¿Desinterés por la política?

Fidel Campo Sánchez

Cada día nos interesa más la política y, por el contrario, nos sentimos más lejanos de los partidos políticos. Y comprobamos no ser nada originales en esta postura compartida por la generalidad.

Claro que a la gente le interesa la política. ¿Cómo no le va a interesar el precio de la vivienda, el problema del terrorismo, la pandemia de la corrupción, la contaminación, el desempleo o los trabajos basura, el anárquico desarrollo urbanístico, la inseguridad ciudadana, la llegada de inmigrantes, el funcionamiento de las escuelas, la atención a los ancianos, las desigualdades sociales y un largo etc.? A lo que cada vez más personas estamos dando la espalda es a la pelea sin tregua de los partidos políticos, al golpismo técnico de una derecha que al no contar ya con los apoyos del Ejercito enerva a masas poblacionales contra la Justicia, el Gobierno que ganó unas elecciones para intentar recuperar la pérdida de unas elecciones ganadas legítimamente por los socialistas.

A la población nos irrita y desconcierta la descalificación permanente que los de un partido hacen del contrario. La práctica diaria del insulto constante provoca malestar, cansa. El ciudadano de a pie observa con demasiada frecuencia un espectáculo feo e ininteligible. La población se pregunta estupefacta: ¿Cómo es posible que los partidos no se pongan de acuerdo frente al terrorismo? ¿No deberían coincidir todos en el interés por acabar con la corrupción urbanística? ¿Cómo se puede entender que ante los grandes retos que tiene la sociedad no aúnen sus esfuerzos? Y muchos concluyen con unos juicios peligrosos: «Todos los políticos iguales», «los partidos no se ocupan de los problemas de la gente», «ni entendemos ni nos interesa eso de lo que hablan».

La participación en el referéndum sobre la reforma del Estatuto andaluz ha sido la más baja de la historia de esa comunidad: se ha abstenido el 64% de la población. La Encuesta Social Europea indica que en la nacionalidad Canaria somos,, los que menos interés tenemos sobre la política. Además, se pone de manifiesto que tenemos muy poca confianza en los políticos (les calificamos con un 3.7, en una escala del 0 al 10). La investigación 'Jóvenes y política' (2005), realizada por el Instituto de la Juventud y la Obra Social de Caja Madrid, concluía que la mayoría de los jóvenes de 15 a 24 años, 6 de cada 10, no estaban interesados por la política. En este gran grupo se encuentran posturas que van desde la indiferencia (consideran que todo lo relacionado con la política es muy aburrido), pasando por el escepticismo (aquí se sitúan los que tienen una postura desesperanzada), hasta llegar a los que manifiestan un rechazo frontal a la política formal. Por otro lado, cerca del 30% de los jóvenes se implican en asociaciones y actividades sociales, mientras que ven a los partidos políticos con recelo. Como contraste, aproximadamente otro 10% de los jóvenes están próximos a los partidos.

El alejamiento de la población de la 'clase política' también se puede constatar de otras maneras, por ejemplo con las respuestas a interrogantes como: ¿Cuál es el ritmo de afiliación a los partidos políticos?

¿Cuáles son las cualidades que la gente reclama en un político? Las conclusiones siempre son muy coincidentes: que sea honrado, trabajador, que escuche a la gente, que se le entienda lo que dice, que cumpla lo que promete, que no sea sectario, que se preocupe por los problemas de la población y que deje a un lado los intereses particulares y de su partido y que llegue a acuerdos con los otros partidos políticos cuando se trata del interés general. Pues bien, desgraciadamente, mucha gente considera que precisamente esos rasgos no son los que más abundan en el grupo de nuestros representantes.

Algunos políticos sí se han dado cuenta del problema que nos ocupa: Con relación al terrorismo el lendakari Ibarretxe dijo: Los políticos no hemos estado a la altura de las circunstancias. La contradicción está en que los que se dedican a la política no pasan de la lamentación a la acción; no toman medidas para renovar el funcionamiento de los partidos y lograr convencer a los ciudadanos de que la participación en la política es ocuparse de lo público, de lo de todos, es una actividad noble y generosa. Están tan ensimismados en ganar las elecciones y en desprestigiar al contrario para así conseguir el poder que se olvidan de que ese poder debe utilizarse para responder a las necesidades del pueblo soberano, de toda la población. El problema sucede cuando los partidos dejan de ser la correa de transmisión de los deseos e intereses de la población. El peligro está en que la democracia se convierta en una partitocracia, como de hecho vemos que ha ocurrido. La disciplina de voto, las listas cerradas, la profesionalización de la política, poner los intereses del partido por encima de los de los ciudadanos, la aparición de una 'clase política', son signos de esa partitocracia, que cada día rechaza más el ciudadano medio.

A los partidos políticos les falta una buena dosis de democracia interna. La ausencia de autocrítica, las listas cerradas de candidatos, la rígida disciplina en el voto (¿No les resulta a ustedes patético ver a un diputado levantado el brazo para indicar a sus compañeros de partido qué tienen que votar?), el rodearse de miembros de su partido y mirar con recelo a los que no pertenecen al grupo, la utilización de los mismos eslóganes, frases hechas y latiguillos recitados como si fuera un catecismo, etc. comulga mal con un sistema democrático que significa: participación, pluralidad, debate, crítica, libertad. ¿Cuántos militantes son expulsados de los partidos antes de que su comportamiento corrupto sea conocido por la opinión pública? ¡Ninguno! ¿Cuántos miembros dimiten por estar en desacuerdo con una determinada política? ¿Quiénes se sitúan en los puestos más relevantes de la organización, las personas más valiosas o quienes son más obedientes? ¿En qué medida los partidos incorporan a independientes? ¿Cuál es su grado de colaboración con asociaciones ciudadanas y grupos sociales? ¿No es una excepción los pactos entre el grupo de gobierno y el de la oposición, a pesar de que muchos problemas afectan a todos los ciudadanos y de que entre ambos no existan propuestas de actuación sustancialmente diferentes?

Democracia es sinónimo de participación y pluralismo, sí y también de respeto a las minorías. No defendemos el pacto por el pacto, creemos que es muy positivo el debate de ideas, la contraposición de programas, la discusión de alternativas; pero lo anterior no tiene nada que ver con el rifirrafe que observamos cotidianamente. Parafraseando a Unamuno, lo que observamos es que se pretende vencer no convencer, de ahí la descalificación sin argumentos, la oposición permanente a lo que dice el contrario. En definitiva, nuestra percepción es que en el panorama de los partidos políticos predomina una actitud beligerante en lugar de escuchar con atención la propuesta o crítica del adversario político y, además, estar abierto a la colaboración y, en modo alguno al golpismo técnico de esa derecha y la Conferencia Episcopal quienes no respetando las urnas siguen anclados en el pensamiento de que la finca es de ellos y que nosotros los ciudadanos carecemos de derecho a vivir en ellas si ellos no lo mandan o marcan los tiempos . Una Democracia que se pudiera estar catapultando por mala conciencia del PP que pudieran estar pensando en llevarnos a una Guerra Civil, dado el enfrentamiento entre los que perdieron en las urnas y el pueblo soberano que apoyó más a una opción más democrática y las pretensiones de unos clérigos católicos, que no cristianos, incapaces de asumir la soberanía del pueblo y, además, el ser coparticipes de una derrota electoral que les ha situado en la oposición y que tengan que presenciar que deseamos vivir en libertad y en el pluralismo necesario de toda Democracia, con una Constitución que parece hacer aguas, después de la mala experiencia de lo ocurrido con una profesora de religión de las Palmas que ve como se le invalidan sus derechos constitucionales al situar la Carta Magna por debajo del Concordato con el Vaticano, hecho incomprensible en un estado laico que no desea, para nada, volver al nacional catolicismo franquista.

Tenemos la impresión de que esa 'crispación política' no está en la calle.. Sospechamos que la pelea de los partidos, y su transmisión amplificada por los medios de comunicación, no se corresponde con las preocupaciones de la mayoría de la población. Percibimos que se trata de dos mundos distintos: el 'real', el de la gente de la calle, y el 'virtual' que es la gresca habitual de los partidos. Quizá no estaría de más que los protagonistas de la batalla recordasen, en otro contexto, las palabras de determinado político procedente el antiguo régimen: «Tenemos que elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal».