Derecho a la vida
Félix Martín Arencibia
Siguen
los días azules destilando tristezas navideñas sobre algunos humanos atrapados
en el consumismo. A Bencomo Marrero, el viejo
profesor, a su edad no le afectan dichos virus consumistas. Medita mirando a
las cumbres soleadas de las Islas sobre el derecho a la vida que tan poco se
respeta en este planeta hostil.
Todos
los días, desde comenzó la guerra, en Irak se atenta contra ese derecho. ¿Cuántos
han muerto? Se saben que superan los 3.000 los soldados fallecidos al servicio del
imperio, muchos de ellos hijos de familias inmigrantes, pobres que poco les
importan. Sin duda, los iraquíes muertos han sido innumerables, se tendrían que
multiplicar muchas veces las bajas estadounidenses. Habría que añadir a ello
las secuelas de la radioactividad y otros componentes bélicos que durarán
muchísimos años.
También
se ha atentado contra el derecho a la vida de Sadam
Hussein, contra los kurdos a los que él masacró,
contra los iraníes e iraquíes en la guerra que desató contra Irán, apoyado por
respetables y democráticos mandatarios occidentales. Sin embargo, se les
respeta a presidentes de imperios y multinacionales que por codicia generan
guerras contra seres indefensos en países que creen en peligro sus intereses.
También se le ha respetado a dictadores como Franco, Pinochet
y muchos otros del resto del planeta. Estos no dudaron en mandar a ejecutar
y represaliar a miles de sus paisanos, siempre
apoyados y tolerados por los gobiernos de los países administradores de las
esencias más puras de democracia. Concretamente en nuestro Archipiélago se le segó
el derecho a la vida a muchos de nuestros familiares estando bajo la bota del
dictador español.
Piensa
Bencomo que el derecho a la vida tiene que valer para todos sin excepción, pues
es uno de los dones más sagrados que tenemos los seres humanos. No podemos
olvidarnos del pueblo checheno, el kurdo, el palestino
ni ningún otro del planeta dónde se asesina impunemente. Ningún tipo de terrorismo,
incluido el estatal, puede y debe atentar contra ese valioso derecho. Tenemos
además a los que mueren por hambre o enfermedades curables a causa de las
políticas económicas depredatorias de los llamados
países ricos. ¿Se puede mejorar en esta situación? ¿Son inevitables tantas muertes?
-se pregunta el viejo profesor-.
Seguro
que si todos arrimamos el hombro, si denunciamos los atropellos, si aportamos
soluciones, si renunciamos a alguna de las comodidades de las que disfrutamos podremos
vivir en un mundo mejor. El derecho a la vida se respetaría mucho más con la
colaboración de todos en la consecución de un planeta más justo. Mientras
Bencomo medita en todo esto, evoca unos versos de nuestro escritor Santiago
Gil (Canarias, 1967) de su poemario Tiempos
de Caleila:
No somos tan canallas /cuando aún los pájaros nos
cantan / y amanece...
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