Democracia pura, democracia liberal y democracia de partidos (I)

 

Carlos Lugo Sosvilla *

Que la democracia es el gobierno del pueblo hay que darlo por sabido. Su propio nombre así lo define. Pero la contrariedad surge si se pregunta qué es el pueblo.

Si la democracia es una forma de Estado donde la voluntad colectiva hace el orden social, la colectividad, sea de dirigencia como de dirigidos, forma el poder del Estado, con la expresión más popular del gobierno del pueblo por el pueblo. Así que la democracia, el pueblo, como pluralidad se reduce a una unidad, no como masa de hombres, sino como sistema de individuos regidos por el ordenamiento jurídico del Estado. De ahí que sea una ficción pretender reemplazar la pluralidad de colectividades personalizadas por una integridad con naturalezas distintas.

El más grave reto que aqueja hoy a la democracia es el enfrentarse a las mayorías al decirse que a más votantes, mayor representación. Que los muchos pesan más que los pocos, rompiendo el principio constitucional de la igualdad. No existe democracia real si sólo la rigen las mayorías, sin dejar a las minorías espacio de libertad y ámbito de ejercicio que les permita acceso alguno al poder. Un poder constante de la mayoría conduce a la dictadura, sea del proletariado como de territorios de mayor población sobre los de menor habitación, reducidos a una vida política puramente vegetativa. Resulta inútil para la formación de la voluntad colectiva, denominada pueblo soberano, desposeyendo a su vez a la mayoría de su carácter conceptual, pues mal puede serlo mayoritario sin refrendarse con minorías. Así, el principio "de mayoría" preconizado en la democracia pura queda desautorizado por la liberal, donde se arbitran garantías correctivas para que el gobierno del pueblo no sea privilegio de las masas. Y cuando se trata de identidades colectivas, la vara de medir no puede ser la misma, según el tamaño de población de la entidad medida.

De la democracia liberal nos dice Ángel Rivero, de la Universidad Autónoma de Madrid, prologando la primera edición en "Área de Conocimiento. Ciencias Sociales" 2002, de la quinta reimpresión en 1998 -primera edición de "La democracia en América", de Alexis Tocqueville-, que John Stuart Mill explica en su "Autobiografía" cómo la lectura de dicha obra "transformó radicalmente sus concepciones políticas. De ser un firme partidario de la democracia pura, esto es, de la democracia radical, este libro le convirtió en defensor del gobierno representativo, es decir, de la democracia liberal". Adentrados en la lectura de lo que Tocqueville expresa de la misma, referida no a la América continental o Nuevo Mundo, sino a la del Norte, propiamente denominada Estados Unidos de América, la que tanta obsesión antinorteamericana despierta -a decir de Jean-François Revel- a los viudos del internacionalismo marxista, hoy apuntados al islamista, pero que para Tocqueville, desde que publicara la primera edición de la primera parte de su obra en 1835, significaba la llegada de la sociedad democrática. "Los rasgos sombríos de la sociedad democrática, descritos por Tocqueville como tiranía de la mayoría, son los que hicieron que John Stuart Mill vacilara en su fe política democrática radical. Los remedios, sin embargo, no pudieron complacerle más, pues las malas inclinaciones de una sociedad democrática se curan, para Tocqueville, con las herramientas de la democracia política liberal", termina su Prólogo el profesor Ángel Rivero.

Se exige detenerse a estudiar en Tocqueville cuáles sean esas malas inclinaciones de una sociedad democrática y las herramientas necesarias para su curación. Desde luego, la democracia liberal. Cómo la explica: "Un conglomerado inmigratorio de las varias procedencias europeas, bajo el imperio británico, pobló los grandes espacios norteamericanos, formando colonias que, como inmediato fin, se propusieron sacudir el yugo de Inglaterra, pero, como en general comulgaban la misma religión, lengua, costumbres y casi las mismas leyes, y lucharon contra un enemigo común, tenían sobradas razones para su unión formando una misma nación. Mientras duró la Guerra de la Independencia , prevaleció el principio unitario, mas, tan pronto como reinó la paz, cada colonia se arrogó una propia soberanía, pugnando dos tendencias opuestas: la de unión y otra divisionista".

La debilidad de las independizadas trece colonias angloamericanas convertidas en repúblicas independientes les hizo comprender el peligro que las amenazaba hasta el punto de poder perecer, lo que les impuso apelar al poder constituyente, elevándose la imaginación de los habitantes al supremo momento de abdicar el poder nacional en favor del gobierno de los Estados, siendo el federal la excepción.

Como malas inclinaciones de una sociedad democrática, se muestra por Tocqueville "la oposición entre intereses, que dieron origen a las dos corrientes de opinión, queriendo unos hacer de la Unión una liga de Estados independientes, pretendiendo los otros reunir a todos los habitantes de las antiguas colonias en un solo y mismo pueblo, siendo muy diversas las consecuencias prácticas de estas teorías. Si de una liga se tratase y no un gobierno nacional, la mayoría de los Estados harían la ley y no a la de los habitantes. Si se consideraba a los habitantes como único pueblo, su mayoría hacía las leyes. Los Estados pequeños no podían aceptar tal doctrina en lo referido a la soberanía federal, ya que los colegisladores se convertían en fracción tan insignificante que los anulaba".

Fuente: El Día