Desde luego y repito, sin que trate de ofender a nadie, por estar ejerciendo un derecho a la libertad de expresión que la Constitución española consagra, que en Canarias lo que falta es inteligencia, y lo que sobra es ignorancia, no necesita demostración, pues con oír afirmaciones tan peregrinas como que la democracia es el gobierno de la mayoría (PP), y que con esa inventada "lista autonómica" va a lograrse hacer del archipiélago canario un pueblo único y unido (PSOE), ¿y por qué no continental?, si no fuera por lo serio del problema, lo que mueve es a risa. Explica que los máximos hitos de la historia política de Canarias nos han venido de fuera, del Madrid tan despreciado por su centralizado poder, mandadas por Bravo Murillo con la Ley de Puertos Francos de 1851, y por Canalejas con la de Cabildos de 1912, en la que muchos tuvieron que ver el palmero Pedro Pérez Díaz y el majorero Manuel Velázquez Cabrera, qué casualidad, ambos naturales de las "islas menores". Y lo poco acertado que si hiciera por la apasionada defensa del palmero Acenk Galván González y el herreño Federico Padrón Padrón, debidamente insuflados por este otro palmero escribidor, ¿otra coincidencia?, también de las "islas menores", que fue la formación del Parlamento por la triple representación paritaria, es un clavo en los zapatos que desde entonces no deja de molestar a tanto "erudito a la voleta" que se pretenden políticos autonomistas, demostrando a las claras que el móvil determinante es de carácter hegemónico, causante de la triste historia política de Canarias, donde llueve sobre el mojado techo ya decrépito de los tan repetidos "problema canario" y "pleito insular".
Lo que muchos ignoran es que la representación paritaria entre las islas mayores y las que vamos a seguir llamando aunque repugne, "menores", vigente para el Parlamento de Canarias Autónoma, ya la establecía la Ley de Cabildos de 1912, para la representación a Cortes de la Monarquía, con un distrito en la de Tenerife y Gran Canaria para la elevación a tres diputados, y otro en cada una de las restantes cinco. En el ámbito del Archipiélago que formaba la provincia única de Santa Cruz de Tenerife, la representación era paritaria entre las islas occidentales, pero en las orientales, que todavía no constituían una segunda provincia, esa paridad se rompía seguro que por lo de Gran Canaria, que con sus tres diputados, superaba a los dos de Lanzarote y Fuerteventura. Pero algo es algo, porque hasta entonces, sólo La Palma tenía la representación de un diputado, que con los de Tenerife y Gran Canaria, como islas de realengo, asistieron a las Cortes de Cádiz, con un diputado por las islas de señorío, que las propias Cortes abolió, o sea, que hasta pasado un siglo, en 1912, las isla de Gomera, Hierro, Lanzarote y Fuerteventura no contaban con representación a Cortes de la Nación.
Pero curadas del señorío cayeron en lo de menores, a las que vino a sumarse La Palma, que triste y sola se encamina al ostracismo. Y como de paridades se trata, el hacerlo desde los conceptos políticos que Tocqueville expone, fundamentando la democracia en los Estados Unidos, aunque la generalice al continente, pese a cuanto difieren la América de George Washington y la de Simón Bolívar, que de aceptarse en Canarias, con una democracia todavía en pañales, se llegaría a conclusiones de derecho político comparado, entre el constitucional y el estatutario, que si sustituimos Estados federales por Cabildos insulares, y cámara doble por única mixta, el resultado y parecido sería de película, no apta para los autonomistas menores de edad, que no tiene otra dialéctica para defender a muerte la mayor aberración que contra la democracia puede cometerse en Canarias, que el atrevimiento del ignorante. Y para que me escuchen lo digo muy claro y alto: o se respeta el actual sistema electoral o si se cambia en otra dirección que lleve a la "tiranía de la mayoría" poblacional, se entiende hay que establecer el Parlamento mixto o la doble cámara, porque a Canarias no sólo puede asestar una puñalada trapera a su democracia liberal. Y hago referencia a sus siete islas, al no ser discutible el "axioma de la ciencia política y verdad demostrada, el dividir la acción legislativa", como la democracia, que la es para todos los españoles "iguales ante la ley". Lo que les ciega ver, el egocentrismo de los socialistas y populares canarios y tinerfeños, cuyos líderes máximos no se dignan ni a acusar recibo de las instancias que les hago para discutir democráticamente el tema cara al público, o sea, prensa, radio y televisión.
Expone Tocqueville: "[...] cuando se quiso establecer la constitución federal, dos intereses opuestos se encontraron frente a frente. Estos dos intereses habían dado origen a dos corrientes de opinión: Los unos querían hacer de la Unión una liga de Estados independientes, una especie de congreso al que los representantes de distintos pueblos acudieran a discutir los puntos de interés común. Los otros, pretendían reunir a todos los habitantes de las antiguas colonias en un solo y mismo pueblo, y darles un gobierno que, aun siendo limitada su esfera, pudiera obrar dentro de ella como único representante de la nación. Las consecuencias prácticas de estas dos teorías eran muy diferentes. Así, si se trataba de organizar una liga y no un gobierno nacional, correspondería a la mayoría de los Estados hacer la ley, y no a la mayoría de los habitantes de la Unión. Porque cada Estado, grande o pequeño, conservaría entonces su carácter de poder independiente y entraría en la Unión en pie de perfecta igualdad. Y por el contrario, si se consideraba a los habitantes de los Estados Unidos como un solo y único pueblo, era natural que fuese la mayoría de los ciudadanos de la Unión quien hiciera la Ley. Se comprende que los Estados pequeños no pudieron consentir en la aplicación de esta doctrina sin abdicar por completo de su existencia, en lo que se refería a la soberanía federal, ya que de potencia correguladora se convertían en fracción insignificante de un gran pueblo. El primer sistema le hubiera dado un poder desmesurado, el segundo, los anulaba. En este estado de cosas, sucedió lo que siempre suele ocurrir cuando los intereses están en oposición con la razón: se forzaron las reglas de la lógica. Los legisladores adoptaron el término medio que conciliaba por la fuerza dos sistemas técnicamente irreconciliables. El principio de independencia de los Estados triunfó en la formación del Senado; el dogma de la soberanía nacional, en la composición de la Cámara de Representantes. Cada Estado tuvo que enviar dos senadores al Congreso y un cierto número de diputados proporcional a su población".
Como tanto desacierto reinara en la historia política de Canarias, posibilitó que se hiciera crónico el creado "problema canario", y que poco o nada se estudiara a Alexis de Tocqueville ni su posible aplicación práctica en Canarias, lo que "mutatis mutandi", si donde dice Estados Unidos se pone Archipiélago Afortunado Autonómico Canario; en principios de independencia de los Estados, Autonomía de las Islas; principio de soberanía nacional por autonomía regional y, por último, Cámara de representantes y Senado, se sustituye con Parlamento de Diputados y Comisión de Cabildos, si como dice Lope de Vega en el soneto que le mandó hacer Viólate, contar los versos del Estatuto que la ciencia política manda, y está hecho, y por ende "La democracia en Canarias", tan propiciada y poco alcanzada. ¿Por qué tanto se olvida por los redactores del nuevo Estatuto, que la Constitución española establece que "Las Cortes Generales representan al pueblo español y están formadas por el Congreso de los Diputados y el Senado", siendo el primero de representación popular proporcional a la población, y el segundo "es la Cámara de representación territorial"? ¿Cómo cabe una insensatez que rompa un principio de paridades, que han querido reconocer las territorialidades insulares, valoradas cuantitativamente, para formar una Cámara de democracia liberal donde no impere la "tiranía de la mayoría"?
Mal sigo viendo la historia "del problema canario" para que comience la democracia liberal autonómica y el apelativo de Islas Afortunadas no sea un género sino una categoría.
Para rebatir toda crítica, que de antemano admito y deseo se produzca, para, al decir de Tocqueville "cuando los intereses están en oposición con la razón" se fuerzan las reglas de la lógica, si la solución bicameral tanto valió para hacer la gran nación norteamericana y al igual instituye la Constitución española, sirviendo de fundamento para introducir la mixta en las naciones europeas, aprovechar la doctrina de Tocqueville es lo procedente, y a los que quieran discutirla los remito a que lo hagan con ella. Y uno de sus párrafos, "in extenso", no puede dejar de transcribirse: "El tiempo y la experiencia han enseñado a los americanos que la división del poder legislativo sigue siendo una necesidad ineludible. De todas las repúblicas de la Unión, sólo Pensilvania hizo un ensayo para instituir una asamblea única. El mismo Franklin, dejándose arrastrar por la soberanía del pueblo, contribuyó a esta medida. Pronto hubo de cambiar la ley e instituir las dos cámaras. El principio de la división del poder legislativo recibió así su consagración definitiva; desde entonces procede considerarse como una verdad demostrada la necesidad de dividir la acción legislativa en varios cuerpos. Esta teoría, en la práctica, ignorada por las repúblicas antiguas, introduce en el mundo casi por necesidad -como la mayoría de las grandes verdades- y desconocida por muchos pueblos modernos, ha acabado como axioma de la ciencia política de nuestros días". De lo que se infiere que en Canarias no se entienda ni el ideal demoliberal y menos la autonomía que le es congénita.
Pero no se encuentra en Tocqueville ninguna teoría que solucione la problemática de los partidos políticos dentro de un régimen autonómico con la peculiaridad del canario, que si en la España de las Autonomías parece resolverse para las nacionales impartiendo funciones con los de cada una, en las Canarias imperan sobre unas islas las centrales radicadas en otras, con mayorías y poder concentrado y centralizado, aspiraciones hegemónicas e intereses por lo general antagónicos. Y como el que paga manda y la clase política se ha hecho burocracia, se contempla el desmoralizador espectáculo de verla tirar piedras contra su mismo tejado: unos partidos independientes y otros dispendios, con la democracia liberal quedando malparada. La autonomía de cada partido que no sea de ámbito insular, tiene que imperar en cuanto se quiera que la de Canarias sea una Comunidad Autónoma, pues la suma de las autonomías insulares la hacen. Comunidad, en su acepción política, gramaticalmente significa "puesta en común de intereses, personas, bienes y derecho". Toda supeditación disciplinaria que no sea de acatamiento a la Ley mal se conjuga con el derecho a la autonomía, que también política, gramatical y morfológicamente, tiene como propio significado el de libertad para regir los propios intereses. Porque si mal se puede negar que en todo archipiélago cada isla es distinta y distante, teniendo intereses propios, los partidos políticos no pueden ignorarlo. En Canarias sobra toda autonomía, quedada en pura entelequia, si no se disfruta por igual por el todo y por sus partes, por sus representantes en el orden nacional y en el de su periferia, los partidos políticos, que si expresan el pluralismo ideológico, han de ser democráticos, y nunca defender intereses politocráticos, ni que contraríen los económicos, sociales y políticos que le son propios al pueblo y sus habitantes representados, así sean islas mayores como pequeñas, que "ante la ley todas son iguales", como si de personas se tratara.»
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Publicado en el periódico El Día-La Prensa, 24 junio 2006