Democracia
pura, democracia liberal
y
democracia de partidos (y II)
Carlos
Lugo Sosvilla *
La
independencia de los estados no se consiguió en el Senado, al que cada Estado
enviaría dos senadores, y el dogma nacional, en
Los
partidos políticos son de reciente constitucionalidad, siendo en España la
vigente la que les hace un reconocimiento expreso, centrando en ellos el
pluralismo político y estableciendo la libertad de creación. En todos los regímenes
demoliberales, son la base de la democracia representativa, aunque mucho hacen
dudar de que lo sean de la liberal, al desplazar de hecho al pueblo como
verdadero sujeto de toda soberanía. La ficción de la representación que los
partidos políticos asumen, haciendo de los Parlamentos lugartenientes de los
diputados, hacen que la democracia sea propiamente de partidos y no del pueblo.
El no recibir los diputados mandato imperativo de sus electores, pero sí de los
partidos en que militan, con el añadido de la disciplina, funda la democracia
en un engaño desde el punto de vista de la soberanía del pueblo,
desapareciendo la "esencia y valor de la democracia", como titula Hans
Kelsen su universal tratado.
"La
abrumadora financiación pública de los partidos presenta una cara positiva y
otra negativa", nos dice el tratadista Torres del Moral, y la negativa, del
mayor interés, reside en que están cada vez más dentro del aparato estatal,
en definitiva componiendo una duplicidad funcional en la que los cargos viven
bajo el yugo de una disciplina en la que les va en juego sus medios de vida,
siendo esa disciplina sumamente alta en España, al contrario que en Estados
Unidos. Y no se presenta otra alternativa que las limitaciones en acumulación y
temporalidad, para hacer de la política una función vocacional capacitada y no
un refugio de incapacidad. Que los partidos políticos sean expresivos de interés
generales, no que el egoísmo sirva de base de los mismos en sus niveles del
Estado y de los individuos que los forman.
Si
las enunciadas figuras de democracia las reducimos de escala y aplicamos al
Archipiélago canario, a las claras se comprendería la inopia política en que
vive, al no saber distinguir en su régimen autonómico si se trata de una
democracia pura, liberal o de partidos. Y no se precisa ser muy docto en ciencia
política para diagnosticar sin ambages que la democracia en Canarias ha
llegado, en sus treinta y cinco años de vida, a convertirse en arquetípica de
la de partidos. Con las paridades se quería lograr que lo fuera liberal, sin su
Parlamento sometido a la dictadura de la mayoría, pero los partidos se han
quedado como personajes únicos en la escena política. Y si al centralismo
capitalino le suma y sigue el de los partidos, un monstruo como el del lago Ness
ha salido a la superficie en la palestra política canaria.
No
cabe negarse que la democracia moderna descansa en la organización de partidos
políticos, aunque no es menos cierto que la poquedad de su afiliación, junto
al abstencionismo electoral, les hace poco representativos de la sociedad civil.
Contados dirigentes imponen la dirección sobre los más que, sin opinión ni
criterio, obedecen por interés egoísta y no altruista. ¿Se comprende en
Canarias que diputados elegidos en la circunscripción de una Isla aprueben dócilmente
disposiciones legislativas en manifiesto agravio de la propia y beneficio de
terceros?
Cierto
que en España se exige nueva ley electoral, y desde esta lejana voz, sin querer
incurrir en tautología, repito muy alto que para Canarias tiene que ser
distinta, por tratarse de un archipiélago, y no de esa virtual región tan
viciadamente dicha por la profesión plumífera. Y por archipielagista y
archipielar, sujeto y objeto gramatical del sustantivo archipiélago. La unidad
ideológica no puede ir en menoscabo de las peculiares condiciones e intereses
que existen en todas y cada una de las siete islas. Sólo se compaginan:
"Caldera de Taburiente/Crisol del Teide gigante", como canta la folía.
Merece
el Archipiélago de las Islas Canarias que se considere en serio su organización
política autonómica y su democracia, donde la autonomía en Canarias esté
a la par con la de Canarias. Y mejor se explica con un silogismo: si la
premisa mayor es el Estado de las Autonomías, y la menor la canaria, la
conclusión o tesis, que someto al leal saber y entender del auditorio sería Canarias
de las Autonomías, al conformarse por islas autónomas. O sea, el Estado de
las Autonomías es a
Si
tuviera edad para ser profeta, predicaría la profecía del Reino de Canarias,
que perteneciera a Diego de Herrera e Inés Peraza, vendido en sus islas
principales inconquistadas a los Reyes Católicos Isabel y Fernando y las
restantes a la abolición de sus señoríos por las Cortes de Cádiz. Que hoy
reinara don Juan Carlos I no sería nada malo, al hacerse inimaginable una república
bicapitalina nacional y bicéfala presidencial, pero sí un Reino en comunidad
de naciones con España, ya que a Canarias no le faltaría personalidad política
y personería geográfica internacional para ser Estado soberano.
Fuente: El Día, 9-08-2007