Derechos humanos e hipocresía
Juan Jesús Ayala
Parece que estamos en la era de los derechos humanos por lo mucho que se les invoca y por lo mucho también que los pasamos por encima sin hacerles ni caso. La Declaración de los Derechos Humanos fue aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas en 1948 sin ningún voto en contra. Consta de un preámbulo y un largo trayecto de 38 artículos donde se reflejan la retahila de determinados derechos políticos, sociales y hasta individuales.
Y sobre estos derechos, su intencionalidad y su aplicación es ya un hazmerreír porque en pocos sitios, y cuando ha lugar, se ponen en práctica y cuando no, se desoyen del todo. Se veja y se maltrata no sólo desde la vertiente moral como la propiamente física y no digamos, la intelectual. La mayoría de los países, en su momento, votaron a su favor, pero esa mayoría en la actualidad hace todo lo contrario de lo que voto.
Hay países que se consideran paladines del mundo civilizado, pongamos como ejemplo los EEUU, en donde la ausencia de estos derechos es manifiesta y se ve como esta nación como potencia mundial que es, hace lo que le viene en gana y en algunos países fuerzan su aplicación y en otros, caso Israel, se le ríe la gracia del genocidio que infligen al pueblo palestino.
Ciertos países comunistas, Suráfrica y Arabia Saudí no jugaron a la hipocresía y, al menos sin darse golpes de pecho han tirado por la calle de en medio y se abstuvieron en su momento de ir por el respeto de los derechos humanos. Y hoy en el seno de las Naciones Unidas su Asamblea General está constituida por una mayoría absoluta de dictaduras manifiestas o veladas.
Se sabe que cerca de las cuatro quintas partes de la población mundial vive bajo condiciones que son un verdadero insulto a la retórica que acompaña a esta Declaración. Y sabemos también que año tras año se suman millones de personas cuyas perspectivas vitales sociales y humanitarias están muy por debajo que la de sus padres.
Ante esto todas las arrogantes declaraciones de las Naciones Unidas suenan a hueco y son de una arrogancia fallida y hasta ridícula si se quiere.
Ante el desarrollo e implantación de la hipocresía de la que hacen gala la mayoría de los países subscriptores caben algunas preguntas: ¿Sirven para algo los derechos humanos? Si no son respetados por los que tienen autoridad y poder, ¿qué se puede esperar, si no hoy, mañana de los menesterosos, de los oprimidos y de aquellos convertidos en actores sociales ante una posible revuelta en la que no tienen nada que perder?
Cuando las guerras continúan y las opresiones no dejan de manifestarse y cuando la degradación humana está propiciada por aquellos que se erigen en guardianes de la Humanidad, podrá suceder cualquier cosa. Tal como acontece en Francia, lo que ahora se silencia, o imprevistas maniobras ciudadanas que convertidas en revuelta pueden virar las calles al revés, que no sólo pondrá colorados a muchos por no saber frenar lo que les viene encima; o como ante lo imprevisto, como le pasó a Bush cuando el atentado de las Torres Gemelas salen corriendo en busca del bunker, olvidándose de ese pueblo del que tanto dicen les desvela y preocupa.
Y con ello han surgido en el panorama un sinfín de conflictos locales que funcionan como verdaderas guerras civiles y si anteriormente era sólo África el continente que convulsionaba o America Latina y nos parecía que lo que acontecía nos era lejano, que no iba con nosotros, que era una imagen más de las que nos suministra la televisión, ahora esa guerra civil vive con nosotros, lo que hace que nos quedemos perplejos, sin dar respuestas, y no sólo porque carezcamos de ella, sino poique no se ha preparado desde la escuela -un puro fracaso- y desde una sociedad decadente a salir del atolladero.
Y el atolladero nos engulle, nos despersonaliza y nos ha situado a los pies de los caballos.