DE LA HISTORIA SILENCIADA
DE POLÍTICA REVOLUCIONARIA
Nicolás Estévanez y Murphy*
Algunos la practican en la oposición, pero si consiguen el poder la olvidan. El mundo, que no se acuerda de los precursores y propagandistas, inmortaliza a los ejecutores. Y es porque la sociedad no recibe un beneficio inmediato, no ve un resultado palpable de lo que se predica, sino de lo que se ejecuta. Los hombres de acción que en el gobierno realizan grandes cosas merecen alabanza, por el mérito de no haber sido tímidos, egoístas y calculadores como suelen hacerlo en el poder los políticos; pero aún más dignos de loa son los que en ambiente hostil propagaron las reformas o las revoluciones por aquellos realizadas.
Mendizábal es digno de la inmortalidad por haber iniciado prácticamente una revolución, no consumada todavía; pero más la merecen los que durante un siglo habían predicado la necesidad de la desamortización, creando laboriosamente una opinión y formando con sus propios argumentos la del propio Mendizábal.
Como este ejemplo pudieran citarse muchos, que servirían para probar una cosa: la necesidad de distinguir en las épocas de propaganda a unos políticos de otros. Unos dicen lo que piensan, lo que sienten, lo que quisieran ver ejecutado, y lo dicen -lo decimos- sin eufemismos, sin escrúpulos, desinteresadamente: sembrando para que otros recojan.
Y los otros, los que aspiran al Poder, realizarán tal vez aquellas cosas que se van lentamente propagando; pero no lo dicen, no pueden decirlo, porque jamás triunfarían si no se mostrasen como es la sociedad, es decir, conservadores. Todas las sociedades son conservadoras por instinto de conservación. ĦEl instinto de los animales!.
Quien no se muestre más o menos conservador, no llegará al Poder. Jamás, en ningún tiempo ni en país alguno han obtenido el Poder los hombres más avanzados. Para que la sociedad permita que la gobiernen hombres o partidos liberales, es menester que la asusten otros partidos u otros hombres más liberales todavía. En el reinado de Isabel II gobernaron alguna que otra vez los progresistas porque asustaban los demócratas; hoy gobierna en Francia hasta los socialistas porque hay ácratas. De todas maneras, no es envidiable suerte la de los hombres que aspiren a gobernar. Se ha dicho que gobernar es prever, o resistir, o enseñar: no faltan definiciones; para mí, lo he dichpo varias veces, gobernar es deshonrarse: no se gobierna sin atropellar a alguien, no se aspira siquiera a gobernar sin valerse de la simulación. Esto puede perdonársele al que, logrado el Poder, realiza de veras una revolución, y el mundo entero se lo agradecerá más que a los preparadores, a los propagandistas, a los mártires y a los apóstoles; pero esto no quita que el progreso Universal deba más a los precursores y a los utopistas que a los prácticos, a los oportunistas y a los gobernantes.
Para gobernar es preciso tener mucha previsión y, en cierto grado, ser conservadores; lo malo es que el público se engaña algunas veces: tiene por conservadores a los insensatos y por revolucionarios a los previsores. En el período liberal de 1820 a 1823 se tuvo por infames demagogos a los progresistas "exaltados", aquellos que pedían el destronamiento del monarca, lo que hubiera librado a la nación de varias guerras civiles y de sus consecuencias. En las consecuencias andamos todavía y no sabemos cuando acabarán.
El día que triunfe la revolución, los hombres que la hagan o los que hayan de gobernar entonces, harán o querrán hacer las cosas "a medida". Tengan en cuenta que toda acción engendra reacción; si la acción es tímida no dejará huellas. Inspírense en los hombres de la revolución francesa. En la cuestión religiosa, por ejemplo, no querían más ni menos que la libertad de cultos; si se hubieran contentado con establecerla, cuando se produjo la natural reacción se hubiera restablecido la unidad católica. Por eso los revolucionarios prohibieron todos los cultos, persiguieron a los católicos, proclamaron la diosa Razón y la inevitable reacción, ésta suprimiera la extravagancia y estableciera la libertad de cultos: precisamente lo que deseaban los revolucionarios.
Si nuestra revolución -la futura- no hace más reformas que las prometidas en los diversos programas, todas ellas serán abolidas por la reacción siguiente; si se quiere que perduren, es preciso en los primeros instantes multiplicarlas por diez. O por diez mil.
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Nicolás Estévanez nació en Canarias en 1838 y murió exiliado en París en 1914.